8. No puede irse
No puede irse
Aquella noche no dormí, y no fue por el dedo, aunque el dedo me latía donde la Bisa me había hecho sangre.
Fue por la cuenta que me salía.
Si confesaba, lo perdía todo, pero lo perdía limpio.
Iba a Bibiana, o a Bruno, o a quien hiciera falta, y decía: la chaqueta es mía, la cosí yo hace tres años, la magia existe, mi familia lleva cuatro generaciones cosiendo intenciones en un taller de Carabanchel, y lo que ahora se pasea en negro por las solapas de Madrid es mi deseo de que me vieran, copiado mil veces hasta pudrirse.
Y entonces se acababa Casa Vela para mí, y se acababa para mi familia el anonimato que las había mantenido a salvo —pobres, sí, pero a salvo— durante un siglo.
Mi abuela me había avisado. «Lo que se copia se pudre.
Lo he visto.» Ahora entendía que aquel «lo he visto» no era un refrán.
Era una cicatriz. Mi abuela había visto una plaga antes, en algún sitio, en algún momento del que no hablaba, y por eso se había pasado la vida cosiendo de una en una, escondida, para que esto no volviera a pasar. Y había pasado. Por mi mano.
Esa era la cuenta honrada. Confesar, arder, proteger.
Pero yo no hice esa cuenta. Hice la otra.
Porque a mí, y esto me costó años entenderlo y aquella noche no lo entendí en absoluto, no me movía solo proteger a mi familia.
Me movía no perder esto. La puerta sin nombre, la sala con luz cara, el día en que Bibiana Vela me eligió delante de todos y por fin, por una vez en mi vida, alguien me miró y no dijo «qué encanto, qué de barrio».
Llevaba treinta años siendo la mejor del mundo en una cosa que no le importaba a nadie, y aquí, de repente, importaba.
Y prefería —Dios, prefería— mentir, contener, aguantar lo que fuera, antes que volver a ser la de los bajos.
Antes que acabar como Adolfo, en el archivo, honrada y muerta.
Aguanto lo que sea con tal de no perder esto. Esa frase no me la dije. Esa frase la viví. Y de las dos cosas, vivir una frase es la que de verdad te define.
Así que a la mañana siguiente entré en Casa Vela habiendo decidido lo único que una persona como yo podía decidir: no me iba.
Me quedaba. Me quedaba a apagar el incendio que yo había encendido sin saberlo, callando, desde dentro, sin admitir nunca que las manos que lo apagaban eran las mismas que lo habían prendido.
Iba a ser la salvadora secreta de una casa que se estaba quemando con mi propia cerilla.
Y me dije que era responsabilidad. Tardé en ver que la responsabilidad de verdad se firma con el nombre, y que lo que yo estaba firmando, sin nombre, era otra cosa.
A Bruno me lo encontré en el taller, claro. Esperándome. Con la funda gris de mi peor noche apoyada en una mesa, a la vista, como quien deja una carta sobre el tapete para ver si la coges.
—No voy a fingir que me creo lo que me dijo ayer —empezó, sin saludar—.
No me lo creo. Usted conoce esta prenda.
Lo sé yo, lo sabe usted, y la única razón por la que no lo he puesto por escrito es que no tengo cómo demostrarlo todavía.
—Dejó una pausa de las suyas, medidas—. Pero le voy a proponer una cosa, y le pido que la escuche antes de contestarme con esa voz que pone usted cuando va a mentir.
—Yo no pongo ninguna voz.
—Pone una voz —dijo, sin inmutarse—. Mire.
A mí me han contratado para encontrar el origen de un fraude de copia y certificar la colección antes del desfile.
Ese es mi trabajo y lo voy a hacer. Pero hay un problema que es más urgente que mi informe, y es que esto —señaló con la barbilla hacia el showroom, hacia las prendas tocadas— se está extendiendo, y la casa, en vez de pararlo, lo multiplica.
Yo sé reconocer el defecto. Lo que no sé es contenerlo.
Usted sí. La vi hacerlo en treinta segundos en el plató.
—Me sostuvo la mirada—. Le propongo una tregua.
No le pregunto cómo lo hace. No le pregunto de dónde sale ese forro verde.
Trabajamos juntos para que esto no estalle antes del desfile, cada uno con lo suyo, y dejamos las cuentas de la autoría para después. ¿Le parece?
Era una trampa con buenos modales, igual que el regalo de Bibiana, solo que esta venía de un hombre honrado, lo cual la hacía más peligrosa, porque un hombre honrado que trabaja a tu lado todos los días acaba viéndote.
Si yo aceptaba, lo tenía cerca. Y tenerlo cerca era lo único que se me ocurría para saber, día a día, cuánto estaba averiguando, y para que no averiguara lo único que no podía permitirme que supiera.
