La hechicera viste de plaga
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1. El taller
El taller
Doña Encarna llevaba cuarenta minutos subida al taburete y se moría por explicarme cómo tenía que coserle el bajo.
—Más recto, Candelita. Que parezca recto de verdad, no recto de los de ahora.
—Doña Encarna, está usted hablando con la única persona de Carabanchel que sabe lo que es un bajo recto de los de antes.
—Por eso te lo digo a ti y no a la del chino.
Tenía alfileres en la boca, así que sonreí con la boca cerrada, que es como sonríe una en este oficio.
Le estaba arreglando el vestido bueno, el azul marino, para la boda de la nieta de su cuñada.
No me lo había dicho con esas palabras. Me había dicho «arréglame el bajo, que se me ha descosido», y había puesto la cara que pone la gente cuando lo que quiere arreglar no es el bajo.
Yo leo esas caras. Es lo único que se me da bien del todo.
La cuñada de doña Encarna la trató como a un mueble heredado durante los doce años que llevaba viuda.
La sentaba al final de la mesa, le servía la última, le preguntaba por la pensión con esa voz de quien calcula.
Y ahora la nieta se casaba, y doña Encarna quería entrar en aquel salón andando como entra alguien a quien no le debe nada a nadie.
Eso no se cose en un bajo. Eso se cose más arriba.
Le pasé la mano por la costura del costado, donde nadie mira, y metí lo que había que meter.
No diré que fuera magia, porque mi abuela dice que la palabra magia es para los que cobran por engañar, y nosotras no engañamos a nadie.
Digamos que cosí lo que doña Encarna ya tenía dentro y no se atrevía a sacar a la calle.
Un poco de aplomo. La espalda que ella sabía poner cuando era joven y la vida no le había puesto la mano encima todavía.
Le costó un punto. Lo noté en el pecho, como siempre, un tirón pequeño, la pizca de rabia digna de doña Encarna instalándose un segundo en mí antes de quedarse en la tela.
Esas cosas no se cosen gratis. Te llevas un trozo de lo que coses, y luego cargas con ello un rato, y ese rato a veces es largo.
—Baje con cuidado.
Bajó. Y bajó distinta. No es que se irguiera de golpe ni que le saliera luz por las orejas.
Es que se acomodó el vestido con dos dedos, miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero —el bueno, el que mi bisabuela trajo de no se sabe dónde— y levantó un milímetro la barbilla.
Un milímetro. En un milímetro cabe una vida entera.
—Hija —dijo, y se le quebró un poco la voz—. Hija, qué manos tienes.
—Tengo las manos de mi abuela.
—Pues dile a tu abuela que me debe doce años.
Esa fue la primera vez que me reí aquella mañana. No la última.
Le cobré lo de un bajo, que es lo que figura en la libreta, y le di la bolsa con el vestido envuelto en papel de seda, porque en esta casa se envuelve hasta lo que se cose por quince euros.
Antes de cerrar la bolsa metí dentro, en la costura interior, mi firma: un retal de forro verde botella, del que solo tenemos nosotras, y una etiqueta cosida a mano.
Y de la lata de galletas de mi madre saqué un botón.
No un botón cualquiera. Uno de los de la bisabuela, de los que se cuentan, de los que están contados.
—Ese forro —dijo doña Encarna, tocándolo— es el de tu abuela.
—Es el de la casa.
—Es el mismo verde de cuando vine yo de novia a que me arreglaran el ajuar. Tu abuela tendría tu edad.
—Tendría peor carácter.
—Eso no lo mejora el tiempo, cariño.
La acompañé a la puerta. Sonó la campanilla.
Entró el frío de la calle, que olía a churros del bar de enfrente y a humedad de febrero, y por un segundo, antes de que la puerta se cerrara, vi la persiana medio bajada del local de al lado, el cartel de SE TRASPASA descolorido, el cubo de fregona de la peluquería.
Mi barrio entero cabía en aquella rendija. Lo quería. Por eso me pesaba tanto.
Cerré. Y empezó el ruido.
