11. El torreón
El torreón
A la mañana siguiente —el día se había levantado gris y con viento, de esos que en el páramo no traen lluvia pero la prometen toda la jornada— subí al torreón.
Iba a fechar escrituras, o eso me dije. Varios de los títulos de los Maitland hablaban de un «asiento antiguo» en lo alto del páramo, una fortaleza que ya era vieja cuando ellos llegaron, y yo necesitaba ver la piedra con mis ojos para saber qué había de cierto en lo que decía el papel.
Pero, si he de ser sincera, no subí solo por las escrituras.
Subí por la rama. Aquella familia borrada del árbol había vivido en algún sitio antes de que alguien decidiera que no había vivido nunca, y yo quería ver dónde.
El torreón se alzaba —es un decir— en lo más alto, a media hora de cuesta entre helechos secos y cornejas que levantaban el vuelo a mi paso.
De lejos era una muela de piedra contra el cielo bajo; de cerca, una ruina honrada: media torre en pie y el resto desplomado en un revoltijo de sillares y cascote que la maleza llevaba siglos tragando.
Se notaba en la propia piedra que aquello era mucho más viejo que la casa de abajo.
Los Maitland no habían construido Dunmarach.
Lo habían heredado de alguien, o se lo habían quitado a alguien, y a ese alguien lo precedía esta torre.
Entré por donde había sido una puerta. Dentro no quedaba techo, solo el cielo encajado entre los muros y, en un rincón resguardado bajo lo poco que aguantaba de bóveda, el rastro de que aquello no estaba tan abandonado como parecía: piedras removidas, un hueco abierto entre dos sillares, donde alguien había buscado algo, o lo había escondido.
Lo dejé estar. No había venido a eso. Pero lo archivé, como archivo todo.
Alguien seguía subiendo a aquella ruina que el pueblo evitaba y la casa ignoraba.
Alguien removía piedras, buscaba huecos, escondía o desenterraba.
Y se me ocurrió, mientras pasaba de largo, que una torre tan vieja, anterior a los Maitland, era justo la clase de sitio donde podían haber vivido los que vivieron antes que ellos.
La gente borrada del árbol tenía que haber tenido un techo. A lo mejor lo estaba pisando.
Fue al apartar una tabla podrida, buscando una inscripción que fechara los muros, cuando di con el retrato.
Estaba apoyado contra el muro, medio enterrado en cascote, arrumbado allí para que se pudriera con todo lo demás.
El lienzo lo había comido la humedad. El moho se lo había llevado casi entero, y se había cebado sobre todo en la cara: donde debía estar el rostro de la dama no quedaba más que una mancha negra y abombada, la pintura levantada en costras, las facciones devoradas.
No había cara que mirar. Me agaché a mirarlo de cerca, con el cuidado con que se toca lo que se deshace.
Era el retrato de una mujer joven, de cuerpo entero, vestida a la antigua, de las que se encargaban cuando una familia quería dejar constancia de los suyos.
Alguien la había querido lo bastante para pagar a un pintor.
Y alguien, después, la había arrumbado en una torre en ruinas, de cara a la pared, a que el agua y el moho terminaran el trabajo de borrarla que la cuchilla había empezado en el árbol.
Pero el moho, no sé por qué, había respetado el pelo. Y el pelo me paró en seco.
Era largo, espeso, de un castaño rojizo muy concreto: ni rubio ni del rojo encendido de tantas escocesas, sino ese caoba oscuro con lumbre dentro que solo se ve a contraluz.
El mío. No parecido al mío. El mío. Me llevé la mano a la trenza sin darme cuenta, como quien comprueba que sigue en su sitio, y comparé.
El mismo color imposible, la misma caída.
La dama del cuadro, fuese quien fuese, había tenido mi pelo.
Me dije lo razonable. Que el caoba existe, que no soy la única mujer del mundo con este pelo, que en un país de pelirrojas no tiene nada de raro toparse con uno parecido al mío, que llevaba demasiados días viendo señales donde solo había casualidades.
