Capítulo 13. El Matrimonio
EL MATRIMONIO
La primera noche que Marcos durmió en el despacho, Clara fingió que había sido decisión de ambos.
No lo fue. Habían discutido durante la cena.
Una discusión sin gritos que resultó peor precisamente por eso.
Marcos quería ver a Lucía. A solas. Clara había dicho que sí demasiado rápido. Él lo había notado.
—Puedes decir que te molesta.
—No me molesta.
—Clara.
—¿Qué quieres que diga?
—La verdad.
Ella dejó el tenedor.
—No sé cuál es.
Marcos la miró.
—Eso sí te lo creo.
La conversación terminó allí, pero la tensión no. A las once, él cogió una almohada.
—Voy a dormir en el despacho.
—No hace falta.
—A mí sí.
Clara no lo detuvo. A la mañana siguiente encontraron la puerta misteriosa apagada y el matrimonio igual.
Lucía aceptó reunirse con Marcos mediante videollamada primero.
Clara se quedó fuera de la habitación por elección propia.
Durante cuarenta minutos escuchó voces amortiguadas.
No intentó entender las palabras. Cuando Marcos salió, parecía agotado.
—¿Bien? —preguntó Clara.
—No.
—Vale.
Él sonrió apenas.
—Me gusta que hayas dejado de preguntar eso esperando un sí.
Clara cerró el portátil.
—¿Qué habéis hablado?
—De nosotros.
—¿De vosotros?
—De Daniel y Lucía.
Clara sintió la punzada esperada. Marcos siguió.
—Me ha contado cómo nos conocimos. Qué nos gustaba. Por qué discutíamos.
—¿Te ha vuelto algo?
—Pequeñas cosas.
—¿Qué?
Marcos pensó.
—Su manera de fumar cuando estaba nerviosa. Aunque ahora ya no fuma.
Clara sonrió sin querer.
—Eso parece bastante específico.
—Sí.
—¿Algo más?
—La quería.
Clara bajó la mirada. Marcos se acercó.
—No sé cómo decir esto sin hacerte daño.
—No puedes.
—Entonces lo digo.
Clara asintió.
—Cuando recuerdo algo de ella, no siento que te esté traicionando. Siento que estoy descubriendo a alguien que fui.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
Clara respiró.
—Lo intento.
Él se sentó frente a ella.
—Tengo miedo de que un día despierte y recuerde una vida entera que prefiera a esta.
La frase golpeó donde Clara no quería mirar.
—Yo también.
Marcos cerró los ojos.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque si me dices que eso no puede pasar, sabré que mientes.
Clara le cogió la mano.
—Y yo tengo miedo de otra cosa.
—¿Cuál?
—Que intentes quedarte conmigo por culpa. Porque Marcos me quiere y creas que Daniel tiene que obedecer.
Él abrió los ojos.
—No sé separar tanto.
—Entonces no lo hagas hoy.
Aquella tarde fueron al hospital donde Alicia había conseguido que un neurólogo independiente revisara los informes de Marcos. El especialista fue prudente.
—No sabemos qué parte de sus lagunas es consecuencia de una intervención farmacológica, trauma, lesión o condicionamiento posterior.
—¿Puedo recuperar todo? —preguntó Marcos.
—Probablemente no.
—¿Eso es malo?
El médico lo miró.
—No necesariamente.
Clara vio cómo la respuesta lo desconcertaba.
—La identidad no es una base de datos —continuó el neurólogo—. Usted no es menos usted porque no recuerde cada año. La pregunta útil quizá no sea «¿cómo vuelvo a ser Daniel?», sino «¿qué hago con lo que vaya recuperando?».
Al salir, Marcos permaneció en silencio. Esa noche entró en el dormitorio con la almohada.
—¿Vuelves?
—Si me dejas.
Clara se apartó para hacerle sitio. Poco después, a oscuras, Marcos habló.
—Clara.
—¿Qué?
—Llámame Daniel.
Ella tardó.
—Daniel.
Él cerró los ojos. Permanecieron así unos segundos.
—Otra vez.
—Daniel.
Marcos respiró. Después negó.
—No.
Clara abrió los ojos.
—¿No qué?
—No quiero que me llames así todavía.
—Vale.
—Pero tampoco quiero huir cada vez que alguien lo diga.
Clara se acercó un poco.
—Entonces tendremos que acostumbrarnos.
Marcos sonrió en la oscuridad.
—Tú siempre conviertes las crisis existenciales en tareas.
—Alguien tiene que organizar esto.
Él rio. La distancia entre ambos no desapareció.
Pero aquella noche volvieron a dormir en la misma cama.
No era una solución. Era una elección pequeña.
Y, después de semanas en las que todo parecía decidido por personas muertas o escondidas, las elecciones pequeñas empezaban a importarles más que las grandes.
Clara empezó terapia unas semanas después. No se lo contó a nadie salvo Marcos.
—¿Por mí? —preguntó él.
—No todo gira alrededor de ti, Daniel.
Marcos la miró. Clara sonrió.
—Era broma.
La terapeuta no conocía los detalles judiciales al principio. Clara habló de una hermana desaparecida, un padre con una muerte falsa, una madre que ocultaba información y un marido con amnesia inducida. La mujer guardó silencio.
—Ya sé cómo suena —dijo Clara.
—Suena a que llevas meses respondiendo preguntas de todos menos las tuyas.
Aquello la incomodó.
—¿Qué pregunta es la mía?
—No lo sé.
Clara salió enfadada. Volvió la semana siguiente. Con el tiempo entendió que su miedo principal no era perder a Marcos a manos de Daniel. Era descubrir que llevaba años construyendo su identidad alrededor de personas ausentes. Lucía. Antonio. Elena. Ahora Marcos.
—¿Y quién eres cuando no estás buscando a alguien? —preguntó la terapeuta.
Clara no supo responder. Aquel vacío terminó empujándola, mucho después, hacia la escritura.
No para entender el caso. Para entender quién quedaba cuando el caso no ocupaba cada habitación.
La terapia de Clara empezó a alterar su manera de hablar con Marcos.
Antes, cuando él decía «no sé», Clara intentaba rellenar el hueco.
Ahora aprendía a dejarlo. Una noche Marcos preguntó:
—¿Crees que Daniel habría querido casarse contigo?
Clara sintió la tentación de responder rápido.
—No lo sé.
—¿Te molesta no saber?
—Sí.
—A mí también.
Y ahí terminó. No buscaron a Lucía. No revisaron cartas.
No pidieron a Elena una interpretación. La pregunta permaneció sin respuesta.
Clara descubrió que tolerar un hueco podía ser una forma de confianza.
Durante una sesión, la terapeuta preguntó a Clara qué perdería si Marcos dejara de ser como ella lo recordaba.
Clara respondió «a mi marido». Después corrigió: «la idea que tengo de mi marido».
La diferencia la acompañó mucho tiempo. Clara guardó la almohada del despacho después de que Marcos volviera al dormitorio.
No sabía por qué. Semanas después la encontró y se rio.
Habían convertido una crisis matrimonial en un objeto doméstico. La puso en la habitación de invitados.
Clara y Marcos acordaron una palabra para detener conversaciones sobre el pasado cuando alguno estuviera saturado: «cocina».
La eligieron porque no tenía relación con nada.
Durante meses la usaron tres veces. Años después seguían riéndose cuando alguien decía «cocina» en una discusión seria.
Marcos compró dos tazas nuevas después de volver al dormitorio.
Una decía M y otra C. Clara se burló. Él respondió que necesitaban problemas matrimoniales más pequeños. Las tazas duraron años.