La habitación que nadie abre Capítulo 17. Alicia Vega
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Capítulo 17. Alicia Vega

ALICIA VEGA

Alicia tardó dos días en contarles la verdad sobre sí misma.

No porque dudara del resultado. Porque no sabía cómo hacerlo.

Citó a Clara y Lucía en una sala privada de la comisaría.

Marcos quiso ir, pero Alicia pidió que aquel primer momento fuera solo de ellas.

Sobre la mesa había un informe genético. Clara lo reconoció demasiado rápido.

—No.

Alicia se sentó. Lucía miró de una a otra.

—¿Qué pasa?

Alicia respiró.

—Antonio Vega era mi padre.

Silencio. Lucía soltó una risa nerviosa.

—Claro.

Clara la miró.

—¿Claro?

—No. Pero después de estas semanas siento que «tenemos otra hermana» entra dentro de lo razonable.

Alicia casi sonrió.

—Mi madre se llamaba Laura Torres. Conoció a Antonio antes de Elena. Yo crecí creyendo que mi padre había muerto antes de que naciera.

Clara sintió una ironía amarga.

—También te mató en vida.

—Algo así.

—¿Lo conociste?

Alicia tardó.

—Sí.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Cuándo?

—En 2012.

Lucía dejó de sonreír.

—Papá estaba vivo.

—Sí.

Alicia explicó que un hombre se había puesto en contacto con ella diciendo conocer a su padre. Tardó meses en descubrir que aquel hombre era Antonio. Se reunieron varias veces. Él nunca le contó la existencia de E-00 completa, pero sí le habló de errores que intentaba corregir.

—¿Sabías que éramos tus hermanas?

—De ti y Lucía, sí.

Clara sintió otra punzada.

—¿Y nunca apareciste?

—Antonio me pidió que no lo hiciera.

Clara se levantó.

—Por supuesto.

Alicia no intentó defenderse.

—Tenía veintisiete años y acababa de descubrir que mi padre estaba vivo. Hice lo que me pidió.

Lucía preguntó:

—¿Por qué te eligió después Daniel para entregar los archivos?

Alicia la miró, sorprendida.

—¿Cómo sabes eso?

—Daniel me lo contó antes de desaparecer.

Alicia juntó las manos.

—Porque yo ya era policía y Antonio confiaba en mí. Pero Daniel nunca llegó a la cita.

Clara volvió a sentarse.

—Entonces llevas nueve años investigando esto.

—No oficialmente todo el tiempo. Seguí pistas. Cuando aparecisteis con la puerta, entendí que Antonio había activado algo.

Clara miró el informe.

—¿Qué quieres que hagamos con esto?

Alicia negó.

—Nada.

—Somos hermanas.

—Biológicamente.

—Eso no es nada.

—Tampoco obliga a nada.

Lucía la observó.

—¿Quieres serlo?

Alicia no respondió inmediatamente.

—No sé cómo.

Lucía sonrió.

—Perfecto. Nosotras tampoco.

Clara sintió que algo se relajaba. No hubo abrazo. No aquella tarde. Salieron de la comisaría y fueron a tomar café porque ninguna sabía qué más hacer. Lucía empezó a hacer preguntas.

—¿Cuándo cumples años?

—En febrero.

—¿Mayor o menor que yo?

—Mayor.

Lucía miró a Clara.

—Bien. Ya no soy la responsable.

—Nunca lo fuiste —dijo Clara.

—Mamá no opinaría lo mismo.

Alicia rio. El sonido sorprendió a las tres. Clara sacó el móvil. Buscó el contacto. Alicia Torres. Lo editó. Alicia - hermana. Lo dejó así. Alicia lo vio.

—Eso es bastante intenso.

—No sé hacerlo a medias.

Lucía levantó una ceja.

—Confirmo.

Alicia guardó el teléfono.

—Entonces yo también.

Clara recibió un mensaje segundos después.

GRUPO NUEVO: HERMANAS VEGA.

Lucía miró su pantalla.

—No.

Alicia sonrió.

—Sí.

—Ese nombre es horrible.

Clara empezó a reír. Durante unos minutos, E-00 dejó de existir.

No porque hubiera desaparecido. Porque tres mujeres que habían heredado secretos distintos del mismo hombre estaban discutiendo sobre el nombre de un grupo de mensajes.

Aquello resultó extrañamente importante.

El grupo «Hermanas Vega» se convirtió en una forma de aprenderse.

Alicia escribía a las siete de la mañana.

Lucía no respondía antes de las diez. Clara intentaba imponer horarios que ninguna respetaba.

Un domingo, Alicia envió una foto de un plato de lentejas. Lucía respondió:

¿ESO ES COMIDA DE POLICÍA?

Alicia:

ES COMIDA.

Clara:

PARECE UN DELITO.

La conversación duró cuarenta mensajes. Después Alicia escribió: Nunca he tenido esto.

Clara miró la pantalla. Lucía tardó en contestar.

Yo tampoco así. Clara escribió: Pues acostumbraos.

Ninguna añadió emoticonos. No hacía falta.

A veces la reconstrucción de una familia consistía en cosas ridículas: saber quién llegaba tarde, quién odiaba el cilantro, quién mandaba audios de cuatro minutos.

Antonio había dejado pruebas para reunirlas alrededor de un delito.

Ellas empezaban a encontrarse alrededor de una conversación sobre lentejas.

Alicia descubrió que compartía con Clara una alergia absurda a los kiwis. El hallazgo ocurrió en un desayuno.

—No puedo comer eso —dijo Alicia.

Clara levantó la vista.

—Yo tampoco.

Lucía las miró.

—Esto sí que es una prueba genética.

Las tres rieron. Después empezaron a buscar parecidos.

La forma de fruncir el ceño. La manía de llegar pronto de Alicia, heredada quizá de Antonio.

La impaciencia de Clara. Lucía protestó porque ella parecía haber heredado solo «problemas de puntualidad».

Aquellos parecidos no demostraban nada importante.

Precisamente por eso se volvieron importantes.

Alicia se negó al principio a usar el apellido Vega.

No porque rechazara a Antonio, sino porque el apellido Torres pertenecía a la madre que la había criado.

Clara entendió de inmediato. Después de Daniel y Marcos, nadie en aquella familia volvería a tratar un nombre como una simple etiqueta.

Clara empezó a descubrir parecidos entre Alicia y Antonio que no sabía si eran reales.

La forma de sujetar una taza. Una palabra.

Un gesto. Decidió no anotarlos. No todo necesitaba convertirse en evidencia genética.

Alicia llevó a sus hermanas a conocer a su madre.

Fue una visita breve y tensa. Laura Torres miró a Clara y Lucía durante mucho tiempo antes de decir: «Antonio tenía los mismos ojos cuando mentía.

» Clara decidió que aquella mujer le caía bien de inmediato.

Alicia no sabía qué regalo hacer a Clara por Navidad.

Terminó comprando una carpeta de buena calidad para el manuscrito.

Lucía la acusó de ser aburrida. Clara la usó durante toda la edición.