Chapter 12 Detrás De Lo Que Muestra Tu Rostro
Tiré de la tela.
Cayó pesadamente hasta el suelo.
Y encontré...
Un espejo.
Solo un espejo.
Me quedé mirando mi propio rostro.
—Vale.
Theo estaba unos pasos detrás.
—¿Qué?
—Esperaba más.
—Has quitado una tela de encima de un espejo.
—Había una llave dentro de una muñeca, Theo. Mis expectativas han cambiado.
Una comisura de sus labios se levantó.
El espejo era más grande de lo que parecía cubierto. Casi tan alto como yo, con un marco ancho de madera oscura, tallado con hojas y pequeñas flores. El cristal tenía manchas en los bordes y zonas donde parecía que el tiempo había mordido la plata de detrás.
Mi reflejo no era exactamente perfecto.
Pelo pelirrojo recogido de cualquier manera.
Sombrero negro.
Ojos cansados.
Theo aparecía detrás de mí.
La imagen parecía antigua incluso antes de que nosotros estuviéramos dentro.
Saqué la pequeña llave de latón del bolsillo.
—No tiene cerradura.
—Ya me he dado cuenta.
—Muy útil.
Abrí el papel.
«Detrás de lo que muestra tu rostro».
Mi reflejo seguía delante de mí.
Entonces lo entendí.
—No es debajo de la tela.
Theo se acercó.
—No.
—Es detrás del espejo.
Llevé la mano hacia un lateral del marco.
—No —dijo.
—Solo iba a tocarlo.
—Ibas a tirar.
—Quizá.
Theo se agachó junto a la base.
—Puedes tocarlo. Lo que no vas a hacer es tirar tú sola.
—Te vuelves muy autoritario cuando hay madera de por medio.
—Profesionalmente funciona.
Pasé al otro lado.
Examinó la estructura durante unos minutos.
El espejo no estaba fijado a la pared. El marco descansaba sobre una base propia, parcialmente escondida por dos cajas bajas.
Apartamos las cajas y giramos el espejo despacio.
No murió ninguna muñeca.
Theo iluminó la parte trasera con el móvil.
La madera parecía antigua.
Casi toda.
—Aquí.
Me acerqué.
En el centro había un rectángulo ligeramente más oscuro.
Theo pasó los dedos por el borde.
—Esto se añadió después.
—¿Morgana?
—Alguien.
—De verdad que no ayudas.
—Ayudo con lo que puedo demostrar.
Abrió la caja de herramientas.
Cuatro tornillos sujetaban una placa fina de madera.
Theo los quitó uno a uno.
Cuando retiró la placa, apareció un hueco estrecho dentro del propio marco.
Había dos cosas allí.
Una fotografía.
Un papel doblado.
Nada más.
Cogí primero la fotografía.
Tardé unos segundos en entender lo que estaba viendo.
Dos chicas.
Dentro de aquella tienda.
Una tenía el pelo pelirrojo.
La otra, negro.
—Es mi madre.
Mi madre debía de tener dieciséis o diecisiete años.
Su pelo era más oscuro que el mío, casi cobrizo, hasta los hombros. Llevaba vaqueros, una blusa clara y un abrigo demasiado grande.
Estaba sonriendo.
No la sonrisa contenida que yo conocía.
Una sonrisa entera.
A su lado estaba Morgana.
Muy joven.
Pelo negro y largo.
Y, junto a las mejillas, el mismo mechón blanco de la fotografía detrás del mostrador.
Solo que todo lo demás era distinto.
O quizá era la primera vez que la veía de verdad.
Morgana no parecía la mujer de las historias extrañas que llevaba oyendo desde que había llegado.
No parecía alguien que escribiera pociones en libros de cuero.
Llevaba vaqueros.
Zapatillas.
Una camiseta debajo del abrigo.
Y se estaba riendo.
Con la cabeza ligeramente echada hacia atrás.
Una mano sujetaba el brazo de mi madre.
Detrás de las dos había estanterías, muebles y un reloj alto apoyado contra la pared.
Le di la vuelta a la fotografía.
Con la letra de Morgana:
«Octubre de 1992».
«Morgana, 21. Rowena, 16».
