9. El editorial que miente
El editorial que miente
El editorial era para la revista de Macarena Salvatierra, la que decide quién existe, y por eso medio Casa Vela se había desplazado a un plató del extrarradio para convertir doce prendas en «una historia».
Un editorial no es un photocall. En un photocall la gente miente deprisa; en un editorial la gente miente con presupuesto.
Había una mesa de catering que nadie tocaba, una pared pintada del color de un día sin sol, una nube de humo de máquina, y un director creativo llamado Adrián que llevaba media hora explicando que la colección hablaba de «la vulnerabilidad del poder» mientras se ajustaba unas gafas sin cristales.
La modelo, una chica larguísima con cara de tener frío y hambre a partes iguales, esperaba en bata.
Y detrás de la cámara, agachado, repartiendo «perfectos» como quien echa sal, estaba Coque.
—Esto está saliendo precioso —decía Coque, sin haber disparado todavía—. Precioso. Esto es arte.
Yo estaba allí por las dos razones de siempre: porque Bibiana me había encargado, a mí, personalmente y en secreto, que la incidencia no estallara, y porque sin las hands de turno aquella ropa no aguantaba un cambio de plano.
Llevaba la prenda semilla en una bolsa cerrada, conmigo, porque no me fiaba de dejarla en ningún sitio de aquella casa.
Y llevaba dentro, además, lo de siempre, el orgullo de Macarena que no se iba, el mando torpe de la chaqueta, el cansancio de mentir, todo apilado, hasta el punto de que algunas mañanas me despertaba sin saber cuál de los miedos del pecho era mío.
Coser cuesta. Esconder cansa, me había dicho Bruno.
Empezaba a darle la razón en cosas que no quería.
Vistieron a la modelo con la pieza estrella, un vestido largo de un gris perla que en el atelier era serenidad pura, elegancia de la que no grita. La pusieron contra la pared sin sol. Coque levantó la cámara.
—Quietos todos. Esto es la portada. Está perfecto.
Y el vestido cambió de color.
No del todo. No de golpe. Pero el gris perla se enturbió un punto hacia un verde enfermo, y la caída elegante se torció en algo crispado, y la modelo, que no había hecho nada, de pronto parecía vestida con su propio mal día. Adrián parpadeó. Maquillaje corrió a retocar lo que no era de maquillaje.
—Es la luz —dijo Adrián—. Está increíble. Seguimos. Va a quedar icónico.
Disparó Coque. «Perfecto.» Y el verde enfermo se hizo más enfermo, y por el bajo del vestido empezó a subir, despacio, un estampado que no estaba en el vestido: rayas, finas, como las de una persiana bajada.
Lo entendí en el cuerpo, que es como entiendo yo lo que da miedo.
La prenda no estaba estropeándose. Estaba contestando.
Cada vez que alguien decía «precioso» sin sentirlo, cada vez que se fingía que aquel desastre era una maravilla, el vestido se ponía más feo, más raro, más verdadero.
Decía en alto lo que la sala se callaba: que aquello era un desastre, y que todos lo sabían, y que ninguno lo iba a decir.
—¡Esto es buenísimo! —dijo Hugo, grabándolo con el móvil en alto, encantado—.
Equipo, equipo, esto no es un fallo, ¿vale?
Esto es un concepto. «La ropa que muestra tu verdad.
» Literal. Es la frase de la marca hecha imagen.
Lo subimos y decimos que es a propósito y nos forramos.
Es lo más conceptual que he visto en mi vida.
—No lo subes —dije, ya en pie, ya entre la cámara y la modelo.
—Pero si es arte —protestó Hugo.
—Es una incidencia de acabado —dije, usando la mentira de la casa contra la casa, que era lo único que tenía a mano—. Y como salga, te quedas sin curro. Coque, descanso. Cinco minutos. Tema técnico.
Coque bajó la cámara con cara de mártir. Yaiza, que llevaba las muestras y a la que Dios siga bendiciendo, despejó el set en treinta segundos sin preguntar.
Me llevé a la modelo a un lateral, detrás de la nube de humo. Y aquí está lo que aprendí aquella tarde, lo que no le conté a nadie y lo que lo cambiaría todo más adelante, aunque entonces solo era una corazonada de mis manos.
Probé a hacer lo del plató: meter la mano por dentro, encontrar el punto vivo, dormirlo.
Y el vestido se dejó un poco, pero volvía.
