La herencia del tacón rojo Capítulo 12 – Apagón #5
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Capítulo 12 – Apagón #5

El telón respiró una vez más y el estruendo se fue volviendo rumor; luego, un murmullo agradecido, y finalmente ese zumbido amable de vasos, risas y pasos que anuncian que la noche seguirá sin apurar a nadie.

Alma dejó el escenario con el pulso todavía en guerra.

Cruzó el lateral y el pasillo la recibió con su sombra hospitalaria.

En el primer espejo de camerino, las bombillas parecían soles cansados.

Se quitó el micrófono de diadema con cuidado, como quien despega una medalla.

—Agua —pidió, sin voz.

Manu le colocó una botella fría en la mano y una toalla al hombro. Le revisó, por costumbre, el gancho del corset en la espalda. —Planta estable, reina. Y tú también. —Sonrió—. Te comiste el apagón y de postre pediste foco.

Alma bebió con avidez. El agua sabía a perdón. Se apoyó en la mesa y miró sus tacones en el suelo, relucientes, jadeando como animales después de correr. Los tocó con la punta de los dedos, casi con ternura. Cada rasguño era una fecha. Cada brillo, un acuerdo con el dolor.

La Vane entró sin golpear, ventilando el aire con su abanico negro.

Del caftán colgaban luces mínimas como si el apagón se hubiera quedado a vivir en su tela.

—¿Viva? —preguntó, sin sorpresa. —Viva —respondió Alma—.

Y con hambre. —Eso quería oír. —La Vane le levantó la barbilla con un dedo—.

El miedo se fue sin pagar cuenta. La hora extra nos la debe.

Se rieron. Fue una risa breve, como un chasquido de lengua. La Vane le acomodó el mechón rebelde detrás de la corona mínima y la miró un segundo, sin máscara. —Mañana esto ya será chisme, pero hoy es verdad. Guárdala bien. —Le dio un toque con el abanico en el hombro y salió a atender la pista.

Afuera, La Candela vibraba con una electricidad menos ruidosa.

Se hablaba del apagón con la tranquilidad de quien ya sobrevivió: “yo le alumbré con mi cel”, “se armó el coro”, “La Vane y sus siglas, ¡C-F-E!”.

Cada mesa organizaba su propia versión, como si al contarlo fijaran su lugar en la leyenda.

Una pareja pidió otra ronda “para brindar por la oscuridad”.

En la barra, el barman alineó vasos como si fueran soldados de cristal y dijo, orgulloso: “Aquí no se nos cae el show ni sin luz”.

Los reporteros seguían escribiendo; alguno ensayaba titulares grandilocuentes en voz baja, sabiendo que al amanecer todo debía caber en un párrafo.

Las reinas invitadas, que aguardaban su turno, ajustaban pelucas, pestañas y nervios con esa competencia amorosa que hace familia de la guerra.

Una preguntó si repetirían el juego del on/off; otra respondió: “si pasa, lo bailamos; y si no pasa, también”.

Risas. Un abanico se abrió y cerró como un aplauso personal.

Mauricio seguía en su mesa, con el vaso de agua al fin en la mano.

La primera cerveza se había quedado a medio camino, tibia, como una conversación que nunca encontró su tema.

Sus ojos iban y venían del escenario al lateral por donde había desaparecido Alma.

Podía haberse levantado, saludado a uno de los empresarios que ahora aplaudían con conocimiento adquirido, acercado a los reporteros para escuchar la lectura de la nota. Podía. No quiso.

Una corriente tibia le rondaba el esternón.

No era miedo. Era algo parecido a estar a punto de confesar una travesura.

Lo tranquilizaba saber que nadie le exigía decisión en ese segundo; lo inquietaba saber que igual la estaba tomando.

Recordó el mensaje sin responder. Recordó la mesa larga, los cubiertos alineados, la sucesión perfecta de temas que evitaban la grieta.

Miró alrededor: aquí las grietas eran ventanas. Y por ellas entraba aire.

Una mesera dejó a su paso un rastro de agua brillante; alguien patinó apenas y retomó el equilibrio con una carcajada.

La vida, pensó Mauricio, se parecía más a eso que a los pasillos alfombrados de los hoteles donde había cenado con proveedores.

Se sorprendió riéndose solo y bajó la mirada como quien se descubre cantando en público.

En el camerino, Alma se desabrochó el corset con la misma precisión con que lo había apretado.

El primer respiro libre dolió. El segundo también.

El tercero fue alivio. Se sentó y alzó un pie: la marca del tacón en el empeine parecía un tatuaje en negativo.

Pensó en Lupita, su madre, cortando tela en Escobedo, enfundando alfileres en la boca y rezando bajito para que la aguja entrara recta.

Trabajo es trabajo, decía siempre. Alma masajeó la planta del pie y asintió a esa voz heredada: trabajo era trabajo, pero también era altar, escenario, herramienta, lanza.

Manu volvió asomándose por la puerta. —Todo en órbita. ¿Quieres bajar a dar una vuelta o te traigo lo que falte? —Bajo —dijo Alma, sin pensarlo demasiado. Había que ver a la criatura que habían parido: esa noche con cicatriz brillante.

Se calzó de nuevo los tacones, como quien se coloca las alas. Antes de salir, tocó con la punta del derecho el marco de la puerta. La superstición pedía su cuota diaria. “Para que el camino se acuerde de mí”, susurró. Y salió.

La Vane estaba en el filo del escenario, cerrando una presentación con maña de relojería.

Cuando vio a Alma acercarse por el pasillo lateral, le hizo un gesto que era contraseña y caricia.

—Regresó la luz y contigo el chisme —le dijo al oído, sin apagar la sonrisa—.

Saluda rápido y vuelve al aire. Si te dejan, no te dejan.

Alma asintió. Caminó por la orilla de la pista sin el exceso de reina, con la elegancia de quien regresa a su casa en zapatillas imaginarias.

Recibió abrazos cortos, saludos con abanico, risas que decían “estuvimos contigo”.

No aceptó fotos; esta parte no necesitaba documento. Le bastó con los ojos.

Entonces lo vio. Mauricio, a medio perfil, el vaso de agua todavía en la mano.

No era el mismo de las primeras noches: había algo desordenado en su postura, pero no era descuido; era una comodidad recién nacida, como si hubiera descubierto qué hacer con los hombros.

Alma redujo un paso, lo justo para no arrebatar la distancia.

—Hola —dijo él, bajo, sin adornos. —Hola —repitió ella, con esa comisura que ya tenía luz propia. —Lo de hoy… —empezó, pero no siguió. —Ya lo dijiste —sonrió Alma, sin burlarse—. Estuviste.

Mauricio bajó la mirada y volvió a subirla. —Sí. —Una palabra puede ser promesa cuando cae en el lugar correcto.

Alma giró el abanico en la mano y le dio un toque leve en el antebrazo, saludo que no compromete y, sin embargo, nombra. —No te vayas sin respirar afuera. El aire del callejón sabe diferente después de estas cosas.

—¿Me estás corriendo? —bromeó él, como buscando una salida digna. —Te estoy invitando a que te escuches —contestó Alma. La frase quedó flotando, sin prisa.