La hechicera viste de plaga 28. La víspera
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28. La víspera

La víspera

Los cuatro días antes del desfile, el taller de Carabanchel se convirtió en lo contrario de todo lo que yo había hecho durante meses.

Donde antes hubo una mujer cosiendo sola, a escondidas, de noche, una intención egoísta tras otra, ahora había doce mujeres cosiendo juntas, a la luz, a la vista de todo el barrio, una sola intención compartida.

Reme cumplió su palabra: trajo a media docena de costureras de Carabanchel, mujeres de manos viejas y buenas que llevaban toda la vida cosiendo para otros sin que nadie supiera sus nombres, y que aceptaron ayudar en cuanto Reme les explicó, a su manera, que se trataba de «bajarle los humos a una casa de pijos y salvar a una compañera».

Mi madre cortaba. Mi abuela dirigía. Yo enseñaba la puntada.

Y entre todas empezamos a coser las prendas que iban a matar la plaga.

Porque ya sabía cómo se cosían. Eran prendas sencillas, casi pobres al lado de lo de Casa Vela, sin pedrería ni estructura imposible.

Lo difícil no era la tela. Era la intención.

En cada una cosíamos, todas a una, la misma: «esta prenda no esconde nada».

No «que la vean», no «que parezca», no «que disimule».

Nada de esconder. Una prenda hecha para una persona que ya no tuviera secretos, una prenda que, puesta junto a una plaga que se comía lo oculto, no le diera nada que comer.

Y descubrí, cosiendo, una cosa preciosa: que esa intención solo salía bien cosida entre varias.

Una sola mano podía coser un secreto. Pero «no esconder nada» era una intención tan grande, tan por encima de una persona, que necesitaba muchas manos creyéndosela a la vez para que prendiera.

La cura era colaborativa por naturaleza.

No se podía hacer sola ni queriendo. El don, usado bien, era de todas o no era.

Mi abuela cosía con una concentración que no le había visto nunca. Y la segunda tarde, mientras rematábamos un cuello entre las dos, me dijo, sin levantar la vista:

—Hace treinta años cosí sola, a oscuras, para hundir.

Hoy coso acompañada, a la luz, para salvar.

—Pasó la aguja—. No sabía que me iba a morir habiendo cerrado este círculo, Candela.

Creía que me lo llevaría sin cerrar. —Me miró, y tenía los ojos brillantes pero firmes—.

Sea lo que sea lo que pase pasado mañana, gane quien gane, esto ya me lo llevo.

Que mis manos, antes de pararse, cosieran una vez para lo contrario de lo que cosieron entonces.

Por Sole. Gracias por traerme esto, niña. Tarde, pero me lo has traído.

No lloré porque tenía una aguja en la mano, pero por dentro sí.

A Yaiza fui a verla la tercera tarde. No con un sobre, esta vez. Con la verdad.

La encontré en su piso compartido de Tetuán, más delgada, con cara de no haber dormido bien en semanas, y me abrió la puerta con la desconfianza de quien ya sabe que de mí no salía nada bueno. Y yo, de pie en el descansillo, le dije lo que tenía que haberle dicho desde el principio:

—Yaiza, lo de las muestras lo provoqué yo.

No tú. Nunca tú. Lo que pasa con la ropa de Casa Vela sale de algo que cosí yo, y yo lo sabía desde el primer día, y dejé que cargaras tú para salvar mi puesto.

Soy la responsable de que estés en la calle.

No vengo a darte dinero. Vengo a decirte que pasado mañana, en el desfile, delante de todo el mundo, voy a contar la verdad entera.

Con tu nombre limpio y el mío sucio. Te van a readmitir, o te van a pedir perdón, o como mínimo todo el mundo va a saber que tú no hiciste nada.

No te lo cuento para que me perdones. No tienes por qué.

Te lo cuento porque tienes derecho a saberlo antes que nadie.

Yaiza me miró un rato largo, en el descansillo, con el vape apagado en la mano. Y luego, despacio, hizo algo que no esperaba: se apartó de la puerta para dejarme pasar.

—No te perdono todavía —dijo, mientras ponía la cafetera—.

A lo mejor nunca del todo. Pero hace falta un par de ovarios para venir a decirle esto a la cara a la persona a la que dejaste tirada.

Más que para mandarme un sobre. —Me puso un café delante, como había hecho Lola, como hace la gente decente incluso con quien no se lo merece—.

Cuéntame el plan. Si vas a desnudar a esos hijos de fruta delante de las cámaras, no pienso perdérmelo.

