La hechicera viste de plaga 27. La diabla
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27. La diabla

La diabla

Subí al cuarto piso al día siguiente, entré en el despacho sin frase en la pared, y le dije a Bibiana Vela que no.

Estaba en su sillón, con el dedal de plata girando entre los dedos, como si me esperara, que probablemente me esperaba, porque Bibiana se enteraba de todo antes que nadie. Me miró entrar, me señaló la silla con una sonrisa de bienvenida, y yo no me senté.

—No quiero el atelier —dije—. Ni la sucesión.

Ni mi nombre en ninguna puerta de esta casa.

He venido a decírtelo a la cara, porque te lo debo, y a decirte otra cosa también.

En el desfile voy a contar la verdad. Toda.

Que la plaga la empecé yo, que esta casa está podrida, que a Yaiza la hundisteis por una culpa mía.

Y voy a curar la plaga delante de todo el mundo, dejando de esconder, que es la única manera. No te pido permiso. Te aviso.

Bibiana no se inmutó. Dejó de girar el dedal, lo posó en la mesa con un golpecito seco, y me dedicó la sonrisa más cálida que le había visto nunca, que en ella era la señal de que iba a hacer daño.

—Siéntate, Candela —dijo, suave—. Has tenido una semana horrible.

Un disgusto con un hombre, una compañera en la calle, mucha culpa encima.

Lo entiendo. La culpa nos vuelve dramáticas a todas.

Pero no se tira una vida por una mala semana, cariño.

Déjame que te enseñe lo que de verdad te estoy ofreciendo, porque no lo has entendido.

Y sacó la primera arma. La de siempre. La que mejor le funcionaba conmigo.

—No es solo el atelier —dijo, inclinándose, con la voz de terciopelo—.

Es todo. La sucesión, ya, ahora, no dentro de años.

Sociedad. Tu nombre, no en una puertecita, en la fachada.

Casa Vela by Candela Acebo. El mundo entero sabiendo quién eres.

Tú, la de Carabanchel, la de los bajos, convertida en una de las grandes de Europa.

—Me miró a los ojos, derecha a la herida—.

Llevas toda tu vida queriendo una sola cosa, Candela.

Que te vean. Lo cosiste en una chaqueta una noche, ¿verdad?

Que te vieran. Pues yo te lo doy. El mundo entero.

Solo tienes que callarte una verdad incómoda, como nos callamos todas, y a cambio te doy exactamente lo que más has deseado desde niña.

Nadie te ha ofrecido nunca eso. Nadie te lo volverá a ofrecer.

Y me dolió. No voy a mentir. Dio en el centro exacto de la herida más vieja que tengo, la de la persiana bajada, la de «que la vieran». Por un segundo, medio segundo, la lucecita estúpida y hambrienta se encendió otra vez.

Pero solo medio segundo.

—No —dije—. Esa Candela ya la conozco, Bibiana. La he sido durante meses. Y no me gusta lo que vi en la ventana del metro.

La sonrisa cálida se enfrió un grado. Bibiana cambió de arma sin transición, con la facilidad de quien tiene un arsenal entero.

—Muy bien —dijo, y la voz seguía sin subir, lo cual era peor—.

La buena no la has querido. Vamos con la otra.

¿Tú sabes lo que es contar esa verdad, Candela?

Lo sabes de verdad? El origen de la plaga eres tú.

Tú. Tu chaqueta. Tu apellido cosido en verde.

Si esto sale, sale así: la costurerilla resentida de Carabanchel que se infiltró en una casa centenaria, saboteó la colección, montó una plaga y dejó que pagara una inocente.

Esa es la historia que van a contar mis abogados, y tengo muchos, y muy buenos.

No serás la heroína que destapa la verdad.

Serás la villana que lo provocó todo. —Hizo una pausa, midiéndome—.

Y no caerás sola. Cerraré el taller de tu familia en una semana, tengo manera.

Me aseguraré de que tu querida Yaiza no vuelva a coser en esta ciudad, y de que su ruina lleve tu nombre encima, no el mío.

Tú, que has venido a salvarla, la hundirás del todo.

Piénsalo bien. Tu abuela, tu madre, tu amiga, tu futuro.

Todo, por una verdad que nadie te va a agradecer.

Esa arma daba en otra herida, una más nueva, la de la gente a la que ya había hecho daño. Mi familia. Yaiza. Apreté los dientes, porque tenía razón en que podía hacerlo, en que tenía el poder de hundirnos a todos.

—Lo he pensado —dije—. He pasado dos días contando exactamente lo que voy a perder, eslabón por eslabón. Y voy a hacerlo igual. Porque si callo para protegerlos, los protejo igual que protegiste tú a la tuya hace treinta años. Y mira cómo acabó.

Y ahí, al nombrarle los treinta años, algo se movió por fin detrás de los ojos de Bibiana Vela.

Dejó de jugar. Se levantó, fue hasta la ventana de la vista cara, me dio la espalda un momento, y cuando se giró, la mujer que me miraba ya no era del todo la diabla.

Era algo más antiguo y más triste. Sacó la última arma, la peor, la íntima.

