55. Quedarnos
Quedarnos
El invierno cayó sobre Dunmarach unas semanas después. Lo recibí de otra manera de como había recibido el otoño.
Las cosas, despacio, fueron encontrando su sitio.
Lo de los papeles seguía su curso lento por los despachos de Inveraray, y seguiría años, pero el procurador nos había dicho lo que importaba: que el fraude era tan flagrante, y la prueba tan limpia, que el final no estaba en duda.
Tarde o temprano, la ley diría en voz alta lo que el vado llevaba siglo y medio callando: que los Lennox eran los dueños legítimos de Dunmarach, y que se lo habían robado a sangre y fuego.
Calder y yo no esperamos a que la ley se pronunciara para arreglar lo nuestro a nuestra manera.
Lo que decidimos no era del todo limpio a ojos del mundo, pero era justo, y yo había aprendido a esas alturas que lo uno y lo otro no siempre caminan juntos.
La casa sería de los dos. Ni de él, ni mía, ni de un Maitland ni de una Lennox: nuestra.
Y el día que la ley me devolviera lo que era mío, yo no echaría a nadie de ella, porque la persona a la que tendría que echar era la única razón por la que valía la pena recuperarla.
Lo primero que hice, en cuanto el deshielo lo permitió, fue mandar a un cantero al cementerio.
La casa podía esperar; la losa de Eilidh, no.
Hice que volvieran a grabar en su piedra el nombre que le habían arrancado a cincelazos hacía siglo y medio.
Lennox. Con todas sus letras, hondas, para que no se las llevara ni otro siglo de lluvia.
Y debajo, los demás. Todos los que pude reconstruir, los Crozier y los Tait y los Murchie, los que el río se llevó y el doctor Sproull enterró bajo mentiras.
Mandé hacer una lápida nueva, grande, en un rincón del cementerio, con todos sus nombres y una sola línea encima: «La sangre que el agua no pudo borrar. »
Effie dejó de servir. No de un día para otro —la cría no sabía estarse quieta, y se empeñó en seguir ayudando en lo que hiciera falta hasta que aprendiera a ser otra cosa—, pero dejó de ser la doncella de la casa para empezar a ser lo que era: de la familia.
La puse a aprender las letras, que no había tenido nunca quien se las enseñara, y resultó tener una cabeza tan rápida que a las pocas semanas me corregía a mí.
La sangre que había estado fregando suelos durante tres generaciones empezó, por fin, a levantar la cabeza.
Y una noche de aquel invierno, la primera en que la casa estuvo de verdad tranquila —sin Morag rondando los pasillos, sin papeles que esconder, sin un río esperando a nadie—, Calder y yo nos quedamos hasta tarde delante de la chimenea de la biblioteca, sin hacer nada, que es un lujo que no nos habíamos podido permitir nunca.
Y allí, mirando el fuego, sin la urgencia de antes, Calder me dijo por fin lo que no me había dicho.
—La noche de la tormenta —empezó—, cuando crucé el vado, iba pensando una cosa que no te había dicho nunca, por cobarde, por no saber cómo, por miedo a decírtela y que ya no importara.
Iba pensando que, si llegaba a tiempo, si te encontraba viva, te lo iba a decir aunque se me cayera la lengua.
Y luego llegué, y casi te pierdo en el agua, y con el susto y todo lo que vino después se me volvió a quedar dentro. Así que te lo digo ahora.
Bajó la vista al fuego y se quedó un momento mirándolo arder antes de seguir.
—¿Te acuerdas de aquellas primeras noches, recién llegada, cuando te despertabas y encontrabas la lumbre prendida y nadie en la casa sabía decirte quién la había encendido?
—Una sonrisa pequeña, casi avergonzada—.
Era yo. Subía cuando ya dormías, te encendía el fuego y me iba antes de que abrieras los ojos.
Por entonces no sabía decirte ninguna otra cosa.
Así que te decía esa, a mi manera, todas las noches.
Se volvió hacia mí, y a la luz del fuego le vi la cara de un hombre que ha dejado de tener miedo.
—Te quiero, Mara. Del todo, y para siempre, que es el único modo que me sale de quererte.
Llevo queriéndote desde mucho antes de saber quién eras, y ahora que lo sé, que sé que eres la dueña de todo lo que tengo y la última de una sangre que la mía intentó borrar, te quiero más, porque te quiero a ti y a todo lo que arrastras contigo.
No te pido que me perdones lo que hizo mi familia, porque eso no se perdona.
Te pido que me dejes pasar el resto de mi vida intentando merecer que me dejaras quedarme.
Le contesté con la única verdad que tenía, que era la misma que él.
—Yo también te quiero —dije—. Y créeme que he intentado no hacerlo. Es lo menos sensato que he hecho en mi vida, enamorarme del único hombre del valle al que la justicia debería ponerme enfrente. Pero aquí estamos.
No nos prometimos nada más esa noche. No hizo falta. Los dos sabíamos ya lo que íbamos a hacer con lo que nos quedaba de vida, y por una vez no era huir de nada ni pelear contra nadie. Era, sencillamente, quedarnos.
Aquella fue, creo, la primera noche de paz de verdad que pasé en Dunmarach.
El vado bajaba tranquilo bajo la luna. La casa dormía sin miedo.
Eilidh descansaba en su tumba con su nombre puesto, y los suyos —los míos— con ella.
La rueda se había parado, y por una vez había parado del lado bueno.
Tendría que haber terminado ahí. Las historias bien contadas terminan cuando se hace la paz.
Pero Dunmarach es un valle viejo, y el agua de las montañas baja por muchos sitios, y no toda baja por el vado.
Aquel invierno, mientras yo dormía por fin tranquila en una casa por fin tranquila, en el lago de arriba, el que nadie del pueblo cruzaba de noche, algo muy viejo y muy paciente empezó, despacio, a desperezarse.