La hechicera viste de plaga 19. El cerco
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19. El cerco

El cerco

La mentira de Turquía me duró ocho días. Los que tardó Bruno en ser bueno en su trabajo.

Porque lo era. Eso era lo que yo no había calculado al mandarlo al otro lado del continente: que Bruno Salaverría no perseguía pistas como persigue la gente normal, agarrándose a la primera que le dan.

Las perseguía como un relojero busca la pieza que falla, descartando una a una hasta que solo queda la verdad.

Y la verdad de Turquía era que no había verdad ninguna.

Me llamó desde Estambul, una noche, con la voz de quien ha encontrado un cero donde esperaba un número.

—Aquí no está, Candela —dijo—. He revisado los tres talleres subcontratados.

He cotejado fechas, partidas, contacto con la colección.

Nada. Las incidencias empezaron antes de que ninguna de estas prendas pasara por aquí.

La primera incidencia documentada es anterior a toda la producción turca.

—Una pausa, y en esa pausa noté cómo se le movía la cabeza hacia el sitio exacto al que yo no quería que mirara—.

El origen no es externo. No entró de fuera.

Estaba ya dentro de la casa antes que nada.

Vuelvo. Voy a buscar en lo más antiguo. En el archivo.

En las primeras piezas. En lo de hace treinta años.

Treinta años. La misma cifra de la ficha de Bibiana.

La misma cifra del verde que mi abuela había olido.

Bruno, sin saberlo, acababa de apuntar la lupa justo hacia el sitio donde estaba enterrado todo: el archivo, la pieza antigua del «no reproducir», el rastro de una chaqueta con forro verde botella que conducía, si se tiraba lo suficiente del hilo, a un taller de Carabanchel y a una mujer que en ese momento sostenía el teléfono con la mano fría.

—Buena idea —dije, con la voz colocada, sintiéndome la persona más miserable de Europa—. Mira por ahí.

Colgué y me quedé temblando. Lo había mandado a Turquía para alejarlo y el viaje a Turquía lo había acercado, porque al descartar el sitio falso había deducido, él solito, con su método, dónde estaba el verdadero. No lo había engañado. Le había dado, sin querer, el método para encontrarme.

Y por si el suelo no se movía bastante, al día siguiente me acorraló Ruth.

Ruth Calleja llevaba en aquella casa quince años.

Había entrado de aprendiza, había subido a première a base de madrugar y de tragar, y había visto cómo una chica de un taller de barrio llegaba un día de la nada y en unos meses la adelantaba por la derecha: la favorita de Bibiana, la heroína de la auditoría, la del atelier propio que ya susurraba todo el edificio.

Yo había creído que Ruth me odiaba por envidia tonta.

Me equivocaba. Ruth me odiaba porque era inteligente.

Me esperó en el atelier, sola, una tarde, con un alfiler entre los dedos, jugando con él como jugaba siempre.

—Llevo semanas dándole vueltas a una cosa —dijo, sin levantar la voz—.

Y ya la tengo. ¿Quieres que te la cuente?

—No esperó—. Las incidencias empezaron cuando llegaste tú.

Ninguna prenda hace cosas raras hasta que apareces tú.

Y, casualidad de las casualidades, la única persona del edificio capaz de arreglar esas cosas raras que ninguna otra sabe arreglar eres tú también.

Tú. Siempre tú. En cada incidencia, ahí estás.

Apareciste de la nada, empezaron los milagros y los desastres a la vez, y tú haces de bombera de un fuego que solo arde donde tú pasas.

—Clavó el alfiler en el acerico, despacio—.

No sé qué eres ni cómo lo haces. Pero sé que eres tú.

Lo de las muestras no fue Yaiza, eso lo sabemos las dos.

Fuiste tú, de un modo que no entiendo. Y dejaste que cargara ella.

Se me secó la boca. Porque Ruth se equivocaba en el cómo —yo no saboteaba nada, yo intentaba salvarlo— y acertaba en todo lo demás con una puntería que daba miedo. Era yo. Había empezado conmigo. Y había dejado que cargara Yaiza.

—Eso es absurdo, Ruth —dije.

—Puede. —Cogió sus cosas—. Pero te aviso de una cosa, chica del taller.

