La heredera del halcón EL CIRCUITO DE ALBERT PARK
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EL CIRCUITO DE ALBERT PARK

Durante el vuelo, Vanessa buscó el hombro de Dante para apoyarse; él la cubrió con una manta y la cuidó, preparándole café al despertar mientras ella servía el desayuno. Esos gestos no pasaron desapercibidos; el equipo solo sonreía en silencio.

—Joshua, de ahora en adelante quiero que seas el escudo de Vanessa en la pista. Confío en ti, eres un gran piloto; necesito que lo demuestres, tú puedes —dijo Dante ofreciéndole una taza de café al joven piloto.

Al cruzar las puertas automáticas del aeropuerto de Melbourne, el flash de las cámaras los golpeó como un muro. No era la bienvenida habitual; era una inquisición.

—¿Señorita Filippis, es cierto que la FIA ha confiscado planos de su motor? —gritó un reportero—. ¡Señor Imperi! ¿Qué responde a las acusaciones de Silver Arrow sobre el fraude acústico?

Dante, con sus gafas de sol oscuras, se movía como un rompehielos entre la multitud abriendo paso a Vanessa y Joshua.

Ella caminaba con la cabeza alta, sintiendo el peso de las miradas.

El contraste era brutal hace 24 horas estaba en los brazos de Dante en un oasis; ahora era la villana más buscada de la F1, pensaba ella.

—Sin comentarios —repetía Dante con voz gélida mientras los escoltaban al transporte privado—. Las respuestas se darán en la pista de Albert Park.

El circuito de Albert Park no perdona la falta de preparación.

Al cruzar la línea de meta, el monoplaza se siente inquieto sobre el asfalto de un parque que no fue diseñado para alcanzar los 320 km/h.

La frenada en la curva 1 es un ejercicio de fe; los neumáticos se bloquean y el humo de la goma quemada es el primer aviso de que la sesión ha comenzado.

Es un trazado rítmico, casi musical acelerar, frenar, girar, repetir. Un error de cálculo de 1 milisegundo y el monoplaza deja de ser una obra de ingeniería para convertirse en un montón de fibra de carbono contra las barreras de Tecpro.

Al final de la recta principal, el motor alcanza un grito agudo que vibra directamente en la base del cráneo del piloto.

No hay tiempo para sutilezas el pie izquierdo hunde el freno con una presión de casi 100 kilogramos y el cinturón de seguridad se clava en los hombros, deteniendo el impulso del cuerpo que quiere salir despedido.

La curva 1 es un sacudón seco; la volante pesa, se resiste, y sientes en las palmas cada irregularidad del asfalto del parque. El monoplaza salta sobre los... Pianos y el impacto resuena en la columna vertebral.

En la chicane rápida de las curvas 9 y 10, el cuello lucha por mantener la cabeza recta mientras una fuerza de 5G intenta empujarte contra el lateral del cockpit.

Dante tomó el brazo de Vanessa para acompañarla al motor home que los esperaba. Buscaba que descansara del largo vuelo y del asedio periodístico mientras intentaba distraer su mente.

—Sabías que, una vez que el cronómetro se activa, el orden administrativo desaparece aquí —comentó él.

Vanessa lo miró y rio.

—¿Intentas distraerme o darme miedo? —preguntó ella.

—Las dos cosas —contestó él, riendo también.

Dante salió al box; el equipo técnico ya trabajaba en el chasis. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Vanessa se ponía un reloj regalo de un patrocinador, cuando Axel Vossen pasó frente a su garaje. Se detuvo, apoyándose en la valla con una sonrisa arrogante.

—¿Disfrutando de los regalos? —preguntó mirando con desprecio el motor abierto del monoplaza—. Draken ha estado hablando con los comisarios toda la mañana. Dicen que, para el domingo, ese silbido de tu motor será historia —.

Vanessa lo miró de arriba abajo, manteniendo la calma que Dante le había enseñado. Poco después, él la llamó a su oficina. El lugar olía a café y chocolate; olía a hogar, a Asolo.

—Olvida a Vossen. Es un distractor —dijo Dante—. Mira lo que he preparado para ti —.

Vanessa lo miró sorprendida. ¡Huele a mi casa!, pensó ella. Al cerrar los ojos, sintió un abrazo familiar.

¿Papá? —dijo ella. Al darse vuelta, los vio allí estaban ambos, sonriendo y llorando.

—Hija, hijita preciosa —exclamaron sus padres.

Los tres se abrazaron. Vanessa buscó la mirada de Dante y le extendió la mano para que se acercara.

—Mamá, papá... él es Dante. Es mi... ¿novio? —preguntó ella mirando a Dante para ver su reacción. Él, lejos de intimidarse, respondió con calidez.

—Un gusto tenerlos aquí. Espero que estén cómodos; cualquier cosa que necesiten, tienen a su disposición al mayordomo —dijo él saludándolos.

—¿Tú los invitaste? ¿Por qué no me dijiste? —preguntó ella extrañada.

—Era una sorpresa, amor. Pensé que podrías necesitar un lugar donde refugiarte —respondió Dante. Ella lo rodeó con un abrazo, gracias, cariño mío, pensó Vanessa.

Dante se despidió cordialmente para atender su celular, que no dejaba de sonar.

El equipo hizo una pausa para disfrutar del café y la bollería que trajeron los padres de Vanessa al box.

—Dante, no te he visto en todo el día y no has dormido —dijo ella más tarde, preocupada.

