EL BAUTISMO DE FIBRA DE CARBONO
Vanessa se quedó sentada en el borde de la cama. Miró el delantal rosa que colgaba del perchero, impecable y planchado por su madre. Luego, miró hacia el rincón oscuro del armario donde guardaba su mono de trabajo celeste, manchado de grasa y con el escudo de los Filippis desgastado.
No hubo duda. Se puso el mono, se calzó las botas de carrera y se colgó el casco al hombro. Tenía que salir de allí sin que el aroma a café la atrapara en otra jornada de mesas y propinas.
Era Matt. Su padre, estaba apoyado en el marco de la puerta, con una taza de café humeante en las manos y la mirada perdida en el viejo auto que él mismo le había construido. Vanessa se quedó paralizada, esperando el sermón, la prohibición o el ruego de que no fuera.
Matt levantó la vista. Sus ojos, aún algo cansados, recorrieron el equipo de su hija. No hubo reproches. En lugar de eso, dejó la taza sobre un banco de trabajo y metió la mano en el bolsillo de su pantalón de faena.
—Tu madre cree que estás ayudando a descargar los suministros en la bodega del sótano —dijo Matt con voz ronca—. Tienes exactamente 2 horas antes de que baje a buscarte —.
Vanessa tragó saliva, incapaz de hablar. Su padre se acercó y le entregó un pequeño amuleto una vieja bujía de platino que Mary Elena Filippis llevaba en su Maserati en 1958.
—No dejes que ese hombre de traje te diga quién eres, hija —sentenció Matt, dándole un apretón firme en el hombro—. El apellido no es un escudo, es el fuego que llevas dentro. Ahora vete. El motor ya está caliente; lo encendí hace 10 minutos para que no hiciera ruido al arrancar.
Vanessa abrazó a su padre con una fuerza que casi le corta la respiración.
—Te amo, papito. Te juro que hoy vamos a volar —le prometió ella —.
Salió al patio trasero, donde el pequeño utilitario roncaba suavemente. Eran las 715 a. m. Tenía más de media hora para cruzar Asolo y subir la carretera vieja de la montaña. Mientras aceleraba por las calles empedradas, Vanessa activó su teléfono. Pulsó play en su lista de reproducción:
La voz de la genia artística Miley Cyrus inundó el habitáculo con “The Climb”
La batalla por la fibra de carbono acababa de empezar.
Vanessa observó el monoplaza plateado bajo el sol de la mañana.
No se parecía en nada a los F2 con los que lidiaba a diario.
Este era un Dallara F3 una flecha de carbono diseñada para castigar el cuerpo y premiar el instinto.
Un motor de 6 cilindros, 380 caballos de fuerza y una promesa de 300 km/h.
—Esto será un choque físico brutal —susurró Vanessa para sí misma, sacudiendo su melena pelirroja para espantar el miedo.
Dante Imperi Di Maggio estaba allí, apoyado contra un neumático trasero, cruzado de brazos con su habitual aire de superioridad.
Su ropa deportiva de la escudería, impecable y llena de logos, contrastaba con la bruma de la montaña.
Sus ojos recorrieron el mono de trabajo de Vanessa, deteniéndose en una mancha de grasa que ella no había podido quitar.
—Es un F3, Filippis —dijo él sin saludar—. No tiene dirección asistida. Si tus manos están acostumbradas solo a servir café, este coche te romperá las muñecas en la primera chicane —.
Vanessa no se amilanó. Le lanzó una mirada desafiante.
—No tener miedo es una realidad técnica, señor —respondió ella, tratando al monoplaza como si fuera un juguete nuevo —.
Dante guardó silencio, visiblemente descolocado por su seguridad. La observó con una intensidad nueva. Bajo esa apariencia delgada y de piel blanca, había algo rudo, casi salvaje. Se veía más niña en las fotografías de las revistas, pensó él , aunque su rostro permaneció como una máscara de hielo.
—El asiento se ajustó según los datos del circuito local —continuó Dante con su voz profunda—. Pero un F3 no se conduce con datos; se conduce con los hombros y el estómago. Si te asusta la velocidad, no me hagas perder el tiempo —.
