Capítulo 21. El Contador
EL CONTADOR
Javier seguía libre. Aquel dato eclipsaba todos los demás.
—No entiendo cómo puede seguir fuera —dijo Clara durante una reunión con Alicia.
—Porque una confesión informal sin grabación no basta y la causa de Antonio está todavía en instrucción.
—Tenemos el cuerpo.
—Sí.
—Tenemos a mamá.
—Sí.
—Tenemos la estación.
—Sí.
Alicia cerró la carpeta.
—Y por eso estamos más cerca que nunca. No voy a precipitar una detención para que su abogado la reviente.
Clara sabía que tenía razón. La odiaba un poco por ello.
Marcos llevaba una libreta nueva donde escribía cada recuerdo antes de hablarlo.
El neurólogo se lo había recomendado y Alicia convirtió el método en protocolo.
Fecha, hora, desencadenante, imagen, emoción.
Después comprobaban. Algunos recuerdos eran ciertos.
Otros no. Una tarde, Marcos recordó haber visto a Antonio en una iglesia de Lisboa.
Lucía juró que nunca habían estado allí juntos.
Dos días después encontraron una fotografía que demostraba que sí.
Otra noche recordó que Samuel le había disparado.
Ninguna prueba sostenía aquello y, al revisar el sueño, Marcos comprendió que había mezclado una conversación sobre Samuel con la imagen de Javier en el almacén.
—Esto es agotador —dijo.
Clara estaba a su lado en la cama.
—Podemos parar.
—No.
—Podemos parar hoy.
Marcos cerró la libreta.
—Eso sí.
Clara apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Tienes miedo de los treinta días?
—Tengo miedo de que todo esto termine y yo siga sin saber quién era.
—Eso va a pasar.
Marcos la miró.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no decir «vas a recordarlo todo».
Clara sonrió.
—Estoy aprendiendo.
A la mañana siguiente, recibió un mensaje de un número desconocido.
NO LLEGARÉIS AL DÍA CERO.
Alicia hizo rastrear el número. Tarjeta prepago. Sin resultados. Tomás revisó cámaras. Nada. Lucía insistió en trasladar a Clara.
—No.
—No es una pregunta.
—Pues responde tú sola.
—Clara.
—Si me voy y el sistema comprueba ocupación, podemos romper el mecanismo.
Tomás intervino.
—Tiene razón. La placa no parece usar presencia continua, pero no lo sabemos.
—Entonces os mudáis todos aquí —dijo Lucía.
Marcos soltó una carcajada.
—Eso sí sería una amenaza.
Dos días después, Alicia confirmó que Javier había desaparecido de su domicilio.
—¿Desde cuándo?
—Tres días.
Clara sintió el frío esperado.
—El mensaje.
—Probablemente.
—¿Lo vigilabais?
—No teníamos orden.
—Genial.
Alicia no discutió.
—Estamos buscándolo.
La casa se volvió más silenciosa. Cada ruido nocturno adquirió importancia. Cada coche lento. Cada sombra. Clara dejó de subir sola al pasillo de la habitación después de medianoche, aunque no se lo contó a nadie. Faltaban veintidós días cuando la placa mostró otra frase.
NO ESTÉS SOLA.
Clara hizo una fotografía. Marcos estaba detrás.
—Tu padre era bastante dramático.
Ella lo miró.
—Eso sí lo recuerdo sin S-17.
Marcos sonrió. Después el mensaje desapareció.
21 DÍAS.
Clara tomó su mano. La espera ya no era una orden.
Era una cuenta atrás hacia un lugar que todos podían ver y ninguno podía controlar.
La vigilancia cambió la relación de Clara con la casa.
Había elegido aquel lugar por el jardín y la luz.
Ahora sabía dónde se colocaba cada agente, qué coche pertenecía a la unidad y qué punto de la calle quedaba fuera de las cámaras.
Una tarde se sorprendió explicándole a Irene por qué una furgoneta aparcada frente a casa no era sospechosa.
—Escúchate —dijo Irene.
Clara se quedó callada.
—Hace un año discutías con Marcos por pintar el salón.
—Todavía discuto.
—Bien. Conserva eso.
Esa noche, Clara dejó el teléfono en un cajón durante una hora. No lo revisó. Nada pasó. Repitió al día siguiente. Después dos horas. Aquella práctica ridícula se convirtió en una forma de no permitir que la amenaza ocupara todo. Marcos hizo lo mismo con la libreta de recuerdos.
—Hoy no quiero saber nada de Daniel —dijo.
Clara levantó su copa.
—Por los días sin investigación.
Chocaron. La puerta seguía arriba. El contador seguía bajando. Pero no todo minuto tenía que pertenecerle. La noche del mensaje «NO ESTÉS SOLA», Clara pensó en llamar a Elena. No lo hizo. Llamó a Irene.
—¿Te importa venir?
—¿Ahora?
—Sí.
—Voy.
Irene apareció con pijama debajo del abrigo y una bolsa de patatas.
—No pienso preguntar por qué.
Se sentaron en el salón. Vieron un concurso absurdo.
A las dos y diecisiete, la placa no mostró nada nuevo.
Clara comprendió que pedir compañía sin justificarla también era una forma de cambiar.
Antes habría intentado parecer fuerte. Ahora simplemente no quería estar sola.
A medida que el contador bajaba, Clara soñaba menos con la puerta y más con llegar tarde.
Trenes que partían, teléfonos que no podía contestar, pasillos interminables.
La terapeuta señaló algo evidente: ya no temía lo que había detrás.
Temía no llegar a tiempo para elegir. El día veintisiete, Clara arrancó una hoja del calendario.
Después dejó de hacerlo. El contador ya existía arriba; no necesitaba duplicarlo en todas las paredes de su vida.
El último mes, los vecinos empezaron a notar la vigilancia.
Una mujer preguntó si habían tenido un robo.
Clara respondió que era una investigación.
La vecina llevó una tortilla esa tarde. Nadie preguntó más.
Clara pensó que la normalidad comunitaria podía ser una forma sorprendentemente eficaz de protección.
Un agente de vigilancia llevó un café a Clara durante una madrugada complicada.
Ella nunca supo su nombre completo. Años después lo recordaría como uno de los muchos desconocidos que ayudaron sin pedir un lugar en la historia.