La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 12 Detrás De Lo Que Muestra Tu Rostro #2
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Chapter 12 Detrás De Lo Que Muestra Tu Rostro #2

—Para impedir que empezaras a vender las cosas sin saber cuánto valían. Para avisarte. Para orientarte con honestidad.

El escritorio apareció inmediatamente en mi cabeza.

600 dólares.

Cuatro o cinco mil restaurado.

Theo entrando y diciéndome que retirara el anuncio.

—El escritorio.

—El escritorio.

—Entonces fuiste a la tienda por ella.

—Aquel primer día, sí.

Vivian tenía razón.

Solo que no exactamente de la forma en que yo había imaginado.

—¿Y después de aquel día?

Theo me miró fijamente.

—Después de aquel día, ya había hecho lo que Morgana me pidió.

—Pero volviste.

—Volví.

—¿Por qué?

—Porque quise.

La respuesta no lo arreglaba todo.

Quizá por eso me la creí.

—¿Y el resto?

No apartó la mirada.

—El resto fui yo.

Nos quedamos en silencio.

Parte de una historia que yo había considerado completamente espontánea había empezado con una decisión que Morgana tomó antes de que yo llegara a Salem.

No era una traición.

No era una mentira suficiente para destruir algo.

Pero cambiaba el principio.

Necesitaba averiguar qué cambiaba eso en el resto.

—Deberías habérmelo contado.

—Sí.

Sin excusas.

Sin «pero».

Theo se pasó una mano por la nuca.

—Pensé en decírtelo varias veces.

—Pensarlo no cuenta como decirlo.

—Lo sé.

Me gustaba.

Precisamente por eso no quería resolver aquello demasiado deprisa solo para volver a la parte buena.

—Necesito pensar.

Theo asintió.

—Lo sé.

Se puso la chaqueta.

No intentó besarme.

No me pidió que lo entendiera.

Se detuvo junto a la escalera.

—¿Te quedas con la fotografía?

—Sí.

—Vale.

Bajó.

Poco después oí la campanilla.

Después la puerta.

Y me quedé sola con dos chicas de 1992 y una nota que decía:

«Donde el tiempo se detuvo».

El lunes, a las nueve y cuatro, Theo no apareció.

Lo supe porque miré el reloj.

No porque lo estuviera esperando.

Evidentemente.

A las nueve y siete tampoco apareció.

A las nueve y doce entró Ruth.

Sola.

Dejó el bolso sobre una silla y me observó.

—¿Café malo?

—¿Por qué?

—Lo estás mirando como si hubiera hecho algo.

Aparté el vaso.

—El café no tiene la culpa.

—Peor.

Ruth se quitó el abrigo.

No preguntó nada más.

Se lo agradecí mentalmente.

A las nueve y veintitrés, mi móvil vibró.

«Theo: si necesitas que vaya para mover el espejo o alguna pieza, avísame».

Solo eso.

Ningún intento de volver a explicarse.

Ninguna petición para hablar.

Ningún emoji.

Lo leí dos veces.

Guardé el móvil.

Cinco minutos después, lo cogí otra vez.

No respondí.

Yo había pedido espacio.

Theo me estaba dando exactamente lo que había pedido.

Descubrí que eso era extremadamente difícil.

Pasé el lunes trabajando.

Atendí a clientes.

Actualicé anuncios.

Hice una llamada con Maya.

Le envié a Grant una nueva propuesta para el trabajo.

Sin historias privadas.

Sin cuadernos.

El enfoque ahora era Salem, la tradición, las creencias y la forma en que las personas utilizaban rituales para ordenar sus decisiones.

Grant respondió:

«Mejor. Ahora tienes una pregunta en vez de una conclusión».

Lo leí dos veces.

Guardé el móvil.

Al final de la tarde, volví a coger la fotografía.

Morgana y Rowena.

Dieciséis.

Veintiuno.

Dos hermanas antes de que todo saliera mal.

La nota estaba al lado.

«Donde el tiempo se detuvo».

Todavía no lo entendía.

El martes, a las ocho y cincuenta y dos, mandé un mensaje.

«Yo: ¿puedes venir hoy?»

Los tres puntitos aparecieron casi de inmediato.

«Theo: ¿a la tienda?»

«Yo: ¿dónde si no?»

«Theo: nueve y media»

Esperé unos segundos.

«Yo: trae café»

La respuesta llegó rápido.

«Theo: eso ya estaba implícito»

Sonreí.

El problema seguía existiendo.

Al parecer, nadie había informado a mi cara.

Theo llegó a las nueve y veintiocho.

Dos cafés.

Sin beso.

Lo noté.

Lo cual fue bastante frío.

Dejó mi vaso sobre el mostrador.

—Buenos días.

—Has llegado dos minutos antes.

—Puedo esperar fuera.

—No exageres.

Casi sonrió.

Cogí el café.

—Quiero preguntarte una cosa.

Theo esperó.

—Si Morgana no te lo hubiera pedido, ¿habrías entrado en la tienda aquel día?

Lo pensó.

—¿Aquel día?

—Sí.

—Probablemente no.

Dolió un poco.

Pero era una respuesta de verdad.

—Vale.

—No sabía quién eras.

—Justo.

—Sabrina...

—No. Prefiero esto.

Se quedó callado.

—¿Y habrías vuelto?

Theo dio un paso hacia mí.

—Volví cuando ya no hacía falta.

La frase entró despacio.

—¿Después del escritorio?

—Después del escritorio.

Me detuve.

—¿Y los besos?

Theo me miró.

—¿De verdad necesitas preguntar eso?

Mi corazón hizo algo irritante.

