La herencia del tacón rojo
© inepub.com
Capítulo 1 – La caída del telón
“Mana, aquí no se tropieza: se hace un death drop involuntario.”
El calor de Monterrey no era el mismo cuando se cruzaba la puerta de La Candela.
Afuera, en las calles del Barrio Antiguo, la brisa era apenas un aliento tibio que se colaba entre balcones coloniales; adentro, el aire olía a laca para el cabello, cerveza derramada y perfume dulce que se pegaba a la piel como una caricia que no pediste.
El neón fucsia y azul rebotaba en los espejos del fondo y dibujaba cintas de luz sobre los rostros.
En el escenario, todavía vacío, descansaba un micrófono cromado.
A cada movimiento de las cortinas tornasoladas, el lugar murmuraba: algo está por empezar.
En la barra, Mauricio acomodó la manga de su camisa blanca con el gesto automático de quien necesita un orden para no pensar.
Había llegado por insistencia de Ricardo, colega de la acerera, que insistió con su tono de compadre: “Ándale, nomás por hoy. Esto no es lo que crees, es mejor”.
Mauricio aceptó más por evitar la discusión que por curiosidad.
Su vida estaba hecha con la precisión de la industria: horarios, reportes, comidas de domingo en San Pedro con sus padres, misa tempranera si no había viaje.
Esa noche, sin embargo, al sentarse en aquella mesa pegajosa de cerveza, sintió que la maquinaria se detenía medio segundo.
Las luces bajaron apenas y una voz con brillo de hierro llenó el lugar.
La Vane apareció al centro del escenario con un vestido plateado que le abrazaba hasta la cintura y caía en cascada de lentejuelas que parecían escurrir luz.
En una mano llevaba un abanico rojo, en la otra el micrófono. Sonrió con colmillo de presentadora.
—¡Buenas noches, Monterrey! —tronó—. Bienvenidas, bienvenidos y bienmanas a La Candela, el único lugar donde el calor se aguanta con un abanico y una cerveza fría. ¿Estamos listas o qué?
El público respondió con chiflidos, gritos y palmas. La Vane giró el abanico y lo cerró con un chasquido que cortó el aire.
—Con ustedes, la más venenosa, la más fina, la que hace que hasta el Cerro de la Silla se acomode pa’ verla… ¡Alma!
Mauricio no supo de dónde salió, solo que de pronto estaba ahí: Alma no caminó; trazó una línea.
Los tacones rojos golpearon el piso en una cadencia propia, como un metrónomo que marcaba un corazón nuevo.
El traje de lentejuelas verde esmeralda parecía líquido al reflejar la luz; a cada giro, las escamas cambiaban de tono del bosque al turquesa.
Sobre los hombros, una estola de gasa gris humo se desplegaba como alas en cámara lenta.
El maquillaje era geometría y brillo: cejas afiladas, sombras en degradado violeta, labios en rojo granada.
“Paloma Negra” entró sobre una base urbana, como si alguien hubiera cosido una cicatriz antigua sobre un beat nocturno.
Alma llevó el abanico al pecho, lo abrió con un snap de precisión y marcó la primera frase con los labios, sin cantar, con ese arte insolente de decirlo todo sin emitir sonido.
El bar se recogió medio paso. En primera fila, un grupo de chavas alzó el celular; una de ellas gritó “¡brava, mana!” y el grito se quedó flotando como confeti invisible.
Detrás del brillo, Diego contaba tiempos.
Ocho, ocho, ocho. El peso al frente, la rodilla cediendo un centímetro justo antes del giro, la espalda como un arco.
La voz de Manu, hace apenas diez minutos en el camerino, seguía en la cabeza: “Mírame, mana. Tú no pides permiso, el permiso te lo dan cuando aplauden. Y hoy te van a aplaudir”.
Los tacones le empezaban a doler en ese punto secreto entre el orgullo y el dedo meñique. Resistir también era parte del show.
La Vane se bajó del escenario y se quedó a un lado, vigilando con ojos de loba orgullosa.
“Eso, hija”, murmuró sin micrófono cuando Alma se inclinó con un gesto de desdén dulce, como si se quitara culpas del hombro.
Un chico en camisa floreada —laca todavía fresca, uñas negras— depositó un billete en el escote con ceremonia.
Alma lo atrapó con dos dedos y secó una lágrima imaginaria; el bar rió con ella. Shade dulce, cirugía fina.
Mauricio sintió que la respiración se le iba al estómago.
No era deseo apremiante; era la precisión.
Admiró la manera en que cada movimiento parecía inevitable.
En su oficina, la exactitud era una obligación.
Aquí, la exactitud era placer. Pensó en Paola un segundo, en los planes, en el anillo guardado en el cajón del buró “para el momento correcto”.
No supo por qué, pero aquella certeza le pareció de pronto una pieza mal colocada.
Alma cambió el gesto: de tragedia a comedia, de comedia a burla.
El abanico se volvió espada y luego abanico otra vez.
Marcó un tropezón falso y se regresó con un puchero.
El público, dócil y feroz, se dejó dirigir.
Cuando alzó la mirada hacia la barra, la encontró.
Un rostro atento, camisa impecable, una postura que quería pasar desapercibida y no podía.
