Epílogo — Carta sin destinatario
“Aquí seguimos, bajo la misma luz, aunque sea cada quien en su casa.”
Te escribo sin saber si esta carta tendrá un nombre en el sobre.
Prefiero pensar que no, que viajará como los papeles que el viento arrastra por el parque hasta pegarse a la orilla del agua, como aquel volante con diamantina que decía “Gracias” y que alguno de los dos guardó cerca del pecho.
Si no hay destinatario, tal vez exista la posibilidad de que seas tú y también sea yo; que esta carta sea un espejo donde dos miren sin miedo, por fin, la misma luz.
He descubierto que la memoria tiene su propio maquillaje: corrige lo que duele, subraya lo que salva, deja sin cubrir lo que necesitamos volver a ver.
Anoche —o quizá fue hace siglos— hubo neón, humo, abanicos rojos, manos que subían como una marea que quiere tocar el techo.
Hubo un escenario que no era altar, y sin embargo parecía sagrado.
Alguien besó la madera antes de hablar con los labios sin voz.
Alguien levantó un espejo para devolvérselo a la cara de quien estaba en la penumbra.
Quiero creer que ese destello nos partió y nos acomodó a la vez.
Quiero creer que la ciudad entera se dio cuenta y fingió seguir como si nada, porque las ciudades también protegen sus milagros con discreción.
No te voy a hablar de amor como si fuera un himno; prefiero decirte que hubo intemperie, que hubo una mesa de fondo, que hubo unos ojos que no sabían aún cómo nombrar lo que estaban viendo y, sin embargo, lo entendieron.
He pensado mucho en los nombres. Unos se los pone la familia, otros los elige la calle.
Hay nombres de guerra, de trabajo, de fiesta, de madrugada, de rezos.
Hay nombres que no caben en el acta, pero sí en la piel.
Y hay uno que a veces se escribe con tacones rojos.
Tú estabas allí —o quizás era yo—, reconociendo a la misma persona en más de un nombre, aceptando que la identidad es un gesto en movimiento, una respiración que se afina.
Hoy amaneció distinto. No lo digo por la temperatura ni por el cielo limpio, sino por una certeza callada: ya no se puede volver a lo de antes.
La frase se me apareció en el vidrio del baño, en la taza de café enfriándose, en el piso de mármol, en el comal caliente; se escondió en la costura de una bastilla y en la sombra de un laurel.
Estuvo en los vitrales de la misa y en el neón que alguien apagó con cariño, despacio, como se acuna una lámpara al final de la noche.
Y por primera vez no tuve miedo de repetirla en voz baja.
No volver. No como alarde, sino como diagnóstico.
No se trata de quemar puentes; basta con cruzarlos.
Quiero contarte una cosa que no sabe nadie: hace muchos años, antes de saber decir “shade” y “kiki” con ligereza, aprendí palabras que pesaban como muebles.
“Deber”, “corrección”, “qué dirán”. Eran muebles de madera maciza, de esos que para moverlos hacen falta tres primos y dos excusas.
Pasé la mitad de mi vida reacomodándolos para que la casa se viera bien por fuera.
Luego llegaron otras palabras: “mana”, “cariño”, “no estás solo”.
No tiré los muebles de golpe; nada tan simple tendría sentido.
Pero un día entendí que la casa podía reordenarse a favor del cuerpo y no contra él.
Cuando escucho esas palabras nuevas, siento que el aire entra hasta el fondo, sin pedir permiso. A eso, tal vez, se le llame hogar.
No sé si esta carta la escribo desde Escobedo o desde San Pedro.
Tal vez hay una mesa de peltre con frijoles humeando cerca, y una radio que suena con estática.
Tal vez hay un jardín medido en cuadrados perfectos y un vaso con agua sudando sobre el granito.
He estado en ambos sitios; me pertenecen y me dejan ir.
Lo que sí sé es que en cualquiera de los dos hay un clóset que hoy quedó distinto: los tacones rojos ya no duermen al fondo, bajo la ropa de invierno.
Están arriba, visibles, respirando junto a los tenis.
No es una revolución; es un acomodo. Y en ese gesto mínimo cabe una promesa que no necesita jurarse: no volveremos a esconder lo que nos sostiene.
Pienso en nuestras madres. En el tono con que preguntan si ya comimos, si necesitamos dinero para el camión, si nos cuidamos del frío.
Pienso en la manera amorosa —a veces torpe— con que tratan de construir un escudo contra el mundo: “nomás no me llegues con problemas”, “no te olvides de limpiarte antes de salir, para que no hablen”.
Me enternece esa forma de protección. Agradezco a quien nos cosió bastillas a contrarreloj, a quien planchó camisas, a quien aprendió a decir nuestro nombre nuevo primero en silencio y luego con una sonrisa tímida.
Nadie nos enseñó a cuidarnos de este modo: fabricando espacio para la alegría dentro del miedo.
Hoy quiero dar las gracias en voz alta, aunque no haya banca ni micrófono ni club prendido.
Gracias por la aguja y por el hilo, por las tortillas que esperan, por las manos que aprietan el brazo en la salida de una capilla sin necesidad de palabras.
