Capítulo 14. La Estación
LA ESTACIÓN
La estación llevaba cerrada al público casi quince años.
Alicia consiguió autorización para entrar gracias a una sociedad pantalla que aparecía en el expediente de Daniel.
El edificio estaba en las afueras, invadido por humedad, polvo y grafitis.
El antiguo reloj seguía colgado sobre el vestíbulo principal, detenido a las cuatro y doce. Marcos se quedó bajo él.
—Aquí.
Clara se acercó.
—¿Lo recuerdas?
—No exactamente.
—No lo fuerces.
Él sonrió.
—Todos me decís eso justo antes de hacerme veinte preguntas.
Alicia levantó una mano.
—Hoy no. Primero miramos.
Encontraron el almacén al fondo del andén tres.
La puerta metálica tenía una cerradura moderna instalada sobre una estructura antigua.
Tomás, un técnico que colaboraba con Alicia en análisis de dispositivos, tardó varios minutos en abrirla.
Era la primera vez que Clara lo veía. Treinta y tantos, barba descuidada, una mochila llena de herramientas y la costumbre de hablar solo cuando tenía algo que decir.
—Hay corriente —dijo al entrar.
—¿Después de quince años? —preguntó Clara.
—No viene del edificio.
Siguió un cable hasta una batería industrial conectada a un pequeño sistema de mantenimiento. Dentro había una sala. Una silla reclinable. Un armario médico vacío. Cables. Y, en una pared, bajo varias capas de pintura, tres caracteres.
S-17.
Marcos dejó de respirar.
—Necesito salir.
Clara fue hacia él.
—Vamos.
—No.
Se apoyó en la pared.
—Espera.
Alicia se acercó despacio.
—Antes de recordar nada, coge el móvil y graba tu voz.
Marcos obedeció.
—Estoy en la estación. Sala con S-17. Recuerdo una luz blanca. Lucía estaba aquí. Antonio...
Se detuvo. Clara sintió el nombre de su padre como un golpe.
—¿Papá?
Marcos cerró los ojos.
—Está herido.
—¿Cuándo?
Alicia intervino.
—Clara, no dirijas.
Ella apretó los dientes. Marcos siguió.
—Javier. Un arma. Elena grita.
Su respiración se aceleró.
—Daniel —dijo Clara.
Él abrió los ojos de golpe.
—No.
—Perdón.
Marcos se llevó una mano al pecho.
—Me dispararon algo.
Tomás miró la silla.
—¿Una inyección?
—Sí.
Alicia se agachó.
—¿Quién?
Marcos negó.
—No veo la cara.
—Para.
—No.
—Marcos.
—Necesito saber.
Clara se colocó delante.
—Y si te rompes intentando recordar, seguimos sin saber.
Él la miró. La frase funcionó. Salieron al andén. Media hora después, Marcos estaba más estable. Tomás se había quedado dentro revisando el sistema eléctrico. Alicia recibió una llamada.
—Han encontrado registros de acceso.
—¿De cuándo? —preguntó Clara.
—2017.
—¿Nombres?
Alicia miró a Marcos antes de responder.
—Daniel Robles. Lucía Vega. Antonio Vega. Elena Vega. Javier Salcedo. Samuel Ortega.
Marcos soltó una risa amarga.
—Reunión familiar.
Tomás apareció.
—Hay algo más.
Llevaba una pequeña bolsa de pruebas. Dentro había un tapón de vial.
—S-17 —dijo Alicia.
Tomás negó.
—No lo sé. Pero tiene un código de lote.
Marcos lo miró.
—¿Puede rastrearse?
—Si alguien conservó archivos.
Alicia tomó la bolsa.
—Lo intentaremos.
Clara se volvió hacia el reloj.
—Lucía dijo que aquí intentó impedir que subieras a un tren.
—Sí.
—Pero esta sala demuestra que volviste.
Marcos cerró los ojos.
—Me cogieron antes.
—¿Quién?
—Javier me dijo que Antonio necesitaba ayuda.
Clara sintió frío.
