La heredera del halcón LA MAREA NARANJA
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LA MAREA NARANJA

[RADIO HALCON] —Soy la reina de la pista —gritó ella por la radio.

El equipo rio. Dante sabía lo que pasaba en su cabeza al no poder imaginar las curvas, solo las sentía desde los pies hasta la punta del pelo; eso la hacía más temeraria. ¿ Peligrosa? Sí , respondió Dante para sí mismo.

La celebración fue lo mejor de todo. Dante y sus asistentes acordaron que el equipo necesitaba un descanso, por lo que coordinaron un descanso merecido y todos se embarcaron a una aventura después de la carrera.

Haarlem es como una versión más íntima y tranquila de Ámsterdam.

Los canales (como el río Spaarne) serpentean entre casas antiguas de ladrillo con techos en punta.

El agua en los canales es oscura y casi no se mueve; no hay olas, solo un balanceo suave que marea de forma relajante.

Los botes eléctricos son silenciosos; no hay rugido de motor ni olor a gasolina.

Solo escuchas el chapoteo del agua contra el casco y los pájaros en los árboles de las orillas.

Rompiendo la estructura del equipo, Joshua quiso tomar el mando decidió que quería conducir el bote. Como es eléctrico y lento, se siente « ridículo » yendo a 5 km/h después de venir de los 300 km/h.

—Siento que voy en cámara lenta —dijo Joshua riendo—. ¿De verdad vamos avanzando? —preguntó mirando por la barandilla.

Eso hizo estallar las risas de todos, mientras Dante, relajado, sin telemetría, se sentaba en la proa con una bebida fría, dejando que el viento le pegara en la cara.

Vanessa siente la frescura que sube del agua.

En los canales, el aire huele a madera mojada y flores de los balcones, muy distinto al caucho quemado.

En Haarlem hay puentes de piedra muy bajos; cuando el bote pasa por debajo, el sonido cambia, se vuelve un eco fresco y húmedo.

—¡Mira, ¡Dante, es un molino! —gritó Vanessa—. ¡Piloto, vamos al molino de allá!

Joshua sonrió; seguía pensando que iban muy lento o que en realidad no avanzaban.

—Allá no sé dónde es —gritó Joshua.

El equipo se reía mientras señalaban el molino. Vanessa gritaba en la proa «¡Dante!». Ella observaba sorprendida y fascinada; miraba el molino y Dante la miraba a ella. A veces no podía creer que fueran la misma mujer la piloto y esta chica que ve el mundo en formas distintas.

—Ese es el Molino de Adriaan. Es un molino de viento gigante a orillas del canal. ¿Ves las aspas? Se reflejan en el bote cuando pasamos por debajo, ¡mira! —Dante señaló con el dedo, mientras observaba cómo disfrutaba ella cada cosa que le mostraba del mundo.

Cenaron en el ML Haarlem, un hotel boutique. El lujo allí no era la velocidad, sino el tiempo, bajo unas vigas de madera de 300 años de antigüedad.

Mientras los Rosso Corse probablemente estaban encerrados analizando datos, el equipo Imperi compartía pan artesano, vino Pinot Gris y cerveza Jopen, la cual se elabora siguiendo recetas históricas de los siglos XIV y XV en la iglesia Jopenkerk en Haarlem rescatadas para celebrar el aniversario de la ciudad.

Así con risas recargando el alma antes de enfrentarse al nuevo desafío. Dante levantó su copa de vino, con la luz de las velas bailando en el cristal.

—Estamos en la cresta de la ola antes de que reviente —brindó, guiñándole un ojo a Vanessa.

Ella sonrió, saboreando el pan artesano y la paz de las vigas de madera de trescientos años. No podía ver la tormenta que Viktor Draken estaba tejiendo en la oscuridad de los boxes, ni las conspiraciones que ya empezaban a filtrar datos hacia la prensa.

En ese hotel boutique, el tiempo se había detenido. Vanessa no necesitaba imaginar el mañana; le bastaba con sentir el peso del P1 en su historial y el calor de su equipo a su alrededor, antes de que el mundo volviera a acelerar hasta volverse borroso.