Mauricio apartó la mirada un segundo tarde.
El número cerró con un split limpio, el estruendo de las palmas entrando como lluvia sobre techo de lámina.
Alma sostuvo la pose un latido más, sabiendo que ese segundo extra se convertía en memoria.
Cuando se puso de pie, besó el piso con dos dedos como si consagrara un altar.
La música cayó en seco, y la Vane gritó su nombre otra vez para clavarlo en la noche.
Ricardo le dio un codazo a Mauricio. “¿Qué te dije, compadre? Esto es otro nivel. Aquí sí hay talento”.
Mauricio sonrió con una honestidad que le sorprendió a él mismo.
Aplaudió sin moderación, no por quedar bien con su amigo, sino por ese impulso que da cuando alguien sostiene el mundo con un tacón y lo hace ver fácil. Todo bien.
El pasillo que separaba el escenario del camerino era un túnel de focos cálidos y paredes con fotos enmarcadas de otras noches: labios perfectos, pelucas altas, risas con dientes de glitter.
El piso, de madera vieja, crujía con un idioma propio.
Alma cruzó ese pasillo sin dejar de ser Alma; solo cuando la cortina quedó atrás y el ruido se volvió un rumor amortiguado, Diego exhaló el aire que había guardado durante el último minuto del show.
—Te comieron viva, mija —dijo Manu, acercándose con una toalla—. Te traigo agüita. Y te juro que la ceja estuvo pegada. Ni se notó el susto.
—Se notó aquí —respondió Diego, tocándose el pecho con la uña—. Pero se me pasó con el chiflido de la morra de top metálico.
—La pura verdad. La Vane está que no cabe. Ya te quiere sacar para las fotos. ¿Cómo vas de pie?
Diego hizo un gesto de dolor y orgullo. Se sentó en el banco frente al espejo redondo enmarcado por bombillas.
Sobre la mesa de maquillaje, un arsenal íntimo: pegamento de pestañas, delineadores, polvos traslúcidos, un trío de sombras moradas, base de cobertura extrema, cinta doble cara, brillos prensados y, al centro, como talismán, los tacones rojos con marcas de batalla.
—Los tacones me están predicando —dijo—. Pero hoy sí me están salvando.
La Vane entró envuelta en perfume floral.
—¿Lista, reina? —dijo, orgullosa—. Están pidiendo fotos y te conviene salir mientras traen la cartera alegre. Vente, mi amor. Sonríe como si te pagaran más por sonrisa. Y por cierto: no aceptes tragos de vaso desconocido. Que no se te olvide.
—Sí, madre —dijo Diego, y Alma se enderezó con esa postura que aprendió de ella: mentón alto, hombros atrás, cadera en diagonal. Un dibujo perfecto.
La zona de fotos estaba a un lado de la barra, bajo una lámpara circular que hacía brillar a cualquiera.
Una lona con el logo de La Candela servía de fondo improvisado.
La fila no era larga, pero era insistente: parejas, grupos de amigas, curiosos.
Alma repartía sonrisas, poses, pequeños chistes.
“Acércate, mana, que la lentejuela pide compañía”, “No me tapes el brillo, comadre, que nos peleamos”.
En la mesa de Mauricio, Ricardo levantó la mano como si subastara atención. —¡Una foto con la reina! —gritó, jocoso.
Mauricio ya estaba de pie, y el cuerpo salió un paso antes que la mente. Se paró junto a la lona con manos inseguras. Alma se acercó con paso de línea recta.
—¿Primera vez en La Candela? —preguntó, sin bajar la mirada.
—Sí —dijo Mauricio—. Y sí entiendo por qué vuelven.
—La noche es generosa con quien la respeta —dijo Alma—. A ver, voltea un poquito, mi amor. Así. Perfecto.
El flash bañó un segundo de papel fotográfico imaginario.
Mauricio percibió detalles minúsculos: el aroma cítrico del fijador de peluca, la microcicatriz en el labio superior, el brillo de la sombra violeta justo en la esquina del párpado.
No recordó la última vez que había estado tan presente en cosas pequeñas.
—Gracias por venir —dijo Alma,.
—Gracias por el show —dijo él—. No sabía… —se detuvo—. No sabía que se podía con tanta precisión.
—El truco es que parezca fácil —dijo Alma—. Y que duela lo suficiente como para que se note sin verse.
La fila avanzó, la noche también. Mauricio volvió a su mesa con la inercia del perfume y un latido nuevo.
Abrió Instagram. No era su estilo seguir cuentas del antro, ni mezclarse en redes con lo que consideraba ocio, pero el dedo ya estaba en el buscador.
@almaviper. Foto de perfil: labios granada, pómulos altos, un eyeliner que podría cortar hielo. Le dio “seguir”.
La pantalla arrojó pronto: “Alma te ha seguido”. En el camerino, a Alma le vibró el teléfono. Nuevo seguidor: mauriciogv. El nombre le sonó a calles con árboles y nevera siempre llena.
—Se armó un seguidor interesante —dijo Diego—. Tiene cara de que no se ríe fuerte. Pero hoy se rió.
—Aguas, mana —dijo Manu—. La risa silenciosa entra por la nuca.