—Estoy comprobando los hechos.

—Claro.

Di un sorbo.

—Vale.

—¿Vale?

—De momento.

Asintió.

No intentó conseguir más.

Eso también contó.

Pasamos la mañana trabajando.

A la hora de comer, salimos a buscar algo.

Hacía más frío.

Salem parecía más llena cada día.

Calabazas en las entradas.

Cintas naranjas en los escaparates.

Brujas colgadas de las farolas.

Gente haciéndose fotos en cada esquina.

Pasó un guía llevando a un grupo mientras contaba una historia sobre los juicios de 1692.

Caminé al lado de Theo.

Sin tocarlo.

Durante tres manzanas.

En la cuarta, nuestras manos casi se rozaron.

Esta vez fui yo.

Cogí la suya.

Theo giró la cara.

No dije nada.

Él tampoco.

Me apretó los dedos.

Seguimos caminando.

Fue suficiente.

El miércoles empecé a buscar dónde se había detenido el tiempo.

Descubrí rápidamente que una tienda de antigüedades tenía una cantidad irritante de relojes que no funcionaban.

Tres en la zona principal.

Dos en la segunda planta.

Un pequeño reloj de sobremesa dentro de una caja que Ruth juraba que llevaba roto desde antes de que yo llegara.

Ninguno tenía nada especial.

El jueves seguí.

El viernes también.

«Donde el tiempo se detuvo» parecía una pista mucho mejor antes de descubrir que el tiempo se había detenido en al menos seis lugares distintos.

Mientras tanto, Salem seguía creciendo al otro lado del escaparate.

Más turistas.

Más disfraces.

Más colas.

Más gente preguntando por Morgana.

—¿De verdad era bruja? —preguntó una mujer el viernes.

—Algunas personas lo creían.

—¿Y tú?

Lo pensé.

—Todavía estoy decidiéndolo.

Era verdad.

El sábado por la tarde encontré la fotografía sobre una mesa de la segunda planta.

La había subido aquella mañana y la había dejado allí mientras ordenaba unas cajas.

La cogí.

Morgana estaba riéndose.

Rowena también.

Sonreí sin darme cuenta.

Entonces mi mirada se desplazó hacia el fondo de la imagen.

Me detuve.

Detrás de las dos había un reloj.

Alto.

De madera oscura.

Esfera clara.

Levanté la vista.

A unos metros a mi izquierda, encajado entre un armario y una pila de cajas, había un reloj de pie.

Más alto que yo.

Había pasado junto a él decenas de veces.

Nunca lo había mirado de verdad.

Me acerqué.

La madera oscura estaba cubierta por una fina capa de polvo. La esfera había amarilleado con el tiempo.

Las agujas marcaban:

4:17.

Volví a la fotografía.

Me la acerqué a los ojos.

Detrás de Morgana y Rowena, las mismas agujas.

Cuatro y diecisiete.

Miré otra vez el reloj.

—No.

Oí pasos en la escalera.

Apareció Theo.

—¿Qué?

Levanté la fotografía.

—Ven aquí.

Se acercó.

Señalé el fondo de la imagen.

Theo tardó unos segundos.

Después miró el reloj.

—Cuatro y diecisiete —dije.

Cogió la fotografía.

Comparó.

—Sí.

Saqué la nota del bolsillo.

«Donde el tiempo se detuvo».

Esta vez la frase parecía bastante menos irritante.

—¿Cuánto tiempo lleva parado ese reloj?

Theo observó la esfera.

—Desde antes de que yo empezara a trabajar con Morgana.

—¿Nunca intentaste arreglarlo?

—Una vez.

—¿Y?

—No me dejó.

Me giré hacia él.

—Tú te dedicas a restaurar cosas.

—Lo sé.

—¿No preguntaste por qué?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Theo se encogió de hombros.

—«Déjalo».

Parpadeé.

—¿Solo eso?

—Solo eso.

—Por fin una respuesta normal de Morgana.

Theo miró el reloj.

—Ahora no parece tan normal.

No.

No lo parecía.

Pasé los dedos por un lateral de la madera.

—Tenemos que abrirlo.

—Espera.

Me detuve.

—Déjame mirar primero.

—¿Ves? Autoritario cuando hay madera de por medio.

—La constancia es importante.

Le dejé espacio.

Theo abrió la puerta frontal y examinó la estructura interior.

No tocó el mecanismo.

—Esto no lo toco.

—¿Por qué?

—Porque restauro objetos. No hago milagros.

—Frase peligrosa en esta tienda.

Me ignoró.

Pasó la linterna por el interior de la madera.

Después se agachó.

—Aquí.

Me acerqué.

En la parte inferior había un panel que parecía idéntico al resto de la caja.

Casi.

Theo pasó los dedos por el borde.

—Esto no es original.

Todo mi cuerpo se puso en alerta.

—¿Como lo del espejo?

—Parecido.

Encontró dos tornillos pequeños.

Después otros dos, parcialmente ocultos por la moldura.

Tardó unos minutos en aflojarlos sin forzar la madera.

Cuando por fin salió la placa, apareció metal.

Una pequeña puerta empotrada en la base del reloj.

Theo iluminó la cerradura.

—Es un compartimento.

La puerta tenía una cerradura pequeña.

Me llevé la mano al bolsillo.

Tenía la llave conmigo.

Latón oscurecido.

«31».

La acerqué.

—Si esto no entra, voy a enfadarme muchísimo con una mujer muerta.

Theo me dejó espacio.

Metí la llave.

Entró hasta el fondo.

—Encaja.

La sujeté.

Giré.

Algo respondió en el interior.

«Clic».