La habitación que nadie abre Capítulo 19. Tomás
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Capítulo 19. Tomás

TOMÁS

Tomás apareció en la casa con dos portátiles, tres discos externos y una bolsa de comida que nadie le había pedido. Lucía llegó diez minutos después. Clara los miró.

—¿Vivís juntos sin habérmelo contado?

—No —respondieron ambos.

Demasiado rápido. Marcos sonrió.

—Eso ha sido convincente.

Lucía le lanzó una mirada. Tomás instaló el equipo en el comedor. Había conseguido una copia forense del controlador de la puerta sin abrirla, aprovechando un puerto de mantenimiento externo.

—No puedo leer el contenido cifrado —explicó—, pero puedo ver la lógica.

Clara se sentó.

—Tradúcelo.

—El contador está vinculado a la fecha registral de la compra. Si la puerta se abre físicamente antes del día final, el módulo quema una clave almacenada.

—¿Literalmente?

—La borra de forma irreversible.

—¿Y al terminar?

—La placa espera dos cosas: la llave mecánica y una autenticación biométrica.

Todos miraron a Clara.

—Mi huella.

—Probablemente.

Lucía se cruzó de brazos.

—Papá tenía una obsesión poco sana con convertirnos en contraseñas.

Tomás siguió.

—Cuando se autentica, envía una señal a varios servidores.

—¿Dónde?

—Ahí está lo interesante. Algunos ya no existen. Otros sí.

Alicia se inclinó.

—¿Puedes localizarlos?

—No sin activar algo que quizá los alerte.

—Entonces no.

Tomás asintió.

—Hay otra cosa. La placa contiene una lista de estados. Uno se llama «difusión».

Clara sintió el estómago tenso.

—¿Qué difunde?

—No lo sé.

Marcos recordó a Antonio diciendo que no podía entregar todo.

—Pruebas.

—Seguramente.

—¿Y la clave dentro?

Tomás miró la puerta.

—Puede servir para descifrar lo que se difunda.

Lucía preguntó:

—¿Eso significa que el día final tenemos que estar aquí?

—Sí.

—¿Y si no estamos?

—El sistema espera doce horas. Después destruye la clave.

Clara soltó aire.

—Perfecto.

Tomás la miró.

—No lo diseñé yo.

—Lo sé. Pero te pareces al tipo de persona que disfruta explicándolo.

Lucía rio. Tomás intentó no hacerlo. La relación entre ambos era evidente. Más tarde, cuando Marcos y Tomás bajaron al garaje, Clara se quedó con su hermana.

—¿Cuánto?

—¿Qué?

—Tú y él.

Lucía levantó una ceja.

—No hay «tú y él».

—Entonces por qué sabes que ronca.

Lucía se quedó inmóvil. Clara sonrió.

—Te conozco.

—Qué pesada eres.

—Nueve años sin poder molestarte. Tengo trabajo atrasado.

Lucía se sentó.

—No sé qué somos.

—Bienvenida al club.

—Tomás me ayudó a desaparecer. Después me ayudó a seguir viva. Eso complica las cosas.

—Y Daniel.

Lucía miró hacia la cocina.

—Daniel fue otra vida.

—¿Lo has cerrado?

—No se cierra así.

Clara esperó.

—Pero no quiero recuperarlo —continuó Lucía—. Me alegra que Marcos esté contigo.

Clara sintió un alivio que le molestó sentir.

—Gracias.

—No te pongas sentimental.

—Ni pensarlo.

Tomás volvió con una carpeta.

—He encontrado otro estado del sistema.

—¿Cuál? —preguntó Clara.

Él dejó la pantalla frente a todos.

EXPOSICIÓN.

Alicia frunció el ceño.

—¿Diferente a difusión?

—Sí.

—¿Cuándo se activa?

Tomás señaló una condición.

—Si la persona autenticada no coincide con Clara Vega.

El silencio fue inmediato. Marcos habló primero.

—¿Qué hace?

Tomás negó.

