EL CHOQUE DE DOS MUNDOS #10
2—Consistencia de giro Los comisarios revisan la telemetría; las últimas 5 vueltas deben ser constantes, sin variaciones significativas.
3—Límites de pista y tiempo No debe haber penalizaciones por track limits y la vuelta más rápida debe estar dentro del 107 % del mejor tiempo de la sesión.
Al terminar, Dante le entregó una botella. Ella introdujo la boquilla en su boca sin quitarse el sotocasco y bebió el líquido helado cargado de electrolitos.
—Tranquila, bebe despacio —dijo el ingeniero.
Dante la observaba, pero su mente ya procesaba los datos de los otros pilotos y lo que la comisión diría del auto.
En medio del caos, la comisión llegó con el veredicto «Telemetría confirmada.
Consistencia de un 0,05 % de margen. La FIA ha validado los 40 puntos.
Bienvenida a la parrilla, piloto Filippis… ¡Y que Dios nos guarde!».
Vanessa se puso las manos en las caderas. El comentario machista podría haberle molestado, pero nada opacaría su victoria. Los periodistas corrieron hacia la valla. Cuando se quitó el sotocasco, el mundo enmudeció.
—¿Es una chica? —gritó un reportero.
Los flashes no la dejaban ver; buscó los ojos de Dante. Él se situó a su espalda para protegerla.
—Ella estará en el aula para la ceremonia; allí podrán hacer preguntas —sentenció él ante la prensa.
Dante sonrió al ver que Vanessa estaba aterrada por el pánico escénico.
La rodeó con el brazo y la llevó hacia la Academia.
En la ceremonia oficial, la FIA le hizo entrega de la credencial laminada con chip el acceso total al paddock.
Al sentirla en su cuello, supo que era el símbolo de años de esfuerzo extra por ser mujer en un mundo de hombres.
Mientas Victorio Imperi posaba para las fotos con orgullo y reticencia.
—Mañana el mundo titulará que una mujer ha llegado a la F1. Asegúrense de que el titular diga que pertenece a la Escudería Imperi —ordenó el patriarca.
Dante se acercó y le susurró al oído —Ya no eres una novata — Ella sonrió con lágrimas de orgullo; quería correr a abrazar a sus padres.
En el auditorio, se sentó flanqueada por Victorio y Joshua. Un periodista veterano se levantó con suficiencia
—Señorita Filippis, ¿cree que una mujer podrá aguantar las 5G de fuerza lateral en curvas como las de Suzuka o una carrera de 2 horas en el calor de Singapur sin desfallecer? —preguntó el hombre.
Vanessa no parpadeó. Acercó el micrófono con calma glacial.
—Llevo años entrenando con la misma telemetría que mis compañeros. El monoplaza no sabe si quien pisa el freno es un hombre o una mujer; solo entiende de presión y precisión. Siguiente pregunta —sentenció ella.
El auditorio estalló. Otro intentó atacarla sugiriendo que era una jugada de marketing por ser una chica hermosa.
—Le diría que mire la tabla de tiempos de hoy —respondió ella, y el público rio—. ¿Piensas que soy hermosa? ¡Gracias! —añadió ante otra pregunta, relajándose por fin.
Cuando terminó, buscó a Dante. Tenía la batería social agotada.
—¿Halcón? —la voz de Dante fue un bálsamo—. Te ganaste un descanso. En la noche, a las 2000 horas, hay una cena de gala de los patrocinadores en un palacio de Londres; deberás asistir —le informó él.
Vanessa puso los ojos en blanco.
—¡Jamás! No era por esto por lo que quería ser piloto —exclamó ella, cruzando los brazos.
—Te vas a acostumbrar. ¿No imaginaste que esto era parte del juego? —preguntó Dante observándola divertido.
—No puedo imaginar —respondió ella tajante.
—Sabes a qué me refiero —dijo Dante en tono seco.
Sola en su cuarto, dimensionó lo ocurrido. Entendió por qué sus padres temían este mundo de protocolos. Aun así, se arregló con esmero para la gala de las 800 pm; no dejaría que Dante viera ninguna debilidad.
Vanessa se esforzó por verse lo mejor posible; total, ya era de noche y estaba resignada. Apareció con un vestido de satén azul noche, con un escote seductor en la espalda —un regalo del CEO de la escudería, por supuesto— y el collar de alas brillando contra su piel.
Entró del brazo de Dante, triunfal, saludando con una sonrisa a cada periodista que la llamaba para una foto. Fue lo que Dante le enseñó en el trayecto.
—Si gritan tu nombre, solo sonríe. Déjalos que tomen fotos, no contestes y, ¡por Dios te lo pido!, no hagas caras raras ni muecas, y no tuerzas los ojos —instruyó Dante con ese tono de mando que ya no funcionaba tanto con ella.
—O sea, que me vea como un zombi —dijo Vanessa preocupada.
—No —contestó Dante riendo—. Sabes a lo que me refiero. A veces no hablas, pero tienes subtítulos en el rostro.
Dante rio y ella le golpeó el brazo.
—Auchs —dijo él—. Tranquila, todo saldrá bien.
—Uf, qué gran ayuda eres —respondió ella mirando hacia afuera. Se sentía nerviosa, cansada de las fotos, pero Dante tomó su mano y con ese gesto hizo que todo se notara más ligero.
Alessandra estaba allí. Vestía un hermoso vestido rojo vibrante, excesivamente llamativo, intentando recuperar el centro de atención. Durante el brindis se acercó a Vanessa con una copa de cristal, asegurándose de que todos los patrocinadores escucharan.
—Felicidades, querida —dijo Alessandra con una voz meliflua e histérica, luciendo una sonrisa fingida—. Disfruta tu momento; suele ser un poco corta la fama de un piloto de F1 y… solitaria. ¿No crees, Dante? —añadió Alessandra, tratando de atrapar su mirada.
Dante, impecable en su esmoquin negro, se colocó al lado de Vanessa, poniendo una mano posesiva pero profesional en la parte baja de su espalda.
—La soledad solo afecta a los que no tienen el objetivo claro. Vanessa tiene a todo el equipo de ingeniería trabajando para ella —sentenció él.
Vanessa dio un sorbo a su copa y miró a Alessandra de arriba abajo con una madurez que desarmó a la otra.
—La diferencia entre tú y yo es que no necesito que me miren para existir. Solo necesito una meta. Por cierto, el rojo te queda fabuloso, ¡querida! —exclamó ella con ironía.
Dante se quedó helado; le sonrió, pero con una mirada de advertencia. El padre de Dante intervino, dándose cuenta de que Vanessa tenía más poder político del que imaginaba.
—Suficiente. Mañana debemos todos madrugar; son las fotos con el mono de carreras diseñado para ti —ordenó Victorio.
Dante aprovechó y le pidió un momento a solas para hablar con su padre. Su tono poco coloquial dejó al patriarca mudo. Vanessa veía la escena desde lejos Dante se veía realmente enojado. Volvió a los pocos minutos y la tomó del brazo.
—Suficiente sociabilidad. Nos vamos —dijo él con firmeza.
Vanessa estaba feliz. Cuando llegó el auto, gritó «¡Libertad!» Dante rio. Dentro del coche, ella tiró los zapatos, se puso la chaqueta de Dante y se relajó, mientras él acariciaba su pierna.