La hechicera viste de plaga 2. La filtración
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2. La filtración

La filtración

A las nueve y media de la noche yo estaba de rodillas en el suelo de un palacete, debajo de un vestido que costaba más que el coche de mi tía Reme, con tres imperdibles en la boca y la certeza absoluta de que ninguna de las cuarenta personas que cruzaban aquel pasillo sabía que yo existía.

Me había llamado Loli a las seis. Loli es vestidora freelance, de las buenas, y trabaja para quien la pague y la trate medio bien, que en este oficio es un orden de prioridades sensato.

Su asistenta de esa noche se había puesto mala —«mala de verdad o mala de discoteca, vete tú a saber»— y la gala empezaba en tres horas.

Necesitaba manos. Manos que supieran. Y, sobre todo, manos que no fueran a contarle a nadie lo que vieran.

—Pagan en negro y pagan bien —me dijo—. Y es en un sitio fino, Cande. De los finos finos.

Le había dicho a mi madre que iba a hacer un arreglo a domicilio a una señora de Chamberí.

Técnicamente no era mentira: había una señora, y era de los barrios de arriba, y yo iba a arreglarle algo.

La Bisa, en el bolso, se había anudado igual, porque a la Bisa los tecnicismos le dan exactamente lo mismo.

El sitio fino era una fundación con nombre de banquero muerto, y la gala era por una exposición de alta costura: cincuenta vestidos detrás de un cristal, iluminados como reliquias, vigilados como reliquias, y delante de los cristales, doscientas personas tomando champán y mirándose entre ellas, que es lo que de verdad habían ido a ver.

Yo no tenía permiso para estar en la sala buena.

Yo estaba en el pasillo de servicio con Loli, una plancha de viaje, un costurero y la espalda contra la pared, esperando a que algo se rompiera.

Algo siempre se rompe.

Lo que se rompió aquella noche fue el vestido de Macarena Salvatierra.

A Macarena Salvatierra no hace falta que la conozcáis para saber quién es.

Es la señora que en todas las fotos de sociedad está medio paso por delante del resto, la que dirige una revista que ya casi nadie compra pero que todavía decide quién existe, la que entra en un sitio y el sitio se reorganiza solo para hacerle hueco.

Aquella noche le tocaba subir al escenario a entregar no sé qué premio y a dar el discurso de apertura.

Llevaba un vestido largo, color berenjena, de una casa que conocéis, con una costura lateral que iba desde la axila hasta la cadera y que, cuando Macarena levantó el brazo para saludar a alguien, hizo un ruido pequeño y obsceno.

Se descosió. No del todo. Lo justo para que, en cuanto diera dos pasos bajo los focos, se descosiera del todo delante de doscientas personas y de las cámaras.

Macarena no gritó. La gente con poder de verdad no grita; eso ya lo iba yo a aprender mejor más adelante. Se metió en el pasillo de servicio con una sonrisa de hielo, agarró a Loli del brazo y dijo, muy bajito, sin que se le moviera un músculo de la cara:

—Tienes cuatro minutos. Si salgo así, te encargas tú personalmente de que no vuelvas a vestir ni a un maniquí en esta ciudad.

Loli me miró. Yo ya estaba de rodillas.

—Quieta —le dije a Macarena, que era la primera vez que le decían «quieta» en treinta años y se le notó—. No es para tanto. Pero como respire fuerte, sí lo es. Así que no respire fuerte.

La costura estaba rematada con prisa y con máquina.

Cuatro puntos de más y ni uno de los que importan.

La tela era buena, pesada, de las que tiran hacia el suelo con ganas, y a quien la había cosido se le había olvidado que un vestido no es una foto: un vestido se mueve, suda, sube escaleras, levanta un brazo para saludar a alguien que le cae mal.

Esto no lo aguanta una costura de prisa.

Esto lo aguanta una costura que sepa lo que sostiene.

