2. La casa demasiado grande
La casa demasiado grande
La verja cedió con un chirrido largo que debió de oírse en medio valle, y subí hacia la casa arrastrando el baúl, parándome cada pocos pasos a tomar aliento.
Nadie bajó a ayudarme. El sendero era de grava suelta y trepaba más de lo que prometía desde el camino; cuando alcancé la puerta llevaba las manos entumecidas y el bajo de la falda tieso de barro.
No había campanilla. En su lugar, un aldabón de bronce con forma de mano cerrada, ennegrecido por los años, soltó su golpe contra la madera con un eco hueco, el que devuelve una iglesia vacía. Esperé. Conté hasta cuarenta. Volví a llamar, y solo a la tercera oí pasos al otro lado.
Me abrió una mujer entrada en años, alta y enjuta, con una palmatoria en una mano y un manojo de llaves a la cintura.
La luz le subía la cara desde abajo y no le ablandaba ni un rasgo.
Me miró de arriba abajo sin prisa, como se mira un envío que llega tarde.
Tendría sus buenos sesenta años y los llevaba como una armadura, sin una sola concesión a la simpatía: de esas mujeres que han mandado en una casa tanto tiempo que han dejado de distinguir entre la casa y ellas mismas.
—¿La señorita Solís? —No esperó respuesta; cotejaba un nombre, no preguntaba—. La aguardábamos antes del anochecer.
—El camino estaba peor de lo que me advirtieron.
—Siempre lo está. —Se hizo a un lado lo justo—. Soy la señora Faulds. Llevo la casa. Pase, antes de que entre el relente.
Entré en un vestíbulo en el que la vela que ella me tendió, sin una palabra, no llegaba al techo.
Olía a turba quemada, a cera y, por debajo de todo, a piedra húmeda: ese olor de las casas que tienen más cuartos que fuegos para calentarlos.
A un lado arrancaba una escalera ancha que se perdía en lo oscuro antes del primer rellano.
De las paredes colgaban retratos que no alcancé a ver, solo a adivinar por el brillo apagado de los marcos.
La mitad de las puertas que daban al vestíbulo estaban cerradas, y por la rendija de una de ellas se distinguían los muebles cubiertos de fundas, blancos y quietos como animales dormidos.
Era una casa construida para recibir a mucha gente y que llevaba años sin recibir a nadie.
Se notaba en el frío de las baldosas, en el eco de mis propios pasos, en esa manera que tienen las casas demasiado grandes de hacerle sentir a una, nada más cruzar el umbral, que sobra.
Una casa pensada para una familia, habitada por lo que quedaba de ella.
—El señor no baja a estas horas —dijo la señora Faulds, adelantándose con la luz—. Lo verá usted mañana, si es que la recibe. Aquí quedamos pocos: yo, un par de muchachas y el viejo Iain en las cuadras.
Mientras la seguía, me oí decir, más por probar al cochero que por otra cosa:
—Al cruzar el vado he visto a una mujer lavando en la orilla. El que me trajo me ha jurado que allí no lava nadie.
No se volvió. Pero el manojo de llaves, que tintineaba a cada paso, calló un instante, ahogado en el puño que lo sujetaba.
—El cochero ha hecho bien en no pararse —dijo—. Los de aquí no bajan al vado después de oscurecer, y les sobra razón. Usted tampoco lo haga.
—¿Por la corriente?
—Por lo que sea. —Reanudó el paso, y las llaves con él—. En esta casa hay cuanto pueda necesitar. No le hará falta el río ni de día ni de noche.
No me dijo que no hubiera mujer. Me dijo que no la buscara. Reparé en que no era lo mismo, y en que ella lo sabía tan bien como yo.
Me llevó hasta el pie de la escalera y allí se detuvo.
—Mañana le enseñaré dónde están los papeles —añadió, y se le endureció la voz—. Aunque le diré lo que pienso, ya que voy a tenerla bajo este techo: los asuntos de una familia no son cosa de forasteros. Si de mí dependiera, esos legajos seguirían criando polvo donde están.
—No dependen de usted —dije, con suavidad—. Por eso me han llamado a mí.
