19. Senga Tait
Senga Tait
La pregunta de la noche anterior tuvo respuesta a media mañana, y me la trajo Effie con la cara descompuesta y una bandeja que le temblaba en las manos.
—Senga Tait —dijo, sin que yo le preguntara nada—. La han sacado del río esta mañana, en el vado.
Solté la pluma. Conocía el nombre. Conocía, lo que es peor, la cara.
La semana anterior, harta de que en aquella casa nadie me contara la verdad sobre la mujer del vado, había hecho lo que se hace en los pueblos cuando se quiere saber algo viejo: preguntar por la persona más vieja.
Me mandaron a Senga Tait. Vivía sola en una casucha a las afueras, entre manojos de hierbas colgados del techo y gatos, y el valle la trataba con el respeto y el recelo que se les guarda a las mujeres que saben demasiado de partos, de muertes y de lo que pasa entremedias.
Curandera, comadrona y, si hacía falta, amortajadora.
La que sabía. En los pueblos de montaña siempre hay una de esas: una mujer que ha asistido a media comarca a venir al mundo y ha lavado a la otra media para irse de él, y que por eso se sabe los secretos que no están en ningún papel.
Quién es hijo de quién aunque el padre figure otro.
Qué casa esconde una locura. De qué se muere de verdad la gente cuando el cura dice que se murió de vieja.
El médico las desprecia, pero cuando hay un parto malo a las tres de la mañana no llaman al médico. La llaman a ella.
Me recibió sin sorpresa, como quien esperaba la visita, y me contó de la lavandera más de lo que me había contado Effie, aunque menos de lo que yo quería.
Me dijo que la lavandera era muy anterior a los Maitland, que ya lavaba en aquel vado cuando los Maitland no eran nadie.
Me dijo que no era un castigo, sino un aviso, y que la gente del valle hacía mal en huir de ella, porque —y repito sus palabras— «la lavandera no viene a por ti; viene a avisarte de que ya es tarde para otro».
Y al despedirme, cuando yo tenía ya la mano en el picaporte, me dijo una última cosa que entonces no entendí y que ahora, con ella muerta, no podré preguntarle nunca.
Me miró el pelo —este pelo caoba que tengo y que no le viene a nadie de mi familia, que yo sepa— y dijo, medio para sí: «Qué cosas.
La cara siempre vuelve al mismo sitio». No quiso explicar más.
Salí de allí con aquella frase pegada como una mosca, sin sacarle jugo.
La cara siempre vuelve al mismo sitio. Pensé que eran cosas de vieja, de las que se dicen para impresionar a la forastera.
Hoy, con Senga sobre su mesa de amortajar, ya no estoy tan segura.
En ochenta años, Senga había visto pasar muchas caras por aquel valle, vivas y muertas.
Si me miró el pelo y dijo aquello, fue porque mi cara le recordaba a otra.
Y la única cara parecida a la mía que yo había visto en Dunmarach colgaba, podrida, de un lienzo del torreón, con mi mismo pelo y siglo y medio de muerta.
Bajé al pueblo en cuanto pude. No sé bien a qué; a mirar con mis propios ojos, supongo, que es lo único que sé hacer con una desgracia.
La habían sacado al amanecer unos pastores, del remanso de debajo de las piedras de pasar, el mismo sitio exacto donde yo había visto lavar a la otra.
La tenían en su propia casa, sobre la mesa en la que había amortajado a media comarca, esperando a que alguien la amortajara a ella.
Me dejaron verla. En un valle donde todos se conocen, la forastera del castillo era una curiosidad que pesaba menos que el miedo, y nadie me lo impidió.
Senga tenía el gesto tranquilo de los ahogados y el pelo blanco aún húmedo pegado a la cara.
Una mujer de ochenta años puede caerse al vado en la oscuridad y ahogarse en cuatro dedos de agua; ocurre, y no tiene por qué ser nada más.
Pero yo me había pasado la vida cotejando cosas que deberían encajar y no encajaban, y allí había algo que no encajaba, aunque no supiera ponerle el dedo encima.