—¿Tú te crees mejor que yo? —dijo, y por primera vez había algo desnudo en su voz—.

No lo eres. Yo fui tú, Candela. Exactamente tú.

Hace treinta años yo era una chica con tus manos y tu hambre, y una mujer poderosa me dijo «te veo, ven conmigo», igual que te lo dije yo a ti.

Y yo fui. Y cosí. Y lo torcí, igual que tú.

Y cuando llegó el momento de pagar, aprendí la única lección que enseña este mundo: que a las que hacemos la magia nos la quitan, y el aplauso se lo llevan las que la venden.

Que la única manera de sobrevivir es ser la que vende, no la que cose.

Ser la que tiene el cuchillo. —Le tembló la voz, una sola vez, como a Bruno—.

Y lo cogí. Dejé que se quemara alguien para salvarme.

Igual que tú dejaste que se quemara Yaiza, el mes pasado, con los ojos abiertos.

No me mires con esa cara de asco, cariño.

Tú ya lo has hecho. Eres yo. Solo que más joven.

Y harás lo que hice yo, porque no hay otra salida, porque el mundo no cambia.

¿Sabes por qué lo sé? Porque yo, en su momento, intenté hacer justo lo que tú vas a intentar.

Decir la verdad. Y me costó todo, todo lo que más quería, y no salvó a nadie.

Por eso soy así. No nací diabla, Candela. Me hicieron.

Y por un momento entendí a Bibiana Vela entera, y casi —casi— me dio pena.

Era una mujer que treinta años atrás había sido yo, que había intentado lo que yo iba a intentar, que había perdido, y que se había pasado el resto de su vida construyendo una coraza de poder para que el mundo no volviera a hacerle lo que le hizo.

Su crueldad tenía una herida debajo, igual que la mía, igual que la de mi abuela.

Éramos, las tres, la misma mujer en tres tiempos distintos.

Pero esa era justo la trampa. Y por una vez no caí.

—Puede que tengas razón —dije, despacio, con la voz entera—.

Puede que sea como tú. Dejé arder a Yaiza.

Eso me lo llevo puesto el resto de mi vida, igual que tú llevas lo tuyo.

No soy mejor que tú, Bibiana. En eso aciertas.

—Di un paso hacia ella—. Pero te equivocas en una cosa.

Dices que no hay otra salida. Sí la hay.

Es la que tú no tomaste hace treinta años, la que mi abuela tampoco tomó, la que yo no he tomado hasta hoy.

La que cuesta todo. Decir la verdad y aguantar lo que venga.

Tú cogiste el cuchillo. Yo lo voy a soltar.

Aunque me cueste el mundo que me ofreces.

Sobre todo porque me cuesta el mundo que me ofreces.

—La miré a los ojos—. Esa es la diferencia entre tú y yo.

No que yo sea buena. Que yo, hoy, estoy eligiendo dejar de ser tú.

Tú tuviste esa misma elección. Y elegiste el cuchillo. Yo elijo lo otro.

Bibiana me sostuvo la mirada un largo rato. Y entonces se le acabó la pena, se le acabó la herida, y volvió, entera, la diabla. La de verdad. La que no se rinde.

—Qué pena —dijo, fría como nunca—. Tenías un talento como no he visto en treinta años.

Y lo vas a tirar por una rabieta de conciencia.

—Volvió a su sillón, recogió el dedal—. Pero te lo agradezco, en el fondo.

Me ahorras el problema de fingir que me importas.

—Cruzó las manos—. Adelante, entonces. Quieres hacerlo en mi desfile.

En mi pasarela. Con mis luces, mi orden de salida, mis cámaras, mis abogados y mi prensa.

Pues ven. Te espero. ¿Y sabes con qué vas a venir tú, cariño?

Con un barrio lleno de costureras y una cantante acabada.

—Sonrió, terrible—. La verdad es lo más débil que hay en este edificio, Candela.

Llevo treinta años convirtiendo verdades incómodas en notas a pie de página.

La tuya será una más. Ven a mi desfile. Yo estaré preparada.

Y te aseguro que sé apagar un incendio mejor que tú.

Salí del despacho sin frase en la pared sabiendo exactamente a lo que iba: a una guerra, en su terreno, con sus armas, en clara inferioridad.

Ella tenía el poder, el dinero, los abogados, la pasarela y treinta años de oficio en hacer desaparecer a las mujeres incómodas.

Yo tenía la verdad, las manos de mi familia, el ruido de Lola y una plaga que, si me equivocaba en un solo punto, se me volvería en contra delante de millones.

En el bolso, la Bisa estaba caliente y quieta. No tenía miedo. Y, por una vez, yo tampoco. Que es distinto de no saber que vas a perder. Yo sabía perfectamente que podía perder. Solo que, por primera vez en toda esta historia, había algo que me importaba más que ganar.

El desfile era en cuatro días. Quedaba lo más difícil: coser, entre todas, la verdad suficiente como para matar una plaga. Y rezar para que el campo de batalla que Bibiana acababa de elegir no se convirtiera, también, en el sitio donde me enterrara a mí.