12. El espejo
El espejo
Calder
No duermo. Llevo dos años durmiendo mal, pero esta noche es otra cosa. Esta noche es la cara.
La he encontrado en el torreón, donde no se le había perdido nada, de pie delante del retrato.
Del retrato que yo creía a salvo: la mujer joven con el libro en el regazo, el que llevo dos años mirando a solas porque es lo poco que queda de lo que esta casa hizo.
Y la he visto a ella debajo, con el candil en alto, mirándolo.
Las dos caras juntas. La pintada y la viva. La misma.
No es un parecido. El parecido lo noté el primer día, en el zaguán, con el agua del viaje todavía en su abrigo, y me dije lo que se dice uno para seguir respirando: casualidad, hay caras que vuelven, el mundo es viejo.
Me lo dije cuatro días. Esta tarde se me cayó de las manos.
Una cara vuelve. Dos no. El mismo pelo imposible, la misma frente, el mismo modo de ladear la cabeza cuando algo no le encaja.
No es que se le parezca. Es que es ella otra vez, siglo y medio después, de pie en mi torreón con un candil y sin tener ni idea de quién es.
Porque no lo sabe. Es lo único que tengo claro de todo este desastre.
Lo he visto en cómo miraba el cuadro: con curiosidad, con esa cabeza suya que lo ordena todo, pero sin reconocerse.
Una mujer que se reconoce no pone esa cara.
La suya era la del que encuentra un papel extraño, no la del que se encuentra a sí mismo en una pared.
No sabe lo que es. No sabe lo que lleva en la sangre, ni lo que esa sangre paga en este valle.
La mandó el bufete a ordenar legajos. Solo eso.
Y eso, que debería tranquilizarme, es lo que me hiela.
Porque si no sabe nada, no se va a guardar de nada.
Va a seguir tirando del hilo, derecha, sin miedo, hasta donde ese hilo lleva siempre.
Yo sé adónde lleva. Llevo dos años sin dormir por saberlo, contando en silencio los muertos que el valle llama mala suerte.
Sé lo que le pasa en esta casa a la gente con esa cara.
Lo sé mejor que nadie, porque a la última la enterré yo.
Isobel también empezó a ver lo que no debía.
A Isobel me la sacaron del vado un amanecer de invierno, y el pueblo entero cree que la ahogué, y yo los dejo creerlo, porque la verdad es peor y porque no pude probar nada.
Ni probarlo, ni salvarla. Y ahora hay otra en mi casa, con la cara de los muertos, mirando hacia el mismo sitio.
Me ha preguntado quién era la mujer del cuadro.
Y le he mentido. Le he soltado lo primero que se me ha ocurrido —una prima, una rama que se apagó— y me he odiado al decirlo, porque se ha dado cuenta de que mentía, que esa mujer se da cuenta de todo, y porque mentirle es lo único que se me ocurre para guardarla. Vaya manera de guardar a nadie.
Lo cuerdo sería echarla mañana. Pagar al bufete, inventar una excusa, mandarla de vuelta antes de que el hilo la baje al agua.
Y no voy a hacerlo. Me digo que es porque, si la echo, no sabré nunca quién es ni a qué ha venido.
Me lo digo. No es solo eso, y lo sé, pero esta noche me basta con esa mentira; para mentiras ya voy sobrado.
La voy a tener cerca. La voy a vigilar. Y, por encima de todo, la voy a mantener lejos del agua, cueste lo que cueste. A esta no me la saca el vado.
Hay un espejo viejo en el rellano, manchado, que ya no devuelve casi nada.
Paso por delante al volver a mi cuarto y me veo un segundo a la luz del candil: un hombre que vive en una casa que no es suya, que duerme encima de una mentira de siglo y medio y que le miente en la cara a la única persona a la que no querría mentirle.
Sigo de largo. Nunca me ha gustado ese espejo. Esta noche, menos.