23 La asamblea
LA ASAMBLEA
MAR AMARILLO, AQUAMARINA
Ariul
Al salir del ascensor, la mente de Lena se volvió de repente clara y en alerta. Miró a Dunish, que se estaba guardando el inhibidor. Debía de haberlo apagado.
—Has vuelto con nosotros, chica —dijo Dunish, esta vez reservándose el «preciosa» para él—.
Ya no hacen falta más trucos. Estamos en el nivel inferior de la asamblea.
Vamos a atravesar esa puerta —indicó, señalando una entrada circular reforzada con gruesas placas metálicas, mientras tocaba su muñeca y hablaba soltando frases directas y cortas—.
Hemos salido del iris, Sebastos—. El centurión hizo una pausa, miró a Lena y asintió—.
No, señor. No hubo ninguno. Entendido, señor—.
Dunish hizo un gesto al resto del grupo para que avanzaran.
El iris que bloqueaba la entrada se dilató a medida que avanzaban, revelando un amplio espacio interior.
Cuando Lena miró a su alrededor, tuvo la inequívoca impresión de estar entrando en un anfiteatro.
Había filas de asientos dispuestas alrededor de un área elíptica.
Al menos cincuenta espectadores observaban al grupo de coraceros mientras avanzaban hacia el centro de la asamblea.
Había tres asientos que destacaban, elevados un par de centímetros respecto al resto.
El más alejado a la izquierda estaba ocupado por un hombre corpulento, de unos cincuenta y tantos años, vestido con un uniforme marfil; las insignias que llevaba en el hombro no eran ni azules ni rojas, sino doradas.
A su lado se sentaba un hombre más joven, pequeño y calvo.
Era Marcius, la persona que Lena había conocido en Geoda antes de coger el forwardón.
Una mujer pelirroja ocupaba el último de los tres asientos.
Cuando Lena se cruzó con su mirada, supo que tenía que tratarse de Cassandra.
Dunish indicó a Lena que se sentara en la silla vacía en el centro del espacio elíptico. Cassandra se puso en pie y levantó las manos para silenciar el murmullo del público.
—Orden —dijo—. La asamblea va a comenzar.
—¿Por qué la chica sigue escoltada?
Todos se volvieron hacia el orador, un coracero de cabello oscuro, ojos almendrados y distintivos rojos en los hombros.
—Es por precaución, centurión —respondió Marcius, como si la pregunta hubiera sido dirigida a él.
—¿Para qué? —replicó el centurión—. El hiranálisis ya ha dicho que no es una amenaza.
Lena tuvo la sensación de que su voz le resultaba familiar, pero no conseguía ubicarla.
Marcius frunció los labios, con una sonrisa tensa.
—Todos acordamos salvaguardar el proyecto hasta que se aclare la identidad de la chica, centurión Song. Esta asamblea no…
—¿Max? —dijo el centurión, ignorando a Marcius y mirando directamente al hombre de las insignias doradas.
Max le devolvió la mirada a Dunish.
—Centurión, dele algo de espacio a la chica.
—Sí, Sebastos —dijo Dunish, indicando a sus hombres que se dispersaran.
Marcius miró al hombre fornido entrecerrando los ojos.
—Sebastos, la seguridad de la asamblea…
—No se verá amenazada por una chica desarmada —le interrumpió Max—. ¿Quieres someterlo a votación?
—No será necesario —intervino Cassandra, impidiendo que Marcius respondiera—.
La garantía del Sebastos es suficiente para mí.
Ahora bien, he convocado esta asamblea para debatir cómo esta chica, Lena Maruishi, estudiante de la academia hiperista, pudo abrir un Cuarzo desde el exterior a través del uso de un collar.
Se ha examinado este objeto y no se ha encontrado nada fuera de lo común.
Lena se tocó el pecho y sintió el colgante de pelargonio bajo su camisa. Se sintió más segura sabiendo que seguía allí.
—Honorables miembros de la asamblea —dijo Marcius, mirando al público—. Considero que las palabras de la chica deben cogerse con pinzas. Quien la haya enviado podría haberlo hecho con una historia creíble para hacernos pensar que…
—¿Ya has decidido que cualquier cosa que salga de su boca va a ser mentira?
Tiago entró en la sala con paso firme y se detuvo junto a Lena. Recorrió al público con la mirada.
—¿Por qué no la encerramos en una cámara estática y tiramos la llave? —dijo, girándose hacia Marcius—. Permítame recordarle, Legatus Gaspar, que estamos aquí para comprender, no para condenar.
—Escuchemos lo que la chica tiene que decir —declaró Max, el hombre fornido, mirando fijamente a Lena—. ¿Cómo abriste ese Cuarzo?
Lena miró a Tiago, pero este no le devolvió la mirada.
—¿Y bien? —insistió Marcius.
Lena negó con la cabeza.
—No lo sé.
Marcius resopló.
—¿No lo sabes?
Lena se cruzó de brazos.
—Me dijeron que tocara