La habitación que nadie abre Capítulo 16. La Hermana Desaparecida
32%

Capítulo 16. La Hermana Desaparecida

LA HERMANA DESAPARECIDA

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

—No.

—¿Quieres que entre contigo?

—Tampoco.

—Perfecto. Una posición muy clara.

Clara sonrió apenas. A las seis y catorce, la puerta se abrió.

Lucía entró. Clara había construido su regreso tantas veces que la realidad tardó en encajar.

Su hermana tenía el pelo más corto, algunas arrugas alrededor de los ojos y una cicatriz fina cerca de la mandíbula.

Pero era Lucía. La misma inclinación de cabeza.

La misma forma de morderse el labio cuando no sabía qué decir. Tres metros las separaban.

—Hola —dijo Lucía.

Clara no respondió. Se acercó. La bofetada sonó en la habitación. Lucía no se defendió. Clara la golpeó otra vez, esta vez en el pecho con ambas manos.

—Nueve años.

Lucía empezó a llorar.

—Sí.

—Nueve años.

—Lo sé.

—No digas eso.

—Perdón.

Clara la abrazó. No fue un abrazo bonito. Lucía perdió el equilibrio y chocaron contra la pared. Las dos lloraron con una violencia que las dejó sin aire.

—Pensé que estabas muerta.

—Perdón.

—Te odié.

—Lo sé.

Clara se separó.

—He dicho que no lo digas.

Lucía rio entre lágrimas.

—Vale.

Se sentaron. Durante una hora hablaron de cosas que no tenían nada que ver con E-00.

Dónde había vivido. Cómo se cortó el pelo.

Si había estado enferma. Qué comía. Qué nombre utilizó.

Clara necesitaba reconstruir primero a su hermana como persona antes de permitir que volviera a ser una fuente de información. Finalmente preguntó:

—¿Por qué no me llamaste nunca?

Lucía bajó la mirada.

—Al principio no podía. Después tuve miedo de que rastrearan cualquier contacto. Luego pasó tanto tiempo que no sabía cómo volver sin destruirte.

—Así que decidiste seguir destruyéndome desde lejos.

Lucía aceptó el golpe.

—Sí.

—Mamá sabía dónde estabas.

—A veces. No siempre.

—¿Y papá?

—Me ayudó a desaparecer.

Clara sintió que la palabra padre volvía a abrir una herida.

—¿Lo viste después de 2001?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Muchas.

Clara cerró los ojos.

—No sé si puedo perdonaros eso.

—No tienes que hacerlo.

Esa respuesta ayudó más que cualquier defensa. Marcos entró cuando Clara se sintió preparada. Lucía se levantó.

—Daniel.

Él se detuvo.

—Marcos.

Lucía cerró los ojos un instante.

—Hola, Marcos.

—Hola.

Permanecieron así. Clara no sabía qué esperaba. Un abrazo quizá. Un silencio más dramático. Lucía sonrió.

—Has envejecido.

Marcos soltó una risa.

—Tú tampoco estás igual.

—Idiota.

La naturalidad de la palabra hizo que ambos se quedaran quietos. Un resto de intimidad antigua apareció y desapareció. Lucía se sentó.

—No voy a fingir que esto no es raro.

—Gracias —dijo Clara.

Marcos miró a Lucía.

—¿Me querías?

Clara cerró los ojos.

—Marcos...

—Necesito preguntarlo aquí.

Lucía sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Y ahora?

—Ahora me alegra que estés vivo.

—No es lo que he preguntado.

—Es lo que puedo responder.

Marcos asintió.

—Vale.

Lucía miró a Clara.

—No vine a recuperar nada.

—Bien.

—Daniel formó parte de mi vida. Marcos forma parte de la tuya.

Clara respiró.

—Y de la suya.

Lucía sonrió.

—Sí. Sobre todo.

Aquella tarde salieron juntos del apartamento.

Por seguridad, no podían ir a un restaurante ni caminar sin escolta.

Aun así, Clara sintió algo parecido a una normalidad imposible.

Su hermana estaba viva. No arreglaba nueve años.

No borraba el daño. Pero estaba viva. Y por primera vez desde que empezó todo, una de las personas que había estado detrás de una pantalla cruzaba una puerta para quedarse.

La primera noche de Lucía en la casa fue más difícil que el reencuentro. Insistió en dormir en el sofá.

—Hay habitaciones libres —dijo Clara.

Lucía miró hacia arriba.

—Paso.

—No todas están malditas.

—No me arriesgo.

A las tres de la mañana, Clara bajó por agua y la encontró despierta.

—¿No puedes dormir?

Lucía negó.

—Aquí huele igual que casa de mamá cuando éramos pequeñas.

Clara se sentó.

—¿Eso es bueno?

—No sé.

Lucía miró sus manos.

—No pensé que volver sería esto.

—¿Qué esperabas?

—Que me sintiera en casa.

Clara entendió.

—Yo tampoco me sentí en casa cuando compramos esta casa.

Lucía sonrió.

—Eso fue antes de descubrir el cadáver equivocado.

—Sí. No ayuda.

Permanecieron en silencio.

—¿Por qué no me buscaste? —preguntó Clara.

—Lo hice.

—¿Cómo?

Lucía sacó el móvil. Mostró fotografías tomadas desde lejos. Clara saliendo del trabajo. Clara con Marcos. Una Navidad. Clara sintió rabia.

—Estabas cerca.

—A veces.

—Y no viniste.

—No podía.

—Siempre podías.

Lucía lloró.

—Tenía miedo.

Clara cerró los ojos. La misma palabra. Miedo. Estaba empezando a odiarla menos que «protección».

—La próxima vez, ten miedo delante de mí.

Lucía rio entre lágrimas.

—Trato.

Aquella fue la primera promesa entre hermanas que ambas decidieron cumplir. Lucía empezó a dejar cosas en la casa de Clara. Primero un cargador. Después una chaqueta. Luego unas zapatillas.

—Te estás mudando —dijo Clara.

—No.

—Hay tres pares de zapatos tuyos.

—Eso no es una mudanza.

Marcos pasó por detrás.

—Conmigo empezó igual.

Lucía le lanzó un cojín. Clara sonrió. Durante nueve años había conservado intacta una caja con objetos de su hermana porque no sabía si volvería.

Ahora se quejaba de que dejara demasiadas cosas.

El cambio resultaba casi obsceno de tan normal.

Y le encantaba. Lucía pidió recuperar su antiguo DNI.

Lo sostuvo y dijo que la mujer de la fotografía le parecía otra persona.

Clara respondió que también le ocurría con fotos de hacía diez años.

Lucía sonrió. Por primera vez, algo de su pérdida parecía compartido por cualquiera, no solo por una desaparecida.

Lucía durmió finalmente en la habitación de invitados a la tercera noche.

Antes de cerrar la puerta dijo: «Si empieza una cuenta atrás, me voy.

» Clara respondió que podía abrirla cuando quisiera.

Ambas se quedaron quietas. Después rieron.

Era una broma que solo ellas podían entender.

Lucía pidió ver su habitación de infancia en casa de Elena.

Todo había cambiado. Clara esperaba que aquello la destrozara.

Lucía se limitó a decir: «Odiaba esas cortinas.

» Ambas rieron. El regreso no siempre encontraba altares.

A veces encontraba decoración fea. Lucía pidió una llave de la casa.

Clara se la dio. Ambas se quedaron mirando el objeto.

«Sin temporizador», dijo Clara. Lucía rio.

Fue la primera llave que su hermana recibió en años para entrar, no para escapar.