La herencia del tacón rojo Capítulo 15 – La noche de las coronas #5
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Capítulo 15 – La noche de las coronas #5

En camerinos, Alma estaba de pie frente al espejo. Tenía el sudor pegado en la clavícula, el maquillaje intacto, los ojos vidriosos. Respiraba como quien acaba de subir un cerro. Manu entró con una botella de agua y se la extendió.

—¿Ves, cabrona? —le dijo—. Ya no tienes que demostrar nada. Alma bebió un trago largo, bajó la botella y sonrió sin sonrisa. —Siempre hay que demostrar, Manu. Aunque sea a mí misma.

Se sentó un instante, con los tacones rojos apuntando al piso como lanzas enterradas.

Recordó a su madre, Lupita, doblando tela en la máquina de coser; recordó a Diego barriendo la barra de café; recordó a la niña que había imaginado su vida frente a un espejo roto.

Todas esas memorias cabían en ese instante, apretadas en su pecho.

Un murmullo subió desde la sala: La Vane estaba llamando a las finalistas al escenario. Alma respiró, se levantó y caminó de nuevo hacia la luz.

El público estaba de pie. Los abanicos golpeaban el aire como tambores. La Vane sostenía un sobre plateado con la teatralidad de una reina madre.

—Monterrey, ¿listas para coronar?

“¡Síííí!” tronó la sala.

—Pues ahí les va. Finalistas: La Pelona, Ivana Glam y Alma. —Los nombres fueron rugido conocido—. Pero la corona de esta noche… la corona que se queda en La Candela hasta que otra la reclame… es para… —hizo una pausa larga, sonrió de medio lado— ¡Ivana Glam!

El lugar se vino abajo. Ivana se arrodilló en el escenario, llorando teatral y hermoso.

Le colocaron la corona dorada y una banda que decía “Reina Candela”.

El público la ovacionó, aunque también hubo abucheos amistosos.

Alma aplaudió, inclinando la cabeza con respeto.

Había aprendido, desde el principio, que las coronas son símbolos, pero que lo real es la memoria que dejas.

La Vane levantó el micrófono de nuevo. —A ver, no me hagan caras. Hoy ganó Ivana, pero todas las que se pararon aquí nos ganaron a nosotras. Y Alma… —miró hacia ella con gesto solemne—… Alma ya nos enseñó que hay fuego que no se apaga ni con agua bendita. ¿Sí o no?

“¡SÍÍÍÍÍÍ!” rugió la sala, unánime.

En camerinos otra vez, Alma se quitó el corsé con ayuda de Manu. Aflojó los tirantes, se dejó caer en la silla y respiró como si acabara de sobrevivir a un incendio. Las demás drags entraron poco a poco, algunas celebrando, otras quejándose con humor ácido.

—Mana, me robaron la luz, te lo juro —dijo una, riendo. —A mí me apagaron el micro —se quejó otra, entre carcajadas—. Esto fue un fraude electoral, perras. —Fraude, pero con glitter, que es más llevadero —remató una tercera.

Las risas estallaron como descorche. Shade amistoso, abrazos, palmadas en la espalda. Se cruzaban frases en spanglish, chismes rápidos, planes de pos-fiesta en Barrio Antiguo. El ambiente era de familia cansada y feliz.

Alma guardó el corsé en su maleta, dobló la peluca con cuidado, limpió la pintura corrida de la boca.

Quedó a medias: Diego con ojos delineados, Alma con la voz aún resonando.

Tomó los tacones rojos, los limpió con una toalla húmeda y los puso dentro de una caja negra.

Cerró la tapa despacio, como quien apaga una vela.

Se miró en el espejo. Ya no era completamente Alma ni del todo Diego. Era un rostro partido, mezcla de ficción y verdad, de brillo y cansancio. Se tocó la mejilla y susurró: “gracias”. No sabía a quién se lo decía, pero la palabra se quedó flotando.

Afuera, Mauricio seguía en su mesa. La sala se vaciaba entre risas, vasos rotos, mesas arrastradas. Los meseros recogían servilletas empapadas en cerveza. Un par de amigas discutían si Ivana había merecido la corona. El portero bostezaba con el abanico en la mano.

Mauricio pidió una última cerveza. No tenía prisa en irse.

Sentía que si salía demasiado rápido, el hechizo se rompería.

Vio de reojo una silueta en la barra: Alma, aún maquillada, con una chaqueta sencilla sobre los hombros, pidiendo un vaso de agua.

La vio de perfil, sin luces, sin escenario.

Una Alma más humana, pero igual de intensa.

Ella no lo miró, o tal vez sí y fingió no hacerlo. Tomó el vaso y volvió al camerino. Mauricio se quedó con el eco, con esa certeza de que algo se había tejido sin palabras.

Al salir del club, el aire de la madrugada le golpeó la cara.

Mauricio caminó por la acera de Barrio Antiguo, escuchando todavía los ecos de abanicos, gritos y carcajadas.

Las calles empedradas brillaban húmedas, como si la ciudad hubiera sudado junto al público.

Pasaron taxis lentos, un vendedor de tacos al pastor que ya acomodaba la trompa en el asador, un perro callejero que lo siguió una cuadra.

Se llevó la mano al pecho. No era un gesto religioso, era simple: quería asegurarse de que el corazón seguía ahí, latiendo distinto.

Al mismo tiempo, Alma cerraba la caja de los tacones rojos en el camerino. La tapa encajó con un clic seco. Diego exhaló. Afuera, Mauricio sonrió solo. Monterrey, entre vitrales y neón, parecía demasiado pequeña para tanta verdad contenida.