A Yaiza la han hundido y se ha dejado hundir porque es buena.

Yo no soy buena. Cuando esto estalle, que va a estallar, yo no pienso ser la siguiente.

Pienso tener muy claro, por escrito y delante de quien haga falta, que el día que llegaste tú empezó todo.

—Me miró desde la puerta—. Tú sabrás lo que eres.

Yo solo sé dónde estaba la casa antes de ti, y dónde está ahora.

Y se fue, dejándome con la certeza de que ya no era solo Bruno por un lado y Bibiana por otro. Ahora había una tercera persona, lista y resentida, atando cabos en la dirección exacta de la verdad.

Esa noche no pude con la culpa de Yaiza, y por primera vez en mucho tiempo intenté hacer algo. Lo malo es lo que intenté.

Fui a buscarla. Vivía en un piso compartido en Tetuán, y la esperé en el portal, y cuando llegó, con la cara de quien lleva una semana sin dormir y un futuro laboral hecho trizas, le puse en la mano un sobre.

Dentro había dinero. Bastante. Mis ahorros de meses de Casa Vela, casi todos.

Y le dije, atropellada, lo que llevaba toda la tarde ensayando:

—Yaiza, sé que es injusto. Sé que no fuiste tú. Coge esto, por favor, para el tiempo que estés sin trabajar. Y te voy a conseguir referencias, te lo juro, hablaré con gente, te buscaré algo, en otro sitio, fuera de aquí. No te voy a dejar tirada.

Yaiza miró el sobre. Lo miró un rato largo. Y luego me lo devolvió, sin abrirlo, con una calma que era mil veces peor que un grito.

—Candela —dijo—. Tú sabes que no fui yo.

Lo sabes de verdad, no como una sospecha.

Lo sabes con esa cosa que tienes en las manos.

—No le temblaba la voz; eso era lo terrible—.

Y resulta que tú eres, de toda esta casa, la única persona que podría limpiar mi nombre.

Una palabra tuya, la favorita de Bibiana, y mi expediente se cae.

Podrías devolverme mi nombre. Y en vez de eso…

—miró el sobre, en mi mano otra vez— en vez de eso me traes dinero.

Me traes un sobre para que me calle y para que tú duermas mejor.

—Negó con la cabeza, despacio—. No quiero tu dinero.

No quiero tus referencias. Quiero mi nombre, que es lo único que tú puedes darme y lo único que no me vas a dar.

Quédatelo todo. Y quédate también con saber que pudiste y no quisiste.

Subió a su casa y cerró el portal, y yo me quedé en la calle, de noche, con un sobre de dinero en la mano y la verdad atascada en la garganta, entendiendo lo que acababa de hacer.

Había intentado tranquilizar mi conciencia sin arreglar nada.

Había ido a comprar el perdón de Yaiza con un sobre para no pagar el precio de verdad, que era hablar.

Mi primer gesto de decencia en semanas y había sido eso: un soborno disfrazado de bondad.

Hasta cuando intentaba ser buena, lo hacía a la manera de Casa Vela.

Hasta mi conciencia se había vuelto torcida.

Y lo peor es que Yaiza tenía razón. Yo podía.

Y no quería. Porque querer, querer de verdad, querer hasta el final, costaba un atelier con mi nombre en la puerta, y yo todavía, a esas alturas, con la fuente en mi casa y una amiga hundida y un hombre acercándose con su lupa a mi secreto, todavía no estaba dispuesta a pagar ese precio.

Volví a Carabanchel andando, que es mucho rato, para castigarme.

Y por el camino lo sentí todo cerrándose a la vez, como una costura que se aprieta.

Bruno volviendo de Turquía directo al archivo.

Ruth afilando alfileres y memoria. Yaiza con mi cobardía guardada para siempre.

La plaga suelta por el mundo, imparable.

Y, en el centro de todo, yo, con una chaqueta en una funda gris que era el principio del hilo que todos, cada uno por su lado, estaban empezando a tirar.

El suelo se movía. Llevaba meses moviéndose, pero esa noche, andando por Madrid con un sobre de billetes que nadie quería, lo noté por fin moverse de verdad, como se mueve el suelo justo antes de que algo se caiga.