Me detuve.
—Veintiuno.
Theo se acercó.
Le enseñé el reverso.
—Tenía veintiún años.
La misma edad que yo.
Volví a girar la fotografía.
Morgana seguía riéndose.
Llevaba semanas intentando averiguar qué sabía mi tía.
Qué significaban las recetas.
Por qué escondía cosas.
Por qué algunas personas juraban que sabía cosas que no debería saber.
Por primera vez, no quise descubrir nada de eso.
Quise saber de qué se estaba riendo.
Cómo era su voz.
Si hablaba rápido cuando se emocionaba.
Quise preguntarlo.
No podía.
Theo permaneció en silencio.
Pasé el pulgar por el borde de la fotografía.
—¿Cómo se reía?
Tardó un poco.
—Fuerte.
Lo miré.
—¿Fuerte cuánto?
—Como si no tuviera ningún interés en parecer discreta.
Sonreí.
—Eso suena a ella.
—Lo era.
La palabra se quedó conmigo.
Era.
Theo conocía a una Morgana que existía fuera de papeles, recetas y fotografías.
—¿Te acuerdas?
—Sí.
—¿De su risa?
—De muchas cosas.
Bajé la mirada.
Por algún motivo, aquello me consoló.
Morgana no había desaparecido del todo.
Solo estaba repartida entre distintas personas.
Cogí el segundo papel.
Lo abrí.
Una frase.
«Donde el tiempo se detuvo».
Nada más.
—Claro.
Theo leyó por encima de mi hombro.
—Al menos sigue siendo coherente.
—¿En qué?
—En no explicar nada.
Doblé el papel y lo guardé junto a la fotografía.
No estaba preparada para buscar relojes.
Llamé a mi madre aquella misma noche.
Contestó al tercer tono.
—Hola.
—He encontrado una fotografía tuya con Morgana.
Nada.
Theo estaba volviendo a colocar la placa en la parte trasera del espejo, a unos metros de mí. No se acercó.
—¿Mamá?
—¿Dónde la encontraste?
—Detrás de un espejo.
Otro silencio.
—Tú tenías dieciséis años. Morgana, veintiuno.
Mi madre respiró.
—Era octubre del noventa y dos.
—Está escrito detrás.
Me senté en una silla apoyada contra la pared.
—¿Te acuerdas?
—Sí.
Miré a las dos en la fotografía.
—Parecíais felices.
Tardó en responder.
—Lo éramos.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Ya te he dicho que nos peleamos.
—Me has contado el resultado. Quiero saber qué hubo antes.
Oí un pequeño ruido al otro lado de la llamada.
—Eso no va a cambiar nada.
—Quizá para mí sí.
Otra pausa.
—Yo tenía dieciocho años —dijo.
Me quedé callada.
—Una amiga consiguió entradas para un concierto en Boston. Íbamos a pasar el día allí y volver por la noche.
—Y Morgana te pidió que no fueras.
—No me lo pidió.
La voz de mi madre bajó.
—Me dijo que no fuera.
Apreté la fotografía entre los dedos.
—¿Cómo?
—Mi amiga vino a buscarme. Morgana estaba en la puerta de la tienda. Miró el coche. Después me miró a mí.
Rowena se detuvo.
—Dijo: «Hoy no te subas a ese coche».
Un escalofrío me recorrió los brazos.
—¿Te explicó por qué?
—No.
—Fuiste de todas formas.
—Sí.
No había defensa en la respuesta.
—Tenía dieciocho años. Estaba cansada de que Morgana actuara como si supiera cosas que nadie más sabía. Pensé que intentaba controlarme.
—¿Qué pasó?
—Al volver empezó a llover. El coche perdió el control en una curva. Chocó contra la barrera lateral y dio varias vueltas.
Mi madre respiró.
—Me rompí la muñeca y me corté la frente. Mi amiga quedó atrapada.
—¿Se puso bien?
—Después.
Una palabra.
—Pasó semanas en el hospital. La operaron varias veces. Tardó meses en poder caminar sin ayuda.
La culpa seguía allí.
Casi treinta años después.
—Mamá, el accidente no fue culpa tuya.
—Ahora lo sé.
Ahora.
