La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 24 Alma estelar
49%

24 Alma estelar

ALMA ESTELAR

MAR AMARILLO, AGUAMARINA

Ariul

Cassandra le lanzó una mirada punzante a Lena al tiempo que hablaba con Marcius.

El último de los coraceros había abandonado la sala, pero los miembros de la asamblea seguían dentro, hablando unos por encima de otros, solapándose y aumentando el guirigay que se sumaba al creciente revuelo.

—Lena, ¿estás bien?

Lena se volvió hacia Tiago, con los puños apretados.

—¿En serio? ¿Que si estoy bien? —dijo, apretando los labios y apartando la mirada del canciller—. ¿Eso es lo mejor que se te ocurre después de acosarme a preguntas?

—Lena…

—Me has acribillado como si fuera una delincuente. ¿Qué ha pasado después de todo ese discurso tuyo sobre la confianza?

—Mira, sé que estás enfadada…

—¿Enfadada? —respondió con sorna—. ¿Quién? ¿Yo? Qué va, está todo bien. Preocúpate mejor por toda esta gente —dijo, señalando a los miembros de la asamblea—. ¿No te has enterado? Al parecer, soy una amenaza pública.

Tiago alzó las manos.

—Te entiendo. Te sientes traicionada.

Lena abrió los ojos como platos.

—¡Vaya! ¿Así que también puedes leer la mente?

—Mira, no había nada que pudiera hacer para evitar esto. Querían pruebas de que no tenías nada que ver con los biomecas. Ahora ya saben quién eres.

Ella giró la cabeza hacia un lado.

—Entonces… ¿ya está? ¿Ahora soy libre para irme?

—Dos hiranálisis han confirmado que no eres una biomeca, y tu aventura cerca de la Forja demuestra que no tienes nada que ver con nuestros enemigos. Por desgracia, tu amigo Makoto ha llamado la atención.

—Espera —exclamó, mientras su pulso se aceleraba—. ¿Makoto? ¿Qué tiene que ver él con todo esto?

Tiago desvió la mirada, estudiando a Cassandra.

—Cuando el biomeca tocó a tu amigo, seguramente tuvo tiempo suficiente para dejarle un rastreador subepidérmico.

Ella parpadeó.

—¿Un rastreador… qué?

—Un rastreador subepidérmico. Así es como marcan a la gente. También pueden hacer fotos con sus óculos. Si el biomeca logró regresar a su nave… puede que tengamos un problema.

A Lena se le tensó el cuerpo.

—Pero él… el biomeca, quiero decir… no tenía ninguna unidad de proyección.

—Los biomecas no necesitan una unidad para hacer fotos. Tienen implantes conectados a sus retinas.

Ella se encogió de hombros.

—Vale, pues entonces ese biomeca podría tener una foto nuestra. ¿Dónde está el problema?

—Si logró regresar a su nave, apuesto a que sus compañeros estarán interesados en averiguar qué hacía allí el hijo de un miembro del Hexaedro.

Lena miró fijamente a Tiago, dándose cuenta de la situación.

—¿Quieres decir que todos esos biomecas… —dijo, señalando la salida por la que habían avanzado los coraceros— …han venido a por Makoto?

El canciller asintió.

—Hay formas para capturarlo más sutiles, pero habrían requerido tiempo y planificación. Esto es una acción de fuerza, Lena. Una como nunca hemos visto en la historia del Proyecto Defensio. Sea lo que sea lo que quieran de Makoto, lo quieren ya.

A Lena le dio un vuelco el corazón. Makoto estaba en peligro, y todo por su culpa.

—Pero ¿cómo han podido…?

—Espera —dijo Tiago, volviéndose hacia Cassandra, que estaba levantando la mano—. Vamos a escuchar lo que tiene que decir.

Cuando el murmullo se calmó, Cassandra se dirigió a la asamblea.

—Honorables miembros, hemos establecido la identidad de Lena Maruishi.

Sin embargo, muchas cosas relativas a su llegada y a la fuente de su información siguen sin estar claras.

Podría suponer una amenaza para la seguridad de Aguamarina y para los miembros del Proyecto.

Por ello, me encargaré de interrogar a la chica personalmente.

Hasta entonces, puede moverse libremente por las secciones públicas de la base. Se levanta la sesión.

La gente abandonó la sala, lanzando miradas a Lena mientras caminaban. Le habría gustado que dejaran de hacerlo.

—Ven conmigo —dijo Tiago, encarando la salida con paso ligero y sin detenerse para asegurarse de que Lena le seguía—. Tenemos que actuar rápido antes de que la orden de Cassandra llegue a todo Aguamarina. Hasta entonces, eres libre de ir donde quieras.

Lena lo seguía, tratando de mantener su ritmo, cada vez más acelerado.

—Vale, pero ¿adónde vamos?

—Al centro de control —respondió Tiago—. Tienes derecho a saber qué está pasando.

La mente de Lena iba a toda velocidad, todavía intentando asimilar la información de Tiago. ¿De verdad los biomecas iban a por Makoto? ¿Y por qué ahora? ¿Qué le harían si lo capturaran?

Entraron en un ascensor y el canciller pulsó un botón. El movimiento repentino y brusco del habitáculo hizo que se le revolviera el estómago.

—Se supone que no debemos estar en el centro de control —explicó Tiago—, pero nadie reparará en nosotros si no les damos motivos. Por lo tanto, tenemos que pasar desapercibidos, ¿vale?

Lena tragó saliva.