Vanessa no contestó. Se trenzó el cabello, se encajó el casco y bajó el visor ahumado. El mundo desapareció. Se deslizó en el cockpit, sintiendo el abrazo claustrofóbico del asiento de carbono.
—Recuerda lo que dijiste en el café —la voz de Dante vibró en su radio, sonando más cerca de lo que ella hubiera deseado —. Demuéstrame que no sabes dónde está el freno —. Vanessa apretó el botón de encendido. El motor rugió tras su nuca, un estallido de potencia que le sacudió las vértebras.
—¿Debo demostrar que las chicas también sabemos de F1? —preguntó ella por el comunicador —.
—Que seas una chica no es el tema —respondió Dante tras un breve silencio—. Viajé hasta aquí sabiendo exactamente quién eras —.
Vanessa se quedó helada. ¿Él ya la conocía? Pero solo pudo murmurar un «ok» antes de engranar la primera marcha.
El Dallara saltó hacia adelante con una violencia que le robó el aliento.
El ruido del motor devoró el silencio de Asolo.
El asfalto se convirtió en una cinta gris que se estrechaba a una velocidad aterradora.
Al llegar a la primera chicane, Vanessa sintió la verdadera dureza de la dirección.
El volante exigía cada gramo de su fuerza.
Por un segundo, el pánico la invadió los neumáticos estaban fríos y el tren trasero empezó a bailar, amenazando con lanzarla contra los guardarrieles.
“El miedo es un lastre que le quita peso al motor”, recordó.
Apretó los dientes, soltó el freno un milisegundo antes de lo lógico y hundió el pie en el acelerador.
El coche derrapó, buscando tracción, y con un contra volante preciso, Vanessa estabilizó la trayectoria.
El corazón le golpeaba las costillas, pero no levantó el pie.
Desde el muro, Dante observaba la telemetría en su tablet.
Sus ojos brillaron al ver que la línea de aceleración no había caído en la curva más peligrosa.
—Está loca —murmuró un mecánico—. Casi pierde el coche.
—No está loca —respondió Dante, sin apartar la vista de los datos.
Vanessa completó la vuelta a más de 200 km/h. El olor a neumático quemado inundó la cabina; En ese instante, supo que el delantal rosa y el aroma a café eran parte de otra vida.
Cuando se detuvo y se quitó el casco, empapada en sudor y con las mejillas ardiendo, Dante se acercó. No le ofreció la mano. Se limitó a mirarla desde su altura imponente.
—Esa maniobra en la chicane fue un error técnico —sentenció—. Tuviste suerte de que la física te mantuviera en la pista. Pero... tienes algo que no puedo enseñar en una pizarra un desprecio absoluto por las consecuencias —.
Dante guardó la tablet y acortó la distancia entre ambos. Vanessa volvió a oler ese perfume frío que la distraía.
—Hay un transporte privado esperando para llevarte a la sede de la Academia en el Reino Unido.
Tienes una beca completa, Filippis; todo está pagado —le dijo en un tono grave, sin apartar la vista de los datos de su tablet—.
Pero entiende el contrato si subes a ese avión, dejas de ser dueña de tu tiempo.
Yo seré quien dicte las leyes de cada movimiento que hagas, dentro y fuera de la pista —.
Vanessa le dedicó una sonrisa desafiante mientras él se alejaba.
—¡No necesito que me enseñes a moverme, ingeniero! —le gritó—. ¡Solo necesito que me des un coche que sea más rápido que yo!
Ella sintió la lucha de egos y una tensión extraña entre los dos. El próximo reto era dejar la comodidad de Asolo por el frío y la presión de la Academia en Londres. La parte más difícil era controlar el espíritu salvaje que su madre decía que tenía.
No cabía de felicidad; solo su piel la detenía para no volar de alegría, pero se detuvo al pensar en el café rodeado de sillones de cuero y ese aroma tan familiar, era su familia y ahora debía decidir entre la lealtad y su destino.
¿ Por qué todo en la vida se trata de elecciones ?, pensó mientras caminaba a paso muy lento, como si no quisiera llegar a su casa a enfrentar la realidad.