CAPÍTULO 24
Fuga entre callejones
◆◆◆
Apenas cruzó el umbral del despacho, el aire fresco de la mañana golpeó el rostro de Sofía, pero la sensación de libertad duró poco.
Sintió la vibración del teléfono en el bolsillo: el mensaje de Isa era una advertencia que no admitía retrasos.
No llegó a dar tres pasos cuando la sombra del hombre de la gorra oscura se alargó sobre ella.
El individuo se interpuso en su camino con una lentitud estudiada, manteniendo las manos hundidas en los bolsillos de una vieja chaqueta gastada.
—Señorita Moretti —comenzó con una voz ronca que parecía raspar el pavimento—.
Escuche un consejo de quien pisa esta tierra desde siempre.
Es mejor para todos, y digo para todos, que haga caso al notario y cambie de jardinero.
Sofía intentó esquivarlo lateralmente, pero él se mantuvo firme, bloqueándole el paso.
—¿Por qué se empeñan tanto? —respondió ella, tratando de mantener la voz firme a pesar del vuelco que le había dado el corazón.
El hombre se inclinó ligeramente hacia adelante, bajando el tono de forma amenazante: —ciertas raíces es mejor que se queden cubiertas.
Matteo cava demasiado hondo... y quien cava hondo a veces termina encontrando su propia fosa.
Justo cuando la tensión se volvía insoportable, Isa apareció como un rayo.
Llegó casi corriendo y agarró el brazo de Sofía con una naturalidad perfecta.
—¡Sofía! ¡Por fin! Me acaba de llamar el mensajero; está en la puerta de la villa y dice que no puede esperar.
¡Tenemos que irnos rápido, que se nos hace tardísimo para el compromiso urgente!
—exclamó Isa, ignorando al hombre con una superioridad tan aplastante que lo dejó desconcertado por un instante.
Sin darle tiempo a replicar, Isa arrastró a Sofía hacia la entrada de un callejón lateral.
Empezaron a caminar a paso ligero, girando bruscamente entre las callejuelas empedradas, subiendo escalinatas y cruzando bajo arcos de piedra que olían a humedad e historia.
Sabían que el hombre no podría perseguirlas a pie de forma evidente sin llamar demasiado la atención de los lugareños.
Tras un par de minutos zigzagueando por el dédalo del centro histórico, se detuvieron a recuperar el aliento justo frente al escaparate de la mujer del cabello blanco.
Desde el interior, la anciana las vio agitadas, pero no pareció sorprenderse; se limitó a dedicarles un saludo lento y solemne con la mano.
Su mirada se posó un segundo en el pecho de Sofía, donde el medallón permanecía oculto, y esbozó una leve sonrisa de complicidad.
Alcanzar el coche aparcado fue un verdadero alivio.
—¿Vamos directo al pueblo de al lado, a ver a los D’Alba?
—preguntó Isa, apoyada contra el asiento, aún algo agitada por la caminata.
—Sí, debemos hacerlo hoy mismo —respondió Sofía, recuperando de inmediato su pragmatismo—.
Pero antes pasemos por el supermercado de las afueras.
Las provisiones escasean y, sinceramente, necesito un té caliente para relajar los nervios.
Antes de abandonar por completo Valdiluna, decidieron detenerse un momento.
No querían permitir que el miedo ganara la primera batalla.
Eligieron un pequeño bar en la plaza, oculto tras un denso seto de laurel que les proporcionaba una vista total de la entrada del despacho notarial sin ser vistas.
De repente, Isa bajó la voz y le dio un codazo: —¡Mira allá!
Del despacho del notario Vance salió el abogado en persona.
Segundos después, de la sombra de uno de los callejones contiguos, emergió el hombre de la gorra oscura.
Los dos se encontraron en el centro de la plaza pavimentada.
No fue, ni mucho menos, un encuentro casual.
Intercambiaron pocas palabras y el hombre de la gorra gesticuló con brusquedad hacia la dirección por la que Sofía e Isa habían escapado.
—¡Lo sabía! —susurró Isa, apretando el puño sobre la mesa—.
¡Sabía que estaban compinchados! Ese tipo no es un loco del pueblo, es el brazo derecho de Vance.
El notario da las órdenes y él hace el trabajo sucio.
Sofía observó la escena con los ojos entornados, analizando la dinámica entre ambos.
La confirmación de su vínculo lo hacía todo más peligroso, pero también aportaba una claridad matemática al problema.
—Vance no es solo un notario corrupto —reflexionó Sofía—.
Es el guardián de un secreto que no quiere que salga de estos muros.
Si están tan nerviosos, significa que nuestra firmeza con Matteo los ha puesto en jaque.
Han perdido la iniciativa. El hombre de la gorra se alejó hacia la parte baja del pueblo y Vance regresó a su oficina.
—Bien —dijo Sofía, dejando unas monedas sobre la mesa para pagar las consumiciones—.
Acaban de jugar su carta. Ahora nos toca a nosotras.
Próxima parada: el pueblo de los D'Alba.
Si son los rivales históricos de los Montenero y Vance les teme tanto, entonces son exactamente las personas que necesitamos.
Subieron al coche, dejando atrás el letrero de salida de Valdiluna.
Mientras la carretera empezaba a serpentear colina arriba, el medallón bajo la blusa de Sofía parecía volverse más pesado contra su piel, como si tuviera prisa por llegar a su verdadero destino.