Capítulo 36. Elena
ELENA
Elena fue condenada a prisión. La pena fue menor de lo que Clara había imaginado y mayor de lo que una parte de ella quería.
Colaboración. Prescripción de algunos delitos.
Responsabilidad probada en otros. Nada convertía el resultado en una medida exacta de lo ocurrido.
Clara la visitó una semana después. La sala era pequeña. Elena entró con el pelo más gris.
—Hola.
—Hola.
Se sentaron.
—¿Cómo estás? —preguntó Clara.
Elena sonrió.
—Mal.
Clara rio.
—Bien.
—Estoy aprendiendo.
Hablaron de cosas sencillas primero. La biblioteca. La comida. Lucía. Alicia. Después Clara sacó una carpeta.
—He terminado el borrador.
Elena la miró.
—¿El libro?
—Sí.
—¿Puedo leerlo?
Clara tardó.
—Una parte.
—La mía.
—Especialmente la tuya.
Elena sonrió sin alegría. Clara le entregó varias páginas. Su madre leyó durante veinte minutos. Al terminar, dejó el papel.
—No salgo bien.
—No estoy intentando que nadie salga bien.
—Ya.
—¿Te molesta?
Elena pensó.
—Me duele.
—No es lo mismo.
—No.
Clara la observó.
—Hay algo que necesito preguntarte.
—Dime.
—Cuando supiste que Marcos y yo estábamos juntos, ¿por qué no me contaste quién era?
Elena cerró los ojos.
—Porque estabas feliz.
Clara sintió la respuesta prevista.
—Eso no te daba derecho.
—No.
Esperó. Nada más.
—¿No vas a decir «pero»?
—No.
Clara sintió un nudo.
—Gracias.
Elena levantó la mirada.
—Pasé demasiado tiempo pensando que querer a alguien me daba autoridad sobre su verdad.
Clara guardó las páginas.
—Eso va a ir en el libro.
—Puedes usarlo.
—No te he pedido permiso.
Elena rio. Antes de marcharse, preguntó:
—¿Cómo lo has llamado?
—La habitación que nadie abre.
Su madre sonrió.
—Buen título.
Clara se levantó.
—No te emociones.
—No.
Se abrazaron. Fue corto. No solucionó nada.
Pero cuando Clara salió, no sintió que hubiera traicionado a Antonio por querer a su madre.
Había aprendido que la responsabilidad y el afecto no siempre se anulaban.
A veces había que convivir con ambos. Elena leyó más páginas del manuscrito durante las visitas siguientes. Una tarde señaló un párrafo.
—Aquí me haces decir algo que no recuerdo haber dicho exactamente.
Clara esperó.
—¿Quieres que lo cambie?
Elena pensó.
—¿Resume lo que hice?
—Sí.
—Entonces no.
Clara la miró.
—Eso no es muy propio de ti.
—La cárcel da tiempo.
—No romantices.
—No lo hago.
Ambas sonrieron. Elena cerró las páginas.
—Solo te pido una cosa.
Clara levantó una ceja.
—Cuidado.
—No me conviertas en alguien que sabía siempre lo que hacía.
Clara tardó.
—¿Por qué?
—Porque esa sería otra mentira. Muchas veces estaba improvisando y luego inventaba razones.
Aquella observación cambió varios capítulos.
Clara dejó de escribir a Elena como una estratega omnisciente.
La escribió como algo más incómodo: una persona inteligente tomando malas decisiones y construyendo explicaciones después.
Mucho más humana. Mucho menos fácil de perdonar.
Clara preguntó a Elena si quería que cambiara su nombre en la novela.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Puede ser difícil.
Elena sonrió.
—Llevo demasiados años escondida detrás de versiones.
Clara decidió mantenerlo en el borrador familiar y cambiarlo en la edición comercial por razones legales.
La conversación le enseñó otra diferencia.
Asumir responsabilidad no significaba renunciar a la prudencia.
A veces la verdad también necesitaba forma.
Elena empezó a trabajar en la biblioteca del centro.
Un día llamó a Clara emocionada porque había recomendado una novela a otra interna.
Clara bromeó con que aquello era competencia desleal.
Hablar de libros se convirtió en uno de los primeros terrenos donde podían ser madre e hija sin revisar el pasado.
Elena pidió un ejemplar impreso del manuscrito aunque todavía no estuviera publicado.
Clara se negó: «Primero termina la revisión.
» Elena respondió: «Siempre fuiste controladora.
» Clara se rio. La acusación ya no dolía igual cuando podía reconocer una parte de verdad sin convertirla en herencia inevitable.
Elena devolvió las páginas del manuscrito con una única anotación: «Aquí fui peor de lo que escribes.
» Clara no corrigió de inmediato. Verificó primero.
Había aprendido la lección incluso con una confesión en la mano.
Elena empezó a subrayar novelas de la biblioteca y enviar a Clara frases que le gustaban.
Clara le pidió que dejara de hacer spoilers.
Su relación encontró un territorio nuevo hecho de libros ajenos.