La Heredera de la Niebla 56. El caballo de agua
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56. El caballo de agua

El caballo de agua

La primavera tardó en llegar aquel año, como tarda siempre en las Tierras Altas, pero llegó. Y con ella, una vida que no se parecía en nada a la que yo había traído en el baúl el otoño anterior.

Me había venido a Dunmarach por seis semanas, a autenticar los papeles de una herencia ajena, y me quedé a vivir el resto de mi vida en la herencia que resultó ser mía.

Calder y yo nos casamos en la primavera, sin ruido, en la iglesia vieja, con Effie de testigo y medio pueblo en los bancos —el mismo pueblo que en octubre cerraba las puertas a mi paso y que ahora me traía huevos y me preguntaba por la salud—.

Más que una boda de Lennox o de Maitland, fue, supongo, la primera boda de Dunmarach en mucho tiempo en la que no había nadie perdiendo nada.

La casa empezó a parecer otra. No la arreglamos del todo —no había dinero para eso, y tampoco prisa—, pero le quitamos el luto.

Abrimos las habitaciones cerradas. Quemamos en la chimenea los retratos de los Maitland que habían visto demasiado, y dejamos en la galería solo los que merecían quedarse, y entre ellos colgamos, por fin, el de Eilidh, que sacamos de la cripta y limpiamos y pusimos a la luz, donde tenía que haber estado siempre.

La heredera del torreón dejó de ser un secreto en un sótano y volvió a ser lo que era: la primera de la casa, mirando desde la pared a la última, que era yo, con la misma cara que las dos compartíamos a través de siglo y medio.

Effie creció dos palmos aquel invierno y aprendió a leer, y a escribir, y a llevar las cuentas de la casa mejor que yo.

Yo volví a mi oficio, pero de otra manera.

Ya no autenticaba herencias de desconocidos.

Reconstruía la mía. Me pasé aquella primavera y el verano siguiente devolviéndole a los Lennox su historia, papel a papel, nombre a nombre, sacándolos del olvido al que los habían empujado a cincelazos.

Era el mejor trabajo que había tenido nunca.

Hubo una mañana de aquel verano, lavando en el vado —que había vuelto a ser un sitio donde una lava la ropa y no donde se ahoga la gente—, en que me paré a pensar en la mujer que había bajado de aquel coche el otoño anterior.

Una archivera sola en el mundo, con una madre muerta, un padre sin nombre, una cuchara con un escudo que no sabía leer y la costumbre de no esperar nada de nadie.

Aquella mujer no existía ya. En su lugar había otra que tenía un apellido, una casa, un marido, una prima de dieciséis años que le corregía las cuentas y una hilera de tumbas con su nombre que cuidar.

Tenía, después de veintisiete años, de dónde venir y dónde quedarme.

La lavandera del vado me había prometido, sin palabras, que sería la primera de mi sangre en salir del agua por mi propio pie.

Y había cumplido. Yo salí. Y, al salir, saqué conmigo a todos los demás.

Tendría que terminar aquí. Y durante un tiempo creí que terminaba. Pasamos un año entero en paz, el primero que el valle recordaba, y empecé a pensar que las desgracias de Dunmarach se habían ahogado todas con Morag en aquel remanso.

Me equivocaba.

El verano siguiente desapareció un pastor.

Un muchacho del pueblo, Tam, que llevaba las ovejas a los pastos altos, junto al lago grande, ese que está metido entre dos montes y que tiene el agua negra a cualquier hora del día porque no le da nunca el sol de lleno.

Se fue una mañana con el rebaño y no volvió.

Encontraron las ovejas. Encontraron su cayado en la orilla.

A él no lo encontraron, igual que no habían encontrado a Morag, porque hay aguas en aquel valle que no devuelven lo que se llevan.

La gente del pueblo dijo lo de siempre cuando el agua se lleva a alguien: que se habría caído, que se habría confiado, que el lago es traicionero.

Pero los más viejos dijeron otra cosa, en voz baja, la clase de cosa que yo ya había aprendido a no descartar.

Dijeron que en aquel lago, desde antes de que hubiera Lennox ni Maitland ni nadie con apellido en el valle, vivía algo.

Un caballo, contaban. Un caballo precioso, negro, que aparecía a la orilla mojado y manso, y que se dejaba montar por el que se confiaba, y que en cuanto el jinete estaba encima se metía en el agua con él y no salía.

Lo llamaban el each-uisge. El caballo de agua.

Yo había aprendido, a base de un otoño muy malo, a no reírme de lo que cuentan los viejos junto al fuego.

Había llegado a aquel valle creyendo que las maldiciones eran cuentos para asustar a los niños, y me había ido enterando, muerto tras muerto, de que algunas maldiciones tienen nombre, y cara, y a veces hasta un manojo de llaves.

Así que, cuando empezaron a hablar del caballo del lago, no me reí.

Empecé a hacer preguntas. Empecé a buscar papeles.

Empecé a subir hasta el lago grande y a quedarme mirando el agua negra, a ver si me devolvía la mirada.

Porque una cosa había aprendido en Dunmarach por encima de todas las demás: que el agua de aquel valle tiene memoria, y paciencia, y hambre, y que no se conforma con una sola orilla.

La del vado descansaba ya, por fin, con Eilidh y los míos durmiendo en paz a su lado.

Pero el lago grande seguía allí arriba, negro y quieto entre sus dos montes, guardando lo suyo, esperando —como había esperado el vado siglo y medio— a que alguien se acercara lo bastante.

Aquel otoño me até las botas, cogí la linterna —la misma de siempre; nunca aprendí a salir de casa sin ella— y empecé a subir hacia el lago grande.

Pero esa es otra historia. Y el agua, allá arriba, ya está empezando a contarla.