Él se detuvo y tomó su pulso sin dejar de mirarla.

—El doctor viene hoy a las 600 pm; tus niveles de melatonina están desajustados por el vuelo. Haremos pruebas en el simulador. Estaré bien cuando cruces la meta el domingo. Hasta entonces, soy de la FIA y de este motor. Pero esta noche... seré todo tuyo —sentenció él.

Dante le guiñó un ojo con ese brillo perverso que a ella la volvía loca. La práctica en el simulador duró más de lo previsto ante la mirada asustada de sus padres, a quienes Dante tranquilizó.

A las 115 pm, las puertas del motor home de Imperi se abrieron. El murmullo del paddock se detuvo en seco. Vanessa salió primero, con el casco bajo el brazo como un trofeo. Su cabello iba en una trenza impecable, dejando ver una confianza gélida.

El mono ignífugo, de un blanco perlado con detalles en fibra de carbono real, estaba entallado milimétricamente. No parecía un traje de seguridad; parecía una armadura de alta costura. Dante quería que resaltara su belleza y le diera seguridad se veía soberbia, una belleza peligrosa.

En cuanto pisó el asfalto, el caos se desató.

Los flashes creaban una luz estroboscópica a su alrededor.

Vanessa no parpadeó; caminó con la barbilla levantada.

Lo que más la llenó de orgullo fue ver cómo cientos de mujeres, desde equipos técnicos hasta la tribuna VIP, se ponían de pie para aplaudirla.

Vanessa saludó mientras seguía hacia el garaje. Dante la esperaba al final del pasillo humano con orgullo contenido.

—Míralas, Vanessa —le susurró Dante señalando a la multitud.

Antes de la tensión, vino el glamour. Los pilotos desfilaron por el circuito de Albert Park sobre monoplazas clásicos descapotables. Vanessa y Joshua compartían un Jaguar E—Type plateado; saludaban a la multitud mientras avanzaban por el trazado.

—Mira eso, Joshua —dijo ella señalando las tribunas teñidas con las banderas de Imperi.

—Hoy no corremos solos; tú lideras, jefa —respondió Joshua con una sonrisa cómplice—. Yo me encargo de que los lobos de Silver Arrow y Rosso Corse no te huelan el perfume.

Los 2 rieron. Ella buscaba a Dante con la mirada, sabiendo que la observaba desde algún punto del paddock.

Para ayudarse mutuamente en las largas rectas de Melbourne, Dante había diseñado una variante de la técnica Sling—shot, combinada con la gestión de energía Joshua debía colocarse tras Vanessa a menos de 0,5 segundos de distancia para reducir la resistencia al aire de ambos, permitiendo que el motor de ella no se esforzara tanto.

Justo antes de la frenada, Joshua se abriría para limpiar el flujo del radiador de Vanessa, enfriando su motor instantáneamente.

La largada comenzó puntual a las 200 pm. La carrera técnica y sincrónica de Imperi tenía extasiados al público y a la prensa. En la vuelta 20, el Silver Arrow de Julian Sterling atacó ferozmente. Vanessa lideraba, pero Sterling entró en zona de DRS, listo para el adelantamiento.

[RADIO DANTE] —Joshua, protocolo Escudo de Hierro.

En la recta de Lakeside, Vanessa no huyó; se mantuvo en el centro.

Joshua, en un movimiento ensayado 1,000 veces en secreto, se pegó a su difusor.

Sterling intentó abrirse paso, pero Joshua se movió en perfecta sincronía con Vanessa, bloqueándolo visual y aerodinámicamente.

Joshua estaba sacrificando sus propios neumáticos al recibir todas las turbulencias de Sterling, dejando a Vanessa con aire limpio para que el sistema Omega funcionara sin interferencias térmicas.

Al entrar en la chicane, Vanessa tomó una línea más abierta, permitiendo que Joshua asomara el morro por el interior. Esto obligó a Sterling a frenar antes para evitar el choque.

En ese segundo de duda del rival, Vanessa activó el mapa Omega; el monoplaza salió de la curva como si hubiera sido disparado por un cañón. Joshua se quedó atrás, ensanchando su auto y zigzagueando lo justo al límite de la legalidad para que Sterling no recuperara el ritmo.

[RADIO DANTE] —Buen trabajo. Joshua, brecha abierta a 3,5 segundos.

Vanessa cruzó la meta sola, con el auto impecable. Joshua llegó en P3, habiendo defendido el podio como un guerrero. Al bajarse de los monoplazas, él fue el primero en acercarse a Vanessa; no hubo celos, solo un choque de manos enguantadas.

—Les cerramos la puerta en la cara, V —dijo Joshua, agotado pero satisfecho.

Dante se acercó a ambos, poniendo una mano en el hombro de cada uno.

—Esto es trabajo en equipo, tecnología y disciplina —sentenció él, con el orgullo y el amor brillando en sus ojos—. Vayan a la sala de enfriamiento para el chequeo médico; nos vemos en la ceremonia —.

Por la noche, a las 800 pm, Vanessa compartió con sus padres en el motor home.

Matt rebosaba orgullo mientras Clara preparaba la cena.

Vanessa estaba exhausta, pero las ganas de estar con ellos fueron más fuertes que el sueño.

Sabía que antes del próximo viaje ellos volverían a Asolo, y quería aprovechar cada minuto antes de que el circo de la F1 volviera a ponerse en marcha.