—No lo sé.

Lucía miró a su hermana.

—Entonces el día final nadie toca esa puerta excepto tú.

Clara sostuvo su mirada.

—Por una vez, estamos todos de acuerdo.

Afuera, un coche pasó lentamente por la calle. Tomás dejó de hablar. Alicia se acercó a la ventana. El coche siguió.

—¿Lo conoces? —preguntó Clara.

—No.

Alicia tomó una fotografía de la matrícula. Diez minutos después supieron que era falsa. El contador marcaba 176 días. La espera acababa de adquirir testigos. Tomás terminó quedándose a cenar. Lucía protestó.

—No estaba invitado.

—He instalado un sistema que os evita publicar media red criminal por accidente.

—Eso no incluye tortilla.

Irene lo señaló.

—Yo voto que se quede.

Clara observó cómo Lucía y Tomás discutían sobre la cebolla. Marcos se inclinó hacia ella.

—Son pareja.

—No.

—Claramente.

—Ella dice que no.

—Tú decías que no estabas obsesionada con la puerta.

Clara le dio una patada por debajo de la mesa. Más tarde, Tomás salió al jardín a revisar una cámara. Clara fue detrás.

—¿Por qué ayudaste a Lucía?

Él tardó.

—Porque me pidió ayuda.

—Eso no basta.

—Para mí sí.

Clara lo miró. Tomás suspiró.

—Trabajaba para una empresa de E-00. Descubrí que mi función era mantener sistemas que se usaban para seguir personas. Lucía me enseñó qué estaban haciendo.

—¿Te enamoraste de ella?

Tomás sonrió.

—Eso sí que no es asunto técnico.

—Respuesta.

—Sí.

Clara asintió.

—Bien.

—¿Bien?

—Solo quería saber si soy la única rodeada de relaciones complicadas.

Tomás rio. Desde la ventana, Lucía los miraba. Clara levantó una mano.

—No te preocupes. No te lo voy a robar.

Lucía abrió la puerta.

—Idiota.

La casa se llenó de risas. Por unos minutos, el sistema que habían instalado parecía proteger algo mucho más simple que datos.

Tomás y Marcos se hicieron amigos de una forma que Clara no vio venir.

Empezó con cables. Después coches. Finalmente videojuegos.

Lucía los encontró una noche discutiendo sobre un mando.

—¿En serio?

Marcos levantó la vista.

—Tenemos derecho a hobbies.

Tomás añadió:

—La red puede esperar.

Lucía miró a Clara.

—Los hombres sobreviven a una conspiración y vuelven a tener doce años.

Clara sonrió. Aquellas horas de normalidad crearon un vínculo entre dos hombres que habían conocido a Daniel en etapas distintas.

Marcos no necesitó preguntar a Tomás quién había sido.

Tomás tampoco intentó contárselo. Eso fue probablemente la razón por la que acabaron confiando.

Lucía encontró en Tomás una costumbre que no recordaba de antes de desaparecer: dormir con el móvil apagado.

«¿No te da miedo no estar localizable?» preguntó Clara.

Tomás respondió: «Precisamente por eso.» Lucía empezó a hacerlo también.

Algunas formas de seguridad consistían en desconectarse.

Tomás añadió una alarma física al sistema: una campanilla barata sobre la puerta del pasillo.

Lucía se rio de la tecnología. Él respondió que las soluciones simples no podían hackearse a distancia.

La campanilla terminó sonando más por corrientes de aire que por amenazas.

Tomás entregó a Clara una copia impresa del esquema del sistema.

Ella la miró, no entendió casi nada y escribió encima: «PUERTA ESPERA / CLARA AbrE / NO TOCAR.

» Tomás protestó por la simplificación. Años después reconocería que era el resumen más útil.

Lucía y Tomás discutieron por primera vez delante de todos sobre algo completamente ajeno a E-00: dónde pasar un fin de semana.

Clara observó fascinada. «Esto sí parece una pareja», dijo. Ambos la mandaron callar.