—¡Que tu hija está otra vez con el móvil! —La tía Reme entró por la trastienda como entra ella, que es como entra un audio de WhatsApp con patas—. Candela, hija, te lo digo con cariño, pero es que vas a acabar como las criaturas estas que no levantan la cabeza ni para comer.
—No estaba con el móvil.
Estaba con el móvil. Lo había guardado en el delantal en cuanto oí sus tacones. Pero «no estaba con el móvil» me salió solo, como me salía todo últimamente, suave y rápido y ya colocado en su sitio.
En el bolsillo, la cinta métrica se anudó.
La llamamos la Bisa, porque era de la bisabuela y porque tiene su mismo don para decir verdades en el peor momento.
No habla, que conste. Pero se enrosca cuando una miente, se enfría cuando la cosa va mal, y se niega en redondo a estirarse hacia donde no debes ir.
La noté apretarse contra mi cadera, un nudo seco, recriminándome lo del móvil.
Le di una palmadita por encima del delantal para que se estuviera quieta. No se estuvo.
—Reme, no agobies a la niña —dijo mi madre desde la mesa de corte, sin levantar la vista de un dobladillo—. Ay, hija, ven, échame una mano con esto, que la Mari Carmen quiere que le deje la rebeca «con un puntito de suerte» para lo del médico del jueves.
—Mamá. —Bajé la voz, aunque allí no había nadie a quien bajársela—. No le cosas suerte a la Mari Carmen.
—Le coso ánimo, que es distinto.
—No es distinto.
—Es un puntito. Un puntito no le hace mal a nadie.
—Mi madre cose encantamientos a media España del barrio y los llama «un puntito», «una mano de santo», «un detalle», cualquier cosa menos lo que son, porque si no lo nombras no existe, y si no existe no tienes que discutirlo con la abuela—.
Además, doce euros son doce euros, y la luz no la paga el ánimo.
—La luz no la paga vender humo —dijo mi abuela.
No la había oído llegar. Nunca la oyes llegar.
Mi abuela Amparo lleva en este taller más años que el espejo, y se mueve por él como se mueve el aire por una casa: estaba en un sitio, y de pronto estaba en otro, con su bata gris y su metro de los modernos colgado del cuello, que no usa, porque dice que un metro que no tiene memoria no sirve para medir lo importante.
—Madre, era un decir —dijo mi madre.
—Lo que se cose se cose bien o no se cose. Una intención por prenda, y la que la cose tiene que creérsela. Lo demás es engañar a la Mari Carmen con su propio dinero. —Cogió el dobladillo de mi madre, lo miró a contraluz, lo dejó—. Y este puntito tuyo está flojo. Si vas a hacer trampa, hazla bien.
—Eso, abuela. Pedagogía.
—Tú a callar, que tú eres peor.
Yo era peor. Las dos lo sabíamos.
La tía Reme dejó sobre la mesa, con cuidado de cirujana, el motivo verdadero de su entrada triunfal: un táper. Lentejas, por el peso. Las traía «por si comíamos juntas», que es lo que dice ella cuando lo que quiere es una reunión de empresa.
—A ver, escuchadme un momento las tres, que tengo una idea y esta vez es buena.
—Se subió las gafas—. He estado viendo una cosa en internet.
Hay gente, chicas jóvenes, que venden esto que hacemos nosotras pero en plan…
profesional. Marca. Logo. Lo suben, lo cuentan, lo escalan. ¿Sabéis lo que es escalar?
—Es lo que hace la humedad por la pared del baño —dijo mi abuela.
—Es crecer, Amparo. Es salir de aquí. Llevamos cuatro generaciones cosiendo a escondidas para que la del quinto vaya derecha al juicio de su divorcio y para que a doña Encarna se le caiga el moño a la cuñada, y nadie sabe quiénes somos, y nos morimos pobres y nos morimos calladas. Yo lo que digo es: ¿y si no?
Se hizo un silencio raro en el taller. Hasta la máquina de coser pareció pensárselo.
Y lo peor es que la tía Reme tenía un poco de razón. Eso era lo de la tía Reme: siempre tenía un poco de razón, lo justo para que doliera.