No tenía hilo del color. Tenía mi caja. En mi caja siempre va un retal del forro verde botella, de ese que solo tenemos nosotras, y un par de botones de la lata de mi madre que cojo «por si acaso» y que mi abuela cuenta cuando vuelvo, porque están contados.

Doblé el retal por dentro, donde no se ve, para reforzar, cosí a mano por encima de la chapuza de máquina, rápido, ciego, con los dedos, que ven mejor que los ojos.

Y, porque no sé hacerlo de otra manera, porque a mí coser y coser de verdad me salen a la vez, metí un punto que no estaba en el encargo.

Una intención. Una sola, que es la regla. Que aguante. Aplomo. Lo mismo que le di a doña Encarna, que en el fondo todas las mujeres me piden lo mismo cuando me piden un arreglo: que esto que llevo encima me sostenga cuando yo no pueda sostenerme sola.

Me costó, como cuesta siempre. Noté entrar en el pecho la versión Macarena del miedo: un orgullo seco, frío, con muchísimo que perder. Se me instaló un segundo y se quedó en la tela, y yo me quedé con el regusto, que iba a cargar un rato. Más rato de lo que pensaba.

—Levante el brazo —dije.

Lo levantó. La costura no hizo ruido.

—Otra vez. Fuerte.

Lo levantó fuerte, como si saludara a alguien al fondo de un salón, como si llevara haciéndolo toda la vida.

Aguantó. Macarena se miró el costado, se miró en el reflejo del cristal de un vestido de hace ochenta años, y le pasó lo que les pasa: levantó la barbilla.

No un milímetro. Macarena ya tenía la barbilla donde la quería.

Lo que le devolví fue el medio paso por delante del resto.

—Bien —dijo, como quien aprueba un presupuesto. Y se fue.

Ni gracias, ni una mirada, ni el nombre.

Pasó por delante de mí como se pasa por delante de una percha, recogiéndose la cola con dos dedos, y salió a los focos a decirle a doscientas personas quién existía esa temporada.

Y yo me quedé de rodillas en el pasillo de servicio, con su orgullo prestado pesándome en el pecho y un imperdible todavía en la boca, pensando que acababa de hacer exactamente lo mismo que por la mañana hago en Carabanchel por quince euros, y que aquí ni siquiera valía quince.

—Joder —dijo una voz a mi lado—. Eso ha sido bonito.

Me giré. Apoyada en el marco de la puerta, con una copa que no estaba bebiendo y un vape en la otra mano que no podía encender allí dentro, había una chica de mi edad, vestida de negro de la cabeza a los pies, con cara de llevar despierta desde el martes anterior.

—Llevo toda la noche aquí de pie sonriendo y diciéndole a la gente que sí, que el archivo es «icónico» —dijo, sin moverse—.

Y resulta que lo único de verdad que ha pasado en esta fundación lo has hecho tú en el suelo, donde no te ve nadie.

Soy Yaiza. Llevo el showroom de Casa Vela.

—Señaló con la copa hacia la sala buena, donde, en efecto, había un cartelito discreto con un logo que yo conocía mejor que mi propia firma—. ¿Tú de dónde sales?

—De Carabanchel —dije, antes de pensarlo, que es como digo yo las cosas verdaderas.

Yaiza se rio. Fue una risa corta y cansada, pero real.

—Esa costura que le acabas de hacer —dijo, y bajó la voz medio tono, y por un momento se le borró el cansancio de la cara y quedó solo la persona que había debajo, que era lista, mucho—. Esa no la hace cualquiera. Esa no la hace casi nadie. Dame tu número.

Yo no había terminado de recoger la caja cuando lo dijo el segundo.

—Esa costura no aguanta.

Este no estaba en la puerta. Este estaba agachado a mi lado, donde no lo había oído llegar, con una lupa de relojero —de esas que se enroscan en el ojo— colgada de una cadenita, mirando el costado del vestido de Macarena por donde Macarena acababa de desaparecer.

