La hechicera viste de plaga 18. La grieta
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18. La grieta

La grieta

La olla estalló por donde estallan siempre estas cosas: por la persona más buena y con menos poder de la casa.

Después de lo de Lola, las incidencias no pararon.

Al revés. Como ya estaba todo el mundo mirando, como la colección se vendía a un ritmo de locura y cada prenda que salía era una prenda tocada en potencia, los «acabados raros» empezaron a multiplicarse por toda la cadena, y los socios de la licencia, que de tontos no tenían un pelo, empezaron a pedir explicaciones técnicas que nadie podía dar.

Cristina necesitaba un culpable. Uno que no fuera la magia, porque la magia no figura en ningún contrato.

Uno humano, con nombre y con cara, al que poder señalar y despedir para que los socios se quedaran tranquilos.

Eligieron a Yaiza.

Lo anunciaron un miércoles, con la frialdad con la que se firma un albarán.

«Se ha detectado que las incidencias en las muestras tienen su origen en un almacenamiento y manipulación incorrectos de los materiales en el showroom.

» Traducido: la culpa es de la chica que toca las muestras.

Yaiza. La que llevaba el showroom con un vape en la mano y una sinceridad que no tenía nadie más en aquel edificio.

La que me había avisado por lo bajo de cada incidencia desde el primer día.

La que me dijo, hacía meses, que la gente que te llama por un táper sabe dónde estás.

La acusaron de no saber guardar unas telas, a ella, que guardaba las telas mejor que respiraba, y la suspendieron de empleo, y le abrieron un expediente que en este sector pequeño y chismoso significa no volver a trabajar.

Y yo sabía, mejor que nadie en el mundo, que era mentira.

Yo sabía que las muestras no estaban mal guardadas.

Sabía que la culpa no era de Yaiza ni de ningún almacén.

Sabía que la culpa era de una chaqueta cosida en una noche de persiana bajada, y que esa chaqueta la había cosido yo.

Tenía en la mano la única verdad que podía salvar a aquella chica.

Una frase. «No fue ella.» Tres palabras y el expediente se caía.

No las dije.

Yaiza me buscó, claro. Vino a buscarme al atelier el día que la suspendieron, con los ojos rojos y el vape temblándole en la mano, y me dijo lo que más me ha dolido que me digan en toda esta historia:

—Candela, tú tocas las prendas. Tú las entiendes mejor que nadie. Tú sabes que yo no guardo mal una tela ni borracha. —Le temblaba la voz, pero no lloraba, aguantaba—. Diles algo. A ti te escuchan. Eres la favorita de Bibiana. Diles que yo no he sido. Tú sabes que yo no he sido.

Y me miró con una confianza absoluta, la confianza de quien le pide ayuda a una amiga dando por hecho que la amiga va a ayudarla, porque para eso están las amigas. Me miró como se mira a alguien de quien estás segura.

Y yo, que sabía que no había sido ella, que podía salvarla con tres palabras, le dije:

—Yaiza, yo no tengo ninguna influencia en eso. Yo solo coso. Lo siento muchísimo. Voy a ver qué puedo hacer.

«Voy a ver qué puedo hacer.» La frase de los que no van a hacer nada.

La frase de Bibiana cuando mandó a Adolfo al archivo con un cumplido.

La frase de los poderosos cuando dejan caer a los débiles con educación.

Me oí decirla y me oí convertirme, palabra a palabra, en exactamente la clase de persona contra la que mi abuela me había criado.

Dejé caer a Yaiza para no perder un atelier que todavía ni había aceptado.

Vendí a la única amiga sincera que tenía en aquel edificio por el miedo a que, si hablaba, se descubriera que el origen era yo y se viniera abajo mi nombre en una puerta.

Y lo hice, como todo lo demás, con los ojos abiertos.

Yaiza se fue sin decir nada más. Pero antes de irse me miró de otra manera. Ya no con confianza. Con la cara de quien acaba de entender que se equivocó de amiga. Esa cara me la llevo puesta todavía.

Lo de Bruno fue peor, porque Bruno, a diferencia de mí, sí estaba intentando hacer lo correcto.

Vino a verme esa misma noche, encendido, con sus albaranes bajo el brazo y una determinación nueva, la determinación del converso.

Porque Bruno ya creía. Desde la alfombra roja creía.