Senga conocía el vado mejor que nadie. Senga le tenía respeto al agua.
Senga no bajaba al vado de noche, porque era la primera en creer en lo que lavaba allí.
¿Qué hacía una mujer así, que se sabía el camino de memoria y lo temía, en la orilla y a oscuras?
Solo se me ocurría una respuesta, y no me gustaba: que no había ido sola.
Que alguien la había llevado, o la había hecho ir, o la había esperado allí.
Pero eso no lo decía el cuerpo, y yo soy de las que solo afirman lo que pueden probar.
El cuerpo solo decía que una anciana que respetaba aquella agua había aparecido en ella de noche.
El resto lo ponía yo, y lo que ponía yo daba mucho miedo.
Nadie se lo preguntaba. El doctor Sproull ya había estado y se había ido.
Había firmado el certificado —ahogamiento accidental— sin más examen que mirarla desde la puerta, igual que había despachado lo de Crozier sin tocarlo.
Dos muertes en tres semanas, las dos en el agua o cerca, las dos resueltas por el mismo médico con la misma prisa y la misma pluma.
Y el pueblo, lejos de alarmarse, parecía aliviado. Lo oí en el velatorio improvisado, en boca de una vecina que le colocaba a Senga las manos sobre el pecho.
—Pobre Senga. Menos mal que se la llevó el agua. —Bajó la voz—. Y no algo peor.
«Algo peor.» Le di vueltas a aquello todo el camino de vuelta.
Para el valle, que el agua se llevara a Senga era un alivio, porque la otra posibilidad —la que nadie nombraba— era que la difunta hubiese ofendido a la lavandera, o a lo que fuera que rondaba aquel vado, y se la hubieran llevado por castigo.
Mejor un accidente que una maldición. Pero a mí, que no creo en castigos, «algo peor» me sonaba a otra cosa por completo distinta.
Me sonaba a la única explicación que encajaba a la vez con un médico que no examina, con un vado que la muerta temía, con dos cadáveres en tres semanas y con una rama de familia arrancada a cuchillo de unos papeles: que a alguien de carne y hueso le convenían aquellos muertos, y que el agua y la maldición le venían de maravilla para taparlos.
Esa noche no encendí la linterna por costumbre, sino por miedo, y la dejé ardiendo hasta que clareó.
Pensaba en Senga, la única persona del valle que podría haberme explicado lo que yo había visto dos veces en aquel cristal, y que ahora estaba sobre su propia mesa de amortajar, callada para siempre, justo cuando empezaba a interesarme de verdad lo que tenía que decir.
No se me escapaba el dibujo. Crozier guardaba unos papeles, y murió.
Isobel los leía, y murió. Senga sabía de la mujer del vado más que nadie, y murió.
Tres personas que tenían, cada una a su modo, una pieza de esto; tres personas bajo tierra.
Y yo, que en tres semanas había juntado las tres piezas a la vez —los papeles, las notas y la leyenda—, dormía cada noche en la última habitación del pasillo de aquella casa, con una linterna por toda compañía, tirando del mismo hilo que ya había ahogado a una mujer antes que a mí.
Y, sin embargo, no podía soltarlo. No por valentía: por lo contrario.
Porque soltarlo significaba dejar a aquella familia borrada en su borradura, dejar a Isobel con su última raya a medio bajar, dejar que el agua y la maldición siguieran tapando, una generación más, lo que tapaban desde hacía siglo y medio.
Había llegado demasiado lejos en la lectura para fingir que no había leído.
Quien empieza a descifrar algo así contrae una deuda con los nombres que va sacando a la luz.
Marcharme habría sido volver a enterrarlos yo misma, y esta vez para siempre.
Cualquier persona sensata habría hecho las maletas aquella misma noche.
Yo saqué papel y me puse a escribir, de memoria y a oscuras, todo lo que sabía, por si a la mañana siguiente la sensata que no había sido amanecía flotando en cuatro dedos de agua y alguien, algún día, necesitaba leer aquello de lo que la lavandera no había llegado a avisarme a tiempo.