Me lo dije, y no me lo creí del todo, pero me agarré a ello, porque la otra cosa —que en las ruinas de una familia borrada hubiera un retrato con mi pelo— no tenía ni pies ni cabeza, y yo no trabajo con lo que no tiene ni pies ni cabeza.
Una mujer con mi pelo había vivido y muerto en aquella casa mucho antes de que yo naciera.
No significaba nada. Tenía que no significar nada.
No lo oí llegar, igual que no había oído a Morag la noche anterior. La voz me llegó desde la puerta, a mi espalda, y no era la voz cortante del despacho. Era otra.
—Aquí no debería estar.
Me volví. Calder ocupaba el vano de lo que había sido la puerta, sin sombrero, con el pelo revuelto por el viento de la cuesta que acababa de subir detrás de mí. No me miraba a mí. Miraba lo que yo tenía al lado.
Y le vi pasar por la cara. Primero, el enfado de encontrarme donde no me quería: en aquella torre que, lo comprendí de golpe, era suya de un modo que la casa de abajo no lo era.
Después, cuando sus ojos fueron del retrato a mí, de la mancha negra donde había estado una cara a la cara viva que yo llevaba puesta, el enfado se le cayó de cuajo.
Se quedó blanco. Blanco como no se lo había visto ponerse a nadie, blanco de dentro afuera, agarrado al quicio, buscando un suelo que se le movía bajo los pies.
Me miraba a mí, pero no me veía a mí. Veía a otra.
Lo supe con la misma certeza con que sé cuándo una firma es de mano distinta: aquel hombre estaba viendo, en mi cara, a alguien que no era yo, y ese alguien lo aterraba.
Y no era solo miedo. Lo de su cara era más complicado que el miedo.
Había espanto, sí, pero también algo parecido al reconocimiento, y algo parecido a la pena, como el que se topa de pronto, en la cara de un desconocido, con el gesto exacto de un muerto querido.
Aquel hombre, al mirarme, no me estaba conociendo.
Me estaba reconociendo. Y lo que reconocía me lo guardaba.
—¿Quién es? —pregunté. Señalé el retrato, aunque la pregunta valía para las dos: para la del cuadro y para la que él estaba viendo en mí—. ¿Quién era esta mujer?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, le había vuelto algo de color a la cara, pero la voz le salió con el cuidado de quien pisa sobre hielo.
—Nadie. Una pariente lejana. Muerta hace mucho. —Cada palabra, medida—. Aquí arriba no hay nada que fechar, señorita. Baje conmigo antes de que se ponga a llover.
Mentía. No con las palabras —las palabras a lo mejor eran ciertas: una pariente, muerta hace mucho—, sino con todo lo demás: con la cara que se le había quedado, con el cuidado de no soltar una sílaba de sobra. Lo que se cuenta sin nada que ocultar no se cuenta midiendo cada sílaba.
No me dejó quedarme. Esperó, sin moverse del vano, a que recogiera mis cosas, y bajó conmigo la cuesta sin una palabra más, siempre un paso entre el cuadro y yo, como quien aparta a alguien de un sitio peligroso.
Aquella noche no abrí los papeles. Me senté junto al fuego —el fuego que seguía encendiéndose solo cada noche, y del que ya casi se me había olvidado extrañarme— a darle vueltas a lo que mi oficio no sabía tocar.
Una cara que no podía fechar: la mía, pintada en un lienzo de hacía siglo y medio, en las ruinas de una familia que alguien se había empeñado en borrar.
Y un hombre que se había puesto blanco al verme a su lado y que, cuando le pregunté quién era yo —porque eso, y no otra cosa, era lo que en el fondo le había preguntado—, me había mentido con el cuidado del que esconde algo mucho más grande que una pariente muerta.
Yo había subido al torreón a fechar piedras. Bajé sabiendo menos que cuando subí, y con una sensación nueva y muy desagradable: la de que en aquella casa todos sabían de mí algo que yo no sabía.