No a los dieciocho.
—¿Morgana fue al hospital?
—Sí.
—¿Dijo algo?
—Nunca dijo «te lo advertí».
Aquello importó más de lo que esperaba.
—Se quedó conmigo. Me llevó ropa. Habló con los médicos cuando yo no quería hablar. Ayudó a mi amiga y a su familia.
—Entonces, ¿por qué empezaste a tenerle miedo?
Rowena tardó.
—Porque le preguntaba cómo lo sabía.
Miré a Morgana riendo en la fotografía.
—¿Y qué decía?
—A veces que había tenido una sensación. Otras, que tampoco sabía explicarlo.
—Pudo ser una coincidencia.
—Pudo.
—Pudo haber visto algo en el coche.
—Pudo.
—Pudo ser simplemente miedo de hermana mayor.
—Pudo.
Su voz se volvió firme.
—Conozco todas las posibilidades, Sabrina.
Me detuve.
—Pero tú estabas allí.
—Yo estaba allí.
Era una diferencia que ninguna explicación mía podía borrar.
—¿Por eso te fuiste de Salem?
—Fue una de las razones. Después de aquel accidente discutíamos cada vez más. Ella quería que dejara de tener miedo. Yo quería que dejara de darme motivos.
—Y te fuiste.
—Sí.
Mi madre se quedó callada unos segundos.
—Una semana antes de irme tuvimos una discusión horrible. Le dije que me marchaba de Salem y que no iba a volver.
—¿Qué respondió Morgana?
Mi madre tardó.
—«Tú, no».
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que no?
—Le pregunté lo mismo.
Su voz se hizo más pequeña.
—Dijo: «Una Bellamy pelirroja volverá a esta tienda».
Todo mi cuerpo se puso en alerta.
Miré el pelo cobrizo de mi madre en la fotografía.
Miré mis propias puntas pelirrojas cayendo sobre el hombro.
De repente, demasiadas cosas adquirieron una forma que no me gustaba.
Morgana convertida apenas en un nombre.
Mi madre rechazando la herencia antes incluso de saber qué había en la tienda.
El miedo en el despacho del abogado.
—Y decidiste que yo no conocería a mi propia tía.
—Decidí que aquello no llegaría hasta ti.
—¿Aquello qué?
—El miedo.
Se me cerró la garganta.
—Llegó de todas formas.
Silencio.
—Lo sé.
Volví a mirar la fotografía.
—¿Morgana sabía de mí?
—Sí.
—¿Le hablabas de mí?
—No mucho.
—Pero ¿ella hablaba de mí?
—Algunas veces.
—Y tú no dejaste que aquello siguiera.
—No.
—Porque tenías miedo.
—Sí.
La rabia no desapareció.
Solo dejó de ser sencilla.
—Creo que te equivocaste.
—Lo sé.
—Podría haberla conocido.
—Lo sé.
Cerré los ojos.
No sabía qué hacer con dos «lo sé» tan sinceros.
—Te llamo mañana.
—Vale.
—¿Mamá?
—¿Sí?
Miré a Morgana con veintiún años.
—Se estaba riendo en la foto.
La voz de mi madre cambió.
—Se reía fuerte.
Mi mirada fue hacia Theo.
Había dicho exactamente lo mismo.
—Lo sé.
Colgué.
Me quedé unos minutos con el móvil en la mano.
Theo terminó de guardar las herramientas.
No preguntó nada.
La frase de Vivian volvió.
«Pregúntale por qué apareció tan rápido después de que llegaras».
Lo miré.
—¿Lo sabías?
Theo levantó la vista.
—¿El qué?
—Que Morgana esperaba que yo viniera.
Hubo una pequeña vacilación.
Fue suficiente.
—Theo.
—Ella no dijo que fueras a venir.
—Eso no es lo que he preguntado.
Respiró.
—Morgana dijo «si».
—¿Si qué?
—Unos meses antes de morir me pidió una cosa.
No hablé.
—Dijo que, si Rowena rechazaba lo que le dejara y tú aparecías en la tienda, yo debía ir a verte.
—¿Dijo mi nombre?
—Sí.
Aquello dolió de otra manera.
—¿Para qué?