Y un hombre que ha pasado toda su vida del lado de la verdad, cuando por fin acepta que existe algo que no se puede medir, no se cruza de brazos: se pone a buscarlo con el doble de furia.

—Lo de Yaiza es injusto y lo sabes —me dijo, sin saludar—.

Las muestras no están mal guardadas. Tú y yo sabemos lo que pasa de verdad en esta casa.

No es un almacén. Es… lo otro. Lo que vimos en la alfombra.

—Bajó la voz—. Candela, voy a encontrar el origen.

La prenda madre, la primera, de donde salió todo esto.

Si encuentro la fuente y demuestro qué es esto realmente, Yaiza queda limpia, y a lo mejor encontramos la manera de parar la plaga antes de que le arruine la vida a más gente.

—Me cogió la mano, la mano con la que yo cosía la mentira—.

Ayúdame. Tú sabes de esto más que nadie. Juntos lo encontramos. ¿Me ayudas?

Y ahí lo tenía. El hombre del que me había enamorado, creyendo por fin en lo que yo siempre supe, ofreciéndome su mano para hacer juntos lo único decente que se podía hacer: encontrar el origen, salvar a Yaiza, parar el horror.

Pidiéndome ayuda para encontrar una fuente que era yo.

Buscando una prenda madre que tenía yo guardada en una funda gris en mi casa de Carabanchel. A un paso. Siempre a un paso.

Si le decía la verdad, salvaba a Yaiza, parábamos quizá la plaga, y dejaba de mentirle al hombre que me apartaba el pelo de la cara con ternura.

Pero perdía el atelier. Perdía mi nombre en la puerta.

Y lo perdía a él de todas formas, porque el día que supiera que el origen era yo, que llevaba meses mintiéndole, que la falsa que su mano no detectó estaba sentada delante suyo cogiéndole la mano, ese día Bruno me miraría como me había mirado Yaiza al salir.

Así que hice lo que llevaba meses haciendo. Le mentí.

—Te ayudo —dije, y le apreté la mano, y me odié—.

Pero la prenda madre no creo que esté en la casa, Bruno.

Yo he buscado. Lo más probable es que sea una copia externa, algo que entró de fuera.

Deberíamos centrarnos en los proveedores, en lo de Turquía.

—Lo mandé a Turquía. Lo mandé al otro lado del continente a buscar lo que tenía yo en un armario de mi barrio.

Lo aparté de la verdad con una caricia en la mano, usando para engañarlo la misma confianza que él acababa de regalarme.

Bruno asintió, agradecido. Confió en mí. Se fue a preparar un viaje a Turquía a buscar un origen que no estaba en Turquía, contento de tenerme de su lado.

Y yo me quedé sola en el atelier, habiendo vendido a Yaiza por la mañana y a Bruno por la noche, con la fuente de todo en mi casa y la cura de todo en mi boca, callándome las dos.

Esa noche intenté contener una incidencia nueva, una de tantas, una prenda más de la colección que había vuelto tocada.

Y por primera vez no pude. La dormí, y se despertó.

La volví a dormir, y se volvió a despertar.

La costura negra reaparecía en cuanto yo apartaba los dedos, terca, viva, más fuerte que yo.

Porque ya no era una. Eran miles, repartidas por el mundo, alimentándose de todo lo que aquella casa escondía, y de todo lo que escondía yo, que a esas alturas era casi lo mismo.

Yo dormía una y nacían diez. Contener ya no servía de nada. Era como achicar el mar con un dedal.

Me senté en el suelo del atelier, entre prendas que confesaban verdades que yo me negaba a decir, y por primera vez en mucho tiempo me di cuenta de hasta dónde había bajado.

Tenía a un palmo un atelier con mi nombre. Tenía a un hombre que me quería y que creía en mí. Tenía la verdad que salvaba a una amiga. Y estaba dispuesta a perderlo todo —a Yaiza, a Bruno, a mí misma— con tal de no perder una puerta con mi apellido escrito.

En el bolso, la Bisa no se enroscó. No me apretó la muñeca, como la otra vez. Esta vez hizo algo peor: se quedó completamente quieta, fría, muerta entre mis cosas, como una abuela que se ha cansado de avisar a una nieta que no la escucha y que ha decidido, por fin, callarse y dejar que se caiga.