En cuanto fuera, Coque diría «perfecto» otra vez, y volvería.
Aquello no se contenía con los dedos mientras la sala siguiera mintiendo.
Era como tapar una olla a presión apretando la tapa con la mano.
Así que probé otra cosa. Miré a la modelo, que estaba aterrada, convencida de que ella había roto la portada de la revista de Macarena Salvatierra.
—¿Cómo estás? —le pregunté. De verdad. No «cómo estás» de set.
—Fatal —dijo, y se le quebró la voz—. Llevo desde las cinco de la mañana, no he comido, tengo un frío que me muero, y creo que voy a perder este trabajo y todos los siguientes por culpa de un vestido y no entiendo nada.
Y mientras lo decía, la verdad, dicha así, sin maquillaje, el vestido se calmó.
No lo toqué. No cosí nada. El verde enfermo volvió hacia el gris perla, las rayas de persiana se hundieron solas, la caída se relajó. Una chica muerta de frío había dicho en voz alta lo que era, y al vestido, que estaba hecho para gritar la verdad, se le acabó de golpe el motivo para gritar.
—Pues vamos a comer algo —dije, en alto, para todo el set—. La modelo lleva ocho horas en ayunas y eso sí que va a salir en la foto. Diez minutos. Y luego rodamos en serio, sin contar milongas, que la luz no aguanta milongas.
Nadie discutió. Trajeron comida. La chica comió.
Y cuando volvimos al set, con todo el mundo un poco más cansado y un poco menos teatral, demasiado reventado ya para fingir que aquello era arte, el vestido aguantó el gris perla toda la sesión.
Salió la portada. Salió preciosa. Y la salvé yo, otra vez, sin que la mitad del plató supiera que había habido nada que salvar.
Imprescindible. Esa palabra empezaba a colgárseme del cuello como una etiqueta de archivo.
Bruno había estado todo el rato al fondo, contra la pared del color de un día sin sol, con la lupa colgada y la libreta sin abrir. No había anotado nada. Me había mirado a mí.
Cuando recogía mi caja, se acercó. Y por primera vez desde que lo conocía no traía el muro por delante.
—No sé cómo lo ha hecho —dijo, en voz baja—.
Pero esta vez he visto algo. —Hizo una pausa, de las suyas, solo que esta no era para apuntar; era porque le costaba—.
El defecto no respondía a lo que usted hacía con las manos.
Respondía a lo que se decía en la sala. Empeoraba con cada mentira y se ha calmado cuando esa chica ha dicho la verdad.
—Me miró, y los ojos pálidos seguían siendo de cazador, pero detrás del cazador, por una rendija, asomó otra cosa, y esta vez no la aparté yo, asomó él—.
Llevo toda mi vida autentificando. Distinguiendo lo verdadero de lo falso en una costura.
Y resulta que hay aquí una… cosa… que hace exactamente eso, pero sola, y a lo bestia.
—Casi sonrió. Casi—. No me gusta no entender las cosas, Acebo.
Pero reconozco a alguien que sabe lo que hace. Y usted sabe lo que hace.
—Ya me lo dijo una vez —respondí.
—Lo repito porque la primera no me costó tanto —dijo, y se colgó la carpeta, y se fue.
Bajó una capa de armadura aquella tarde.
No por chispa, que conste, no fue de esos momentos de comedia romántica en que se rozan las manos y suena música; fue por respeto, de profesional a profesional, que dura más y desarma mejor.
Pero bajó. Lo vi bajar. Y yo, que no sé leer lo que la gente siente por mí, esa noche tampoco lo leí entero, pero sí leí una cosa que antes no estaba: que aquel hombre había empezado a mirarme como se mira a alguien, no como se mira a un caso.
Recogí la prenda semilla de su bolsa, comprobé que seguía conmigo, y me fui hacia el metro con una certeza que pesaba más que la caja.
Porque había entendido lo que el vestido me había estado gritando toda la tarde, y era la peor noticia posible para mí.
Aquella plaga no se alimentaba solo de copias.
Las copias la creaban; pero lo que la hacía crecer, lo que la sacaba a la luz por las solapas y por los bajos, era otra cosa.
Era que mintiéramos. Era que escondiéramos.
Cuanto más se ocultaba, más confesaba la ropa.
Y yo me había pasado todo este tiempo decidiendo que la iba a contener a base de esconder.
Estaba apagando un incendio que comía precisamente de lo que yo le echaba.