—Te trajo usando a papá.
Marcos asintió.
—Y Antonio estaba aquí de verdad.
—¿Por qué?
—Quería recuperar algo.
—¿Qué?
Marcos abrió los ojos.
—Una copia.
Alicia se acercó.
—¿De S-17?
—No. De E-00.
—¿Dónde?
Marcos miró la sala.
—No aquí.
La certeza de esa respuesta sorprendió a todos.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Clara.
—Porque recuerdo que la escondí antes.
—¿Dónde?
Marcos negó.
—Eso no.
Tomás se apoyó en el marco.
—Entonces tenemos un problema.
Alicia lo miró.
—¿Cuál?
—Si esa copia es lo que Antonio quiso proteger con la casa, alguien lleva nueve años intentando encontrarla.
Clara observó la entrada de la sala. Por primera vez, la habitación de su casa dejó de parecer el único lugar cerrado de aquella historia.
Había otra puerta. Y Daniel había sido quien escondió la llave.
Tomás encontró en el almacén de la estación un detalle que todos habían pasado por alto: una toma de datos escondida detrás de un panel. Conectó un lector aislado.
—Hay memoria local.
Alicia se acercó.
—¿De 2017?
—Parte.
El sistema conservaba registros de apertura y temperatura, no contenido médico. Aun así, una hora destacó: 22:43. Puerta abierta. 22:51. Puerta cerrada. 23:07. Puerta abierta.
—Dos salidas —dijo Clara.
Marcos cerró los ojos.
—La primera fue Lucía.
—¿Seguro?
—No. Lo siento.
Alicia señaló el cuaderno. Marcos escribió. Tomás encontró otro registro: un fallo eléctrico a las 23:09.
—Eso puede explicar por qué algunas cámaras dejaron de grabar.
Alicia miró la cronología.
—Y por qué quien movió a Daniel tuvo una ventana sin vigilancia.
Clara comprendió que el misterio de aquella noche no dependía solo de recuerdos. También estaba grabado en pequeños comportamientos de máquinas que nadie había pensado borrar.
—Me gustan los sistemas aburridos —dijo Tomás.
Lucía, al enterarse después, respondió:
—Por eso te gustan los ordenadores.
Clara detectó el tono. Tomás también. Fue la primera señal clara de que la historia entre ambos era más antigua de lo que ninguno quería admitir. Alicia hizo cerrar el almacén de la estación después del registro. Marcos pidió volver una última vez.
—¿Para qué?
—Quiero salir por mi cuenta.
Alicia aceptó. Entró solo. Clara esperó fuera. Diez minutos después apareció.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—¿Nada?
—Me he sentado. He mirado la silla. Y me he ido.
Clara sonrió.
—Muy cinematográfico.
—Muchísimo.
Marcos miró el edificio.
—La última vez me sacaron de aquí sin elegir.
Subió al coche.
—Esta vez no.
Clara arrancó. No volvieron jamás. En el andén, Marcos encontró una moneda portuguesa de dos euros atrapada bajo un banco.
La guardó por impulso y después se rio de sí mismo.
«Ahora todo parece pista.» La lanzó a una máquina de café y compró dos vasos.
Fue una manera deliberada de impedir que el pasado convirtiera cada objeto en reliquia.
La estación olía distinto al salir. No había cambiado el aire; había cambiado Marcos.
Clara lo notó cuando él dejó de mirar atrás.
No recuperó toda la noche de 2017. Pero había conseguido salir de un lugar que durante años solo existió dentro de un hueco.
El reloj de la estación fue retirado después del registro.
Marcos pidió que no se lo ofrecieran como recuerdo.
«No quiero vivir en un museo de mi trauma.
» Clara sonrió. Habían acumulado suficientes reliquias sin necesidad de llevarse también un reloj de cien kilos.
Al salir de la estación, Clara vio un tren pasar por una línea cercana.
Marcos lo siguió con la mirada. «No siento nada», dijo.
Clara respondió: «Eso también es sentir algo.
» Él puso los ojos en blanco, pero sonrió.