Salvo que Macarena ya no estaba, así que lo que miraba era el aire por donde había pasado la costura, con el ceño de quien repasa una factura que no le cuadra.

Era alto, vestido de oscuro, de los que parecen aburridos hasta que les enseñas algo que les interesa. No me miró a mí. Miró el sitio donde había estado la tela.

—Esa tela pesa novecientos gramos por metro —dijo, despacio, como si hablara para sí mismo o para un cuaderno—.

Esa costura, rematada como estaba, cede a la segunda flexión del brazo.

Lo he calculado. He visto ceder dos esta misma temporada.

—Por fin giró la cabeza y me miró, y tenía unos ojos pálidos y muy quietos que iban de mi cara a mi caja y de mi caja a mis manos, sumando—.

Y, sin embargo, no ha cedido. ¿Qué le ha hecho usted?

—Coserla —dije.

—Con qué.

—Con hilo.

—¿De qué color?

—Del que tenía.

Se quedó callado. La gente que pregunta así no se queda callada porque se rinda; se queda callada porque está apuntando.

Y, en efecto, sacó del bolsillo una libretita y un lápiz y anotó algo, sin enseñármelo, y volvió a mirar el aire donde había estado la costura como si pudiera convencerla de confesar.

—Hay un retal verde por dentro —dijo—. Forro. No es de esta casa. No es de ninguna casa que yo catalogue. —Levantó la vista—. ¿Es suyo?

Yo leo las caras. Es lo único que se me da bien del todo.

Leí la suya y vi un muro: frío, técnico, midiéndome para encajarme en una casilla, probablemente la casilla de «costurera de barrio que ha tenido suerte».

Lo que no supe leer —porque a mí me pasa eso, que leo todas las telas del mundo y luego no me entero de lo que la gente siente por mí— fue lo otro que había debajo del muro. Eso tardaría meses en enterarme.

—Me llamo Bruno Salaverría —dijo, y no me tendió la mano—. Autentifico prendas. Es mi trabajo saber qué aguanta y qué no, y por qué. —Cerró la libretita—. Y esa costura no debería aguantar.

—Pues qué suerte que no le pagan a usted por coserlas —dije, con mi voz de las que ya salen suaves y redondas, recogiendo mi caja del suelo—. Solo por mirarlas.

Por un segundo, uno solo, le tembló algo en la comisura de la boca. No llegó a sonrisa. Yo lo conté como victoria, porque era lo único que me llevaba de aquella noche: ni el nombre en boca de Macarena, ni los quince euros, solo el casi de un hombre seco al que acababa de caerle mal.

Recogí, le di mi número a Yaiza en un papel —porque del bolso no quería sacar el móvil delante del de la lupa— y me marché por la puerta de servicio, que es por donde entran y salen las que sostienen el sitio fino para que las demás se miren entre ellas.

Fuera hacía frío. Olía a Madrid de febrero, a humo de tubo de escape y a castañas de un puesto ya cerrado.

Me bajé al metro con la caja debajo del brazo y el orgullo de Macarena todavía sentado en el pecho, ese orgullo seco con tanto que perder, que no terminaba de irse, y que —ahora lo sé— no se fue del todo en semanas.

En el andén, casi vacío, el móvil me vibró en el bolso.

Lo saqué. Número de Madrid, fijo, que no tenía guardado. A esa hora un fijo desconocido es una encuesta o es algo. Lo cogí antes de pensarlo.

—¿Candela Acebo? —Una voz de mujer, joven, eficiente, con una sonrisa profesional ya puesta del otro lado—.

Le llamo de Casa Vela. Hemos recibido su solicitud.

Y, además, una persona del equipo acaba de hablarnos muy bien de usted esta misma noche.

—Una pausa medida, de las que dejan hueco a propósito—.

A la señora Vela le gustaría conocerla mañana. ¿Le viene bien a las nueve?

En el bolso, despacio, como si por una vez no supiera qué pensar, la Bisa no se anudó.

Eso tendría que haberme dado más miedo que si lo hubiera hecho.