No acepté por confiar en él. Acepté para vigilarlo. Que conste, porque luego me he mentido mucho con esto: acepté para vigilarlo.
—Me parece —dije—. Tregua. Cada uno con lo suyo.
—Bien. —No me tendió la mano, igual que la otra vez.
Pero recogió la funda gris de la mesa y, en lugar de llevársela como una prueba, la dejó en mis manos—.
Guárdela usted. En el archivo la van a copiar otra vez.
Conmigo, al menos, sé que no. —Y antes de irse, ya en la puerta, sin volverse del todo—: No sé qué esconde, Acebo.
Pero esconder cansa. Lo digo por experiencia.
Y se fue, dejándome con mi propia peor noche en los brazos y con la sensación incómoda, nueva, de que aquel hombre seco acababa de protegerme de la casa sin saber de qué me protegía.
No tuve tiempo de pensarlo. A mediodía me llamaron de arriba.
El despacho de Bibiana Vela no tenía la frase en la pared.
Eso lo noté enseguida: «lujo que dice la verdad» estaba en todas partes menos en el único sitio donde vivía la mujer que la había inventado.
Estaba de pie junto a la ventana, con el dedal de plata en el dedo y el cuaderno fino cerrado sobre la mesa, y me recibió con esa calidez que ya sabía leer como lo que era: la temperatura exacta a la que se cuece a alguien.
—Candela, cariño. Siéntate. —No me senté, y a ella le gustó que no me sentara; lo vi—.
Tenemos una incidencia. Ya lo sabes. Y tengo un edificio lleno de gente con título que no sabe arreglarla.
—Sonrió—. Y te tengo a ti. Quiero que te ocupes tú.
Personalmente. Sin reuniones, sin comités, sin que esto salga de entre tú y yo.
Lo que haga falta. Tú sabes hacer que las cosas se porten. Hazlo.
Era exactamente lo que yo había decidido hacer por mi cuenta: contener la plaga desde dentro, en secreto.
Y ahora me lo ordenaba ella, y al ordenármelo lo convertía en otra cosa.
Ya no era mi secreto. Era mi encargo. Me estaba atando con la correa más fina que existe, que es la de pedirte que hagas justo lo que ibas a hacer igual.
—Lo intentaré —dije.
—Lo harás. —Cogió el cuaderno fino, lo abrió, y de entre las páginas sacó una hebra.
Un hilo. No me lo enseñó a propósito; lo dejó caer sobre la mesa como sin querer, que en Bibiana era la forma más exacta de querer.
Un hilo de un verde muy concreto. Verde botella—.
Por cierto. Esa partida defectuosa. He estado mirando el patrón maestro.
Tiene un acabado precioso por dentro, ¿sabes?
Un forro. Un verde muy difícil de conseguir.
—Giró el dedal de plata, una vuelta, despacio, sin levantar la vista del hilo—.
Hacía treinta años que no veía ese verde.
Treinta años justos. Pensé que ya no quedaba nadie que supiera teñirlo.
En el bolso, contra la cadera, la Bisa se quedó fría. Fría del todo. Como junto a ella se quedaba siempre, y yo siempre me había dicho que eran imaginaciones mías.
Levantó por fin los ojos del hilo y los puso en mí, y eran cálidos, y eran terribles, y no había en ellos ni una pizca de pregunta. No me estaba preguntando si yo sabía teñir aquel verde. Me lo estaba diciendo.
—Yo no le he enseñado ningún forro —dije, con la voz que ella ya sabía que ponía yo para mentir.
—No, cariño —dijo Bibiana Vela, dulce, cerrando el cuaderno—.
No me has enseñado nada. —Y sonrió, y volvió a la ventana, y me despidió sin despedirme, que también era una técnica suya—.
Ocúpate de la incidencia. Confío en ti como no he confiado en nadie en años.
Y, Candela. —Sin volverse—. Casi como yo.
Lo dije el primer día. No sabes todavía cuánto.
Salí del despacho con mi peor noche todavía en los brazos, el verde botella ardiéndome en la cabeza, el dedo palpitando, y una certeza nueva y helada bajándome por la espalda.
No era el secreto de la casa lo que tenía que esconder de Bibiana Vela.
Era que ella ya lo sabía. Lo sabía antes que yo. Lo sabía, quizá, desde el día en que una chaqueta cosida en una noche de persiana bajada, en un taller de Carabanchel, desapareció de mi vida sin que yo supiera cómo.
Y me había elegido. Por eso me había elegido.
No quise, otra vez, pensar en lo que eso significaba. Pero ya no pude evitar pensarlo del todo.