Y conozco el showroom y la pasarela mejor que nadie de esa casa.

Vas a necesitar a alguien dentro que sepa por dónde se mueven las prendas.

—Media sonrisa, la primera—. Considéralo el principio de pagar lo que me debes.

Salí de Tetuán con una compañera dentro de la casa y con una deuda que empezaba, despacio, a pagarse.

A Bruno lo vi una sola vez en esos cuatro días, y fue tan frío y tan corto que dolió más que la ruptura.

Apareció en el taller la víspera del desfile, sin avisar, con una carpeta. No me miró a los ojos más que lo justo.

—He reunido las pruebas que limpian a Yaiza —dijo, dejando la carpeta sobre la mesa de corte, entre las prendas a medio coser—.

Documentación de que las incidencias no tienen nada que ver con el almacenamiento.

Es sólido. Servirá pase lo que pase mañana.

—Una pausa profesional, seca—. He pensado que, ya que vas a contarlo todo, te vendrá mejor que esto lo respalde alguien técnico, alguien creíble, que no seas tú.

La verdad, dicha solo por la culpable, suena a excusa.

Dicha con pruebas de un perito independiente, suena a verdad.

—Por fin me miró, un segundo—. Estaré en el desfile.

Con esto. No por ti. Por Yaiza, y porque la verdad merece salir bien dicha. No te confundas.

—No me confundo —dije, en voz baja—. Gracias, Bruno.

—No me des las gracias. —Recogió. Y antes de irse, se quedó un momento mirando las prendas que cosíamos entre todas, las pobres, las de «no esconder nada», y algo en su cara de relojero, muy al fondo, registró lo que eran.

Lo entendió. No dijo nada. Pero lo entendió—.

Es buen trabajo —dijo, casi a su pesar, mirando las prendas y no a mí—.

Honesto. Por fin. —Y se fue, dejándome una carpeta que valía oro, una frialdad que valía hielo, y la certeza de que el hombre al que había perdido iba a estar mañana en la sala, ayudándome a hacer lo correcto, sin perdonarme, que es la forma más limpia y más dura de seguir siendo decente con alguien que te ha fallado.

Con Lola cerramos el plan por teléfono esa noche.

Ella iba a abrir el desfile como estaba previsto, de embajadora, con la pasarela y las cámaras a su disposición.

Solo que, en vez de lucir la colección de Bibiana, iba a hacer otra cosa.

Tenía contrato para el primer pase y para dar unas palabras.

Y Lola Bravo, que ya estaba «del otro lado», pensaba usar ese minuto de micrófono y cuatro millones de espectadores exactamente para lo que me había prometido: hacer ruido. Del bueno.

El plan, al final, era sencillo de decir y temerario de hacer.

En el desfile, en directo, en el rito de imágenes más grande del año, en la pasarela de Bibiana y con sus cámaras, íbamos a des-esconderlo todo.

Lola daría el micrófono. Yo contaría la verdad.

Las pruebas de Bruno limpiarían a Yaiza.

Y las modelos saldrían, no con la colección que escondía la podredumbre, sino con nuestras prendas, las de «no esconder nada», cosidas entre todas, que al salir a la luz, a la vista de millones, en el sitio donde la plaga se hacía más fuerte, la dejarían sin nada que comer y, si todo salía bien, la matarían delante del mundo.

Si Bibiana no nos lo impedía antes. Que para eso tenía cuatro días igual que nosotras, y todo el poder de la casa.

La noche antes del desfile no dormí. Me senté en el taller, sola, con todas las prendas terminadas colgadas en fila, las pobres prendas honradas que iban a entrar en guerra contra un imperio.

Mi familia se había ido a dormir. El barrio había vuelto a sus casas.

Y yo me quedé mirando aquellas prendas sencillas, sin pedrería, llenas hasta arriba de una intención que solo cabe en muchas manos, y por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido a la paz.

No a la seguridad. Sabía que podía salir fatal.

Que Bibiana podía aplastarme. Que podía perderlo todo y encima no curar nada.

Pero, por una vez, lo que iba a hacer al día siguiente era exactamente lo que mi bisabuela, mi abuela y mi madre habrían hecho si no hubieran tenido miedo. Iba a coser, con todas, para la verdad. A la luz.

En el bolso, colgado de una percha al lado de las prendas, la Bisa de mi bisabuela descansaba caliente y quieta, y por una vez no medía un peligro ni un daño. Por una vez, creo, medía algo que se parecía al orgullo.

Mañana, el desfile. Mañana, la guerra. Mañana, por fin, la verdad.