Me sostuvo la mirada un segundo de más. Después llamó, sin apenas alzar la voz:
—¡Effie!
Bajó una muchacha de no más de dieciséis años, delgada, con el pelo escapándosele de la cofia y los ojos demasiado despiertos para la hora. Cargó con mi baúl antes de que pudiera impedírselo y echó a subir delante de mí, alumbrando los peldaños con su propia palmatoria.
El piso de arriba era un pasillo largo y frío, con puertas a ambos lados, casi todas a oscuras. Solo una, al fondo, dejaba escapar por debajo una línea de luz tibia, la única que ardía en aquella ala además de la nuestra.
—El señor —murmuró Effie sin detenerse, y bajó la voz aún más, como quien teme despertar a alguien.
No pregunté.
Mi cuarto estaba al otro extremo del pasillo. Effie dejó el baúl, prendió una vela del aparador y se quedó un momento mirando la chimenea apagada con algo parecido a la culpa.
—No me ha dado tiempo a encenderle el fuego, señorita. En cuanto baje le subo un brasero y agua caliente.
—No te preocupes por mí.
Hizo una reverencia torpe y se marchó, y oí sus pasos perderse pasillo abajo.
El cuarto estaba destemplado y la chimenea, preparada y seca, seguía muerta.
Me acerqué a la ventana más por costumbre que por curiosidad.
Abajo, donde al llegar había visto la ropa tendida sobre los tojos, ya no había nada: solo el negro del valle y, en alguna parte de él, el río, que no se veía pero se oía.
Tiré del cordón de la campanilla. Lo oí sonar muy lejos, en las tripas de la casa, y nadie acudió.
Esperé un rato razonable, y luego otro que no lo era.
El frío se me colaba por las botas mojadas.
Al final me senté en el sillón junto a la chimenea apagada, me eché la capa de viaje por encima y, sin proponérmelo, vencida por seis horas de camino, me dormí.
Me despertó el calor.
No sé cuánto había dormido; la vela del aparador se había consumido más de un dedo. En la chimenea ardía un buen fuego asentado, ni recién prendido ni a punto de morir: un fuego al que alguien había atendido con tiento mientras yo dormía a un paso de él.
No había oído abrirse la puerta. No había oído pasos. Y la turba no prende sola.
Salí al pasillo. Estaba vacío y a oscuras; al fondo, la línea de luz bajo la puerta del señor se había apagado también. Volví a tirar de la campanilla, y esta vez, al cabo, apareció Effie con un chal sobre el camisón y la palmatoria temblándole en la mano.
—¿Quién ha entrado a encenderme el fuego? —pregunté.
Miró por encima de mi hombro la chimenea encendida, y se le fue el color de la cara.
—Nadie, señorita —dijo, y la llama de su vela tembló con ella—. Le juro que nadie. Yo no he subido, y abajo está todo el mundo acostado. No mandé a nadie.
—Alguien ha tenido que subir.
—Aquí no, señorita. —Se apretó el chal contra el pecho—. Aquí, de noche, no sube nadie a este pasillo.
Y se quedó en el umbral, sin atreverse a pasar, mirando el fuego como se mira algo que no debería estar ardiendo.
La mandé a la cama. Cuando volví a quedarme sola, me senté de nuevo junto a la lumbre que nadie quería haber prendido y dejé que el calor me entrara en las manos.
En mi oficio había aprendido a desconfiar de lo que se esconde: un nombre raspado, una fecha corregida, una página que falta.
Lo que se oculta sé leerlo. Para lo que se regala no tengo método.
Un fuego encendido a escondidas no era una amenaza, y eso me desconcertaba más que si lo hubiera sido.
A una amenaza se le busca el motivo y se le encuentra.
¿Qué motivo tiene quien entra de noche, sin hacer ruido, solo para que una desconocida no pase frío, y se marcha antes de que pueda darle las gracias?
Aquella primera noche en Dunmarach no me desvelaron las sombras de la casa, ni la mujer del vado, ni el frío. Me desveló el fuego: aquel calor a la espalda, puesto por una mano que no alcanzaba a ver.