CAPÍTULO 31
La Cámara del Vínculo
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Cuando el portón giró por completo, revelando el interior, a los tres amigos se les cortó el aliento al unísono.
No se encontraron ante una cripta oscura y llena de telarañas, sino en un ambiente que rezumaba una dignidad atemporal.
La estancia era una increíble combinación entre pasado y presente: elegantemente amueblada, presentaba un parqué de madera cálida que amortiguaba los pasos y paredes enteramente cubiertas por estanterías cargadas de documentos perfectamente conservados.
En el centro dominaba una gran mesa de madera maciza rodeada de sillas de terciopelo carmesí, como si un consejo secreto acabara de levantarse de una reunión hacía apenas unos minutos.
—Pero es... es preciosa —susurró Isa, paseando el haz de la linterna por los lomos de los libros encuadernados en cuero—.
Parece que alguien la ha cuidado hasta hace muy poco.
Mientras Sofía se sentía atraída casi magnéticamente hacia las estanterías de documentos, Matteo apuntó la luz hacia un rincón.
Allí, sobre una mesa más pequeña, yacía un imponente cofre con la tapa parcialmente levantada.
Se acercaron lentamente. En el interior, la luz de los ledes estalló en mil reflejos de colores: monedas de oro con la efigie de los Montenero, collares de piedras preciosas, esmeraldas grandes como avellanas y broches de plata trabajada.
Era un auténtico tesoro, oculto al mundo durante trescientos años.
—Es como el tesoro pirata con el que soñaba de niño —murmuró Matteo—.
Con esto podrías reconstruir toda la villa y medio pueblo, Sofía.
Sofía, sin embargo, no miraba el oro. Si vista estaba fija en un pliego de documentos situado exactamente en el centro de la mesa grande, bajo un pisapapeles de cristal en forma de luna.
—El oro es solo un medio, Matteo —dijo ella con voz cargada de emoción—.
La verdadera fuerza está aquí. En esta sala no solo hay riqueza, está el Vínculo.
La excitación era palpable. Estaban físicamente bajo la plaza del pueblo, en el corazón del dominio de Vance, pero en ese momento ellos eran los dueños de la situación.
Sofía alargó la mano hacia los documentos.
Sabía que allí dentro encontraría las pruebas que Estrella había citado en su mensaje.
Justo cuando Sofía iba a abrir el primer legajo, un ruido metálico, similar a un zumbido electrónico, resonó en la sala.
Venía de una pared lateral, donde una pequeña cámara de seguridad, camuflada astutamente entre los libros, empezó a girar hacia ellos.
El zumbido de la cámara parecía amplificar el latido acelerado de sus corazones.
Los tres amigos se quedaron petrificados mientras el ojo electrónico los seguía con precisión quirúrgica.
Entonces, un carraspeo metálico interrumpió el silencio, seguido de la voz inconfundible y gélida del notario Vance, que resonó desde un pequeño altavoz oculto en el techo.
—Buenos días, Sofía. Buenos días, Isa...
y veo que has traído también al joven Matteo.
Habéis sido más eficientes de lo que imaginaba —una risa seca y carente de alegría llenó la sala—.
Estaba esperando a que entrarais. Veréis, Elias fue demasiado meticuloso escondiendo ese medallón.
Yo tengo el mapa, tengo las cámaras, pero sin esa pieza de plata en tus manos, Sofía, este portón era solo un muro inútil también para mí.
Sofía, a pesar del escalofrío de terror que le recorrió la espalda, dio un paso al frente y miró directamente al objetivo de la cámara.
—¿Quién ha instalado este sistema, Vance?
¿Quién le ha permitido profanar este lugar?
—preguntó con voz firme. —Oh, Sofía, no seas ingenua —respondió la voz, ahora más persuasiva—.
Tengo mi red de contactos. Las reuniones del Vínculo no eran tan secretas como pensaba tu tío.
Siempre hubo alguien dispuesto a favorecer a quien ostenta el verdadero poder en Valdiluna.
Alguien que colocó esa lente para mí hace años, esperando pacientemente a que el medallón volviera a casa.
Isa apretó el brazo de Matteo, que tenía los puños cerrados y la mirada fija en la puerta, listo para defender a las chicas de cualquier amenaza física.
—Usted no entrará jamás aquí —declaró Sofía, levantando el medallón como si fuera un escudo—.
Este lugar pertenece a mi familia. Es usted un usurpador, igual que sus antepasados.
El tono de Vance cambió bruscamente, volviéndose sombrío y amenazante.
—Cuidado con cómo hablas, niñata. Estáis encerrados en un agujero bajo tierra.
Puedo hacer que vuestra salida sea muy...
complicada. Tenéis algo que me pertenece por derecho.
Si no me lo entregáis por vuestra propia voluntad, os aseguro que ninguno de los tres verá la luz del ocaso hoy.
Tenéis diez minutos para decidir. El clic final indicó que la comunicación se había cortado.
De repente, las paredes de la Cámara del Vínculo parecían estrecharse sobre ellos como una trampa mortal.