—Lo que tú hagas con tu vida, allá tú —dijo mi abuela, y por una vez no había refrán, solo cansancio—.
Pero esto —puso la mano abierta sobre la mesa de corte, sobre la madera gastada donde se había cortado tela para tres bodas de mi familia y un par de entierros— esto no se vende a peso.
Lo que se hace con las manos y de verdad, en cuanto lo copias, se pudre. Lo he visto. Y no se habla más.
Cuando mi abuela dice «lo he visto», nadie pregunta el qué. Es una de las normas de la casa que nadie escribió y todas obedecemos.
La tía Reme suspiró, recogió su táper como quien recoge un proyecto de ley rechazado, y se fue a calentar las lentejas, anunciando por el camino que ella, desde luego, no pensaba morirse callada, y que cuando triunfáramos no nos quejáramos de que lo había dicho antes.
Mi madre volvió a su dobladillo flojo. Mi abuela se sentó en su silla, la de respaldo recto, y cogió una camisa de hombre a la que le faltaba un botón, y se puso a buscar en la lata de galletas uno que pegara, y mientras buscaba me miró por encima de las gafas con esa cara suya de tasadora de feria.
—Tú vas a quedarte aquí —dijo. No era una pregunta.
Era un censo—. Cuando yo falte y tu madre no pueda con las rodillas, esto será tuyo.
Eres la mejor que ha tenido esta familia con la aguja en cien años.
Mejor que yo. Y eso —señaló mis manos con el botón— no se aprende. Eso se hereda y se cuida. Aquí.
—Aquí —dije.
Y lo dije con la boca, que es por donde salen las cosas que una no tiene valor de pensar en voz alta.
Porque las quería. Esa era la trampa. No es que mi familia me tuviera atrapada con cadenas; me tenía atrapada con amor, que aprieta más y no deja marca.
Me querían tanto, y estaban tan seguras de que mi sitio era ese taburete y esa lata de botones, que marcharme no era ambición.
Era traición. Lo habían decidido por mí con tanto cariño que casi no me había dado cuenta de que no me habían preguntado.
Me fui al baño del fondo, que es donde una va en esta casa cuando necesita que nadie le lea la cara.
Saqué el móvil del delantal.
Lo había abierto antes, cuando entró Reme, y por eso lo había escondido, y por eso la Bisa se había anudado, porque la Bisa sabe que esconder es una manera fina de mentir.
En la pantalla seguía lo que llevaba mirando toda la mañana entre alfiler y alfiler, lo que miraba algunas noches como otros miran cosas peores.
Una página. Fondo negro, letras finas. El logo que conoce todo el que ha tocado una tela en este país y la mitad de los que no.
CASA VELA.
Y debajo, recién publicado, con tres horas de vida:
«Buscamos manos. Taller de restauración y autentificación. Madrid. No es necesaria titulación. Es necesario saber.»
No es necesaria titulación. Es necesario saber.
Lo habían escrito para mí. No para mí, evidentemente; lo habían escrito para que mil personas creyeran que era para ellas. Pero yo sé cuándo una frase está cosida a mano y cuándo sale de una máquina, y esa frase la había pensado alguien que sabía exactamente lo que estaba pescando.
Oí a mi madre reírse de algo que decía Reme en la cocina. Oí el chasquido de la lata de mi abuela cerrándose con el botón ya elegido. Oí mi barrio entero al otro lado de la puerta, queriéndome y esperándome en mi sitio.
Y le di a «enviar» antes de pensarlo, que es la única forma en que hago las cosas valientes.
Volví a guardar el móvil. Me lavé las manos, aunque no las tenía sucias.
Y cuando salí del baño y mi abuela me preguntó, sin levantar la vista de la camisa, «¿qué hacías ahí dentro tanto rato, niña?
», le dije «nada, me había entrado dolor de cabeza», con esa voz mía suave y rápida, la que ya me salía sin esfuerzo.
En el bolsillo del delantal, despacio, como si le costara, la Bisa se anudó.