—Vale —dijo en un tono áspero que no parecía el suyo.

Tiago le puso una mano en el hombro.

—Vamos a averiguar qué le ha pasado a tu amigo. Te lo prometo.

Ella asintió, pero estaba distraída, obsesionada con haber permitido que Makoto la acompañara el día del ataque. Si algo le sucedía, ella sería la responsable.

El ascensor se detuvo bruscamente y, en cuanto las puertas se abrieron, una oleada de voces le inundó los oídos.

Avanzó tambaleándose, pegada a Tiago, mientras se adentraban en el centro de control, una sala cuadrada de tamaño medio con varias terminales dispuestas en un semicírculo irregular.

Tras cada puesto había una persona con un uniforme color marfil.

Las insignias de sus hombros eran de un intenso color verde hoja.

En el centro de la sala estaba Max, absorto, analizando un mapa tridimensional de Ciudad Saemangeum.

Lena reconoció la forma familiar del Epicentro.

Mientras Max ampliaba el zoom dentro del centro de la ciudad, distinguió la academia hiperista.

En la proyección 3D, la academia estaba marcada con un asterisco verde.

Once triángulos azules aparecían dispersos por todo el Epicentro.

Había docenas de puntos blancos alrededor de cada uno.

—A todas las fuerzas en posición —dijo Max, tecleando en una terminal al tiempo que daba instrucciones—.

Los puntos de encuentro son los Cuarzos Kintaro y Mimika.

Mantened vuestras posiciones y esperad nuevas instrucciones.

Estableced contacto con el enemigo solo si lo tenéis realmente a tiro. Haced que cada bala merezca la pena.

—Señor —dijo un analista, girándose hacia Max—. El recuento de biomecas se ha elevado a ciento quince. Aún hay múltiples señales cruzando nuestro perímetro de defensa. Logística está detectando ahora mismo cuatro Aguas Negras en la costa de Donjin.

—¿Qué es un Agua Negra? —le preguntó Lena a Tiago en voz baja.

—Es como llamamos a sus naves —explicó Tiago—.

Embarcaciones que pueden operar tanto en el agua como en la superficie —añadió, señalando con la cabeza a la media docena de hombres y mujeres que trabajaban en el centro de control—.

Estas personas se ocupan de monitorizar el paradero de las embarcaciones para poder informar a nuestras fuerzas.

—Señor —llamó otro analista—. El grupo de biomecas está acortando la distancia al Epicentro. Llegarán a la academia hiperista en menos de cinco minutos.

Justo cuando se pronunció la última palabra, un considerable número de puntos rojos surgió al noroeste del mapa. Lena dejó escapar un grito ahogado ante el enorme tamaño de la fuerza. Empequeñecían al grupo de coraceros que protegía el Epicentro.

—¡Logística! —exclamó Max, volviéndose hacia una mujer con auriculares—. ¿Cuántas unidades tenemos ahora mismo en los puntos de encuentro?

—Los Lobos de Riko acaban de llegar al Cuarzo Mimika, señor —respondió la analista, ajustándose los auriculares mientras tecleaba en la consola—. Tenemos treinta y seis unidades por ahora.

Max apretó el puño.

—¿A qué distancia están los Dragones, las Mantis y los Fénix?

—Siete, once y nueve minutos respectivamente, señor. El centurión Amon se encuentra detrás del resto del grupo.

Max frunció el ceño.

—No llegarán a tiempo.

—Señor —exclamó el primer analista—. Tiempo estimado: tres minutos antes de que el enemigo alcance la zona caliente.

—Ponedme en línea con Patrick —dijo Max, con la mandíbula tan tensa que se le marcaban los músculos de la cara.

—Señor, conectado.

En el centro de la sala apareció la proyección 3D de un hombre de poco más de cuarenta años, con ojos azules y barba incipiente.

—Max, listos para reventar chatarra —dijo Patrick, con una mano sobre el auricular mientras asentía a alguien fuera de su campo de visión.

—Pat, tengo malas noticias —Max parecía pensativo y parpadeaba rápidamente—. Los tenéis casi encima. La caballería no llegará a tiempo. Tendréis que contenerlos con lo que tenéis.

Algo brilló en los ojos de Patrick, como si acabara de asimilar una revelación. Asintió con una sonrisa cansada.

—Entendido. Parece que, después de todo, he ganado esa apuesta. Cobraré el premio en los salones del Valhalla.

Max sonrió, pero fue una sonrisa fugaz, sin alegría, que duró un abrir y cerrar de ojos.

—Tú lo has dicho, hermano. A por ellos.

—Sí, señor —Patrick se tomó un momento para ajustarse el casco que le cubría la cara—. Listo para patear metal.

La conexión se interrumpió.

El operador con auriculares se volvió hacia Max.

—Señor, las unidades de contención se están concentrando en la calle Forensic y el bulevar Delowa. Activando sus campos K.T. Cañones a punto y cargados.

—Recibido —retumbó la voz de Max—. Si conseguimos ganar algo de tiempo, la caballería acabará con la primera oleada.

La nube roja formada por más de cien puntos se acercaba a los triángulos azules, y los puntos blancos que protegían la academia hiperista se movían al unísono, como si formaran una constelación.

Una agente de pelo blanco y corto se volvió hacia Max.

—Señor, han comenzado a disparar. Contacto directo esperado en siete segundos.

Max se dirigió hacia el agente más cercano a su derecha.

—Radio, quiero oírlo. Ponlos en línea.

—Sí, señor.