Capítulo 23. Veinticuatro Horas
VEINTICUATRO HORAS
—Eso no ayuda —dijo Lucía.
Clara no apartó la vista.
—No estaba diseñado para ayudar.
Elena llamó por videoconferencia. No podía estar físicamente por las condiciones de protección y su futura imputación.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Clara rio.
—No.
Elena aceptó la respuesta.
—Antonio habría estado nervioso.
—No quiero saber cómo estaría papá.
—Vale.
Clara observó a su madre en la pantalla.
—¿Crees que dentro hay algo sobre ti?
Elena tardó.
—Sí.
—¿Te da miedo?
—Sí.
—Bien.
Elena sonrió con tristeza.
—Te lo merezco.
—No lo digo por castigo. Lo digo porque por fin no pareces tener una respuesta preparada.
La llamada terminó sin una reconciliación. Eso también fue un avance. A las seis de la tarde, Tomás confirmó que no había tráfico externo hacia la placa. Javier seguía detenido. Ningún dispositivo desconocido aparecía en la red local.
—¿Podemos relajarnos? —preguntó Irene.
Todos la miraron.
—Era una prueba —dijo.
Cenaron alrededor de la mesa. La conversación evitó la puerta durante veinte minutos. Después Marcos habló.
—Cuando termine esto quiero casarme contigo otra vez.
Clara dejó el vaso. Lucía miró a Tomás. Irene sonrió.
—Ya estamos casados —respondió Clara.
—Con documentos de Marcos Santos.
—Tú sigues siendo Marcos.
—Sí. Pero quiero firmarlo otra vez cuando mi nombre legal esté arreglado.
Clara sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Esto es una proposición?
—Más bien una regularización administrativa con componente emocional.
Irene soltó una carcajada.
—Romántico.
Marcos siguió mirando a Clara.
—No quiero que la primera boda quede convertida en falsa. No lo fue. Solo quiero elegirte otra vez sabiendo lo que sé.
Clara tragó saliva.
—Primero abrimos la puerta.
—Trato.
A las 02:17, la placa se encendió.
00 DÍAS.
ACCESO DISPONIBLE A LAS 12:00.
Todos se quedaron en silencio. Lucía miró el reloj.
—Diez horas más.
Clara soltó una risa incrédula.
—Papá era un cabrón.
Elena, aún conectada, se rio.
—Eso también lo recuerdo.
Nadie durmió. A las seis, Alicia recibió confirmación de que Javier seguía bajo custodia.
A las ocho, llegó la réplica judicial de la llave.
A las nueve, Tomás verificó la placa. A las diez, Irene hizo café.
A las once y media, dejaron de hablar. Clara permaneció frente a la puerta.
11:59. Marcos se colocó a su lado. Lucía detrás.
Alicia sostenía la llave dentro de una bolsa de pruebas.
—En cuanto llegue a cero, tú decides —dijo.
Clara asintió. 12:00. La placa emitió un clic. Una frase apareció.
CLARA VEGA.
AUTENTICACIÓN DISPONIBLE.
Alicia sacó la llave. Clara la tomó. Le temblaban las manos. Marcos lo vio.
—Podemos esperar.
Clara negó.
—Ya hemos esperado suficiente.
Introdujo la llave. Giró. La puerta se abrió hacia dentro con una suavidad insultante.
Después de un año, ninguno entró. La habitación estaba oscura.
Y desde algún lugar del interior, un teléfono comenzó a sonar.
A las cuatro de la madrugada de la última noche, Clara y Lucía se quedaron solas en el pasillo.
Los demás dormían a ratos. La placa marcaba ocho horas.
—¿Te acuerdas de cuando compartíamos habitación? —preguntó Lucía.
—Tú roncabas.
—Mentira.
—Muchísimo.
Lucía sonrió.
—Pensaba que cuando volviera tú seguirías teniendo veintipocos.
Clara la miró.
—Yo pensaba que tú estarías muerta.
—Punto para ti.
Se sentaron en el suelo.
—¿Qué haces después? —preguntó Lucía.
—¿Después de abrir?
—Sí.
Clara no supo. Durante un año, todos los planes terminaban en ese día.
—No quiero otra investigación.
—Yo tampoco.
—Quiero aburrirme.
Lucía rio.
—Yo quiero un piso.
—¿Cerca?
—No abuses.
Clara apoyó la cabeza en la pared.
—Quédate.
Lucía dejó de sonreír.
—Sí.
—No digo en esta casa.
—Ya.
—Digo aquí.
Lucía le cogió la mano.
—Me quedo.
La promesa llegó sin códigos, claves ni condiciones. A Clara le pareció más importante que cualquier cosa que pudiera haber detrás de la puerta. A las nueve de la mañana del día cero, Marcos sacó una botella pequeña de champán de la nevera. Clara lo miró.
—¿Qué es eso?
—Para después.
—¿Después de qué?
—De abrir y no morir.
Lucía levantó una ceja.
—Optimista.
Marcos guardó la botella. No la abrieron aquel día. Había demasiado que hacer. Dos semanas después, Clara la encontró. La abrió durante una cena normal.
—¿Por qué hoy? —preguntó Marcos.
—Porque sobrevivimos.
—Eso fue hace dos semanas.
—Precisamente.
Brindaron tarde. Sin cámaras. Sin puerta.
A Clara le gustó más así. Irene escribió «NO MORIR» en una nota adhesiva y la pegó junto al ordenador de Tomás.
Él añadió debajo: «Y hacer copia de seguridad.
» Lucía escribió: «En ese orden.» La nota permaneció durante toda la apertura y acabó en la caja de recuerdos de Clara.
Irene se quedó dormida en el sofá a las siete de la mañana.
Clara la cubrió con una manta. Miró a todos los demás repartidos por la casa y pensó que ninguna de aquellas personas habría estado allí un año antes.
La puerta había reunido una familia extraña antes de abrirse.
A las once cincuenta y nueve, Irene puso el móvil en modo avión.
«Por si alguien llama justo ahora y arruina el momento.
» Clara rio. Nadie llamó. Después recordaría esa última risa antes de abrir como una de las cosas que más la ayudaron a girar la llave.
Clara se duchó a las diez y media del día cero.
Lucía le preguntó cómo podía hacerlo. «No pienso abrir una conspiración con el pelo sucio.
» La frase se convirtió en chiste familiar durante años.