Te hablo también de la ciudad porque es imposible no hacerlo.
Monterrey es nuestra cómplice. Tiene vitrales que filtran la culpa y neones que la vuelven broma; tiene puentes donde nuestra cara se refleja sin maquillaje y sin vergüenza; tiene Fundidora, ese corazón de hierro que aprendió a oxidarse con elegancia; tiene Obispado, con sus casas que observan; tiene Barrio Antiguo que amaneció despacio y que por la noche aplaude con los vasos; tiene San Pedro con su mármol meticuloso y el rumor de sus jardines; tiene Escobedo con su gente de paso rápido, su pan dulce que se agota al mediodía, su radio que suena aunque nadie la escuche.
Y tiene, sobre todo, un cerro que no se mueve: el de la Silla, espalda inmensa que nos sostiene el pulso.
A veces creo que es él quien nos ha visto encontrarnos sin tocarnos, rozarnos con la misma brisa, decirnos que vale.
Quisiera poder prometerte un futuro que no dependa de la prudencia ni de los horarios.
Pero aprendí que las promesas sólidas se construyen como vestuarios: puntada por puntada, probándose frente al espejo, dejando caer lo que estorba, aflojando aquí, ajustando allá.
No es una pasarela, es un ensayo general que respira.
Si mañana volvemos a vernos —y es posible que sí, porque hasta el destino tiene sus rutas de camión—, no te pediré grandes escenas.
Me basta una esquina compartida, un café que no se enfríe, dos frases que no pretendan ser sabias.
Quizá baste con caminar juntos un tramo, con el silencio bueno de quienes no necesitan repetirse sus nombres para no olvidarlos.
Hay noches en que me pregunto si todo esto no fue un truco de luces.
Luego vuelvo a sentir en los tobillos la marca de los tacones y recuerdo que el cuerpo no miente.
El dolor dulce de después del show, el ardor leve donde rozó la cinta, la espalda que aprende otra postura: esas pequeñas noticias son pruebas de existencia.
Y cuando no hay escenario, hay otras evidencias: un volante doblado en el tablero del coche, un rastro minúsculo de carmín en la comisura, una palabra que al fin se pronuncia mirando de frente el espejo.
No fue truco. Ojalá todos los trucos dejaran esta clase de realidad.
Te confieso que sigo practicando en voz baja.
A veces ensayo frases, como quien repite un paso de baile antes de entrar.
“Estoy”, “me quedo”, “vamos”. Son palabras cortas, pero sostienen más de lo que parece.
Ensayo también a decir “no” donde antes asentía por costumbre; a decir “sí” donde me asustaba el brillo.
El miedo no desaparece: aprende a caminar a nuestro lado sin empujarnos.
Y un día, sin darnos cuenta, se sienta agotado en una banca mientras nosotros seguimos.
No sé si un día leeremos esto juntos, con los dedos manchados de azúcar por la concha recién comprada, o con la marca de un reloj que decidimos no usar.
No sé en qué barrio será, ni qué música sonará de fondo, ni si La Vane estará contando un chiste a media voz, ni si Manu hará girar una luz para que la pista parezca nueva.
No sé si Paola habrá encontrado su propio modo de estar sin dejar de ser justa con lo que espera de la vida, o si nuestras madres hablarán de recetas sin mirar la costura que en secreto siguen ajustando para nosotros.
No sé. Y está bien no saber. Por primera vez, la ignorancia no es un abismo: es un pasillo iluminado.
Quiero cerrar con una imagen, porque las palabras a veces se quedan cortas y las imágenes caben mejor en el pecho.
Es de madrugada. El club huele a despedida y a promesa.
La ciudad, afuera, se viste de gris claro.
Tú y yo estamos en cuartos distintos, con ventanas distintas, en casas que no se parecen.
Hay un momento en que ambos miramos hacia el mismo lado sin saberlo: el cerro se recorta, y la luz sube por su lomo como si lo acariciara alguien que madruga.
En el mismo minuto, dos manos —no diré cuáles— guardan algo con cuidado: los tacones en su caja, el volante en el tablero.
No es esconder: es colocar en el lugar de lo evidente.
Y entonces la respiración se hace una, aunque nadie la escuche.
Si alguna vez esta carta llega a abrirse con tus manos, prométeme lo único que nos salva: que no te vas a dejar a la mitad.
Que cuando el miedo llame por su apodo, le contestes con el tuyo verdadero.
Que no vas a aflojarle a la risa ni a la ternura.
Que si la ciudad se pone difícil, le vas a recordar que también sabe bailar.
Y cuando el espejo te devuelva más de una cara, no elijas: reconoce.
No existen las mitades felices, pero sí las mezclas verdaderas.
Si algún día leemos esto juntos, que sea bajo la misma luz.
Y si no, que la luz nos encuentre igual, cada cual en su casa, con el corazón abierto como una ventana que decidió quedarse sin cortinas.
Porque al final —y aquí sí me permito un juramento— lo que somos no cabe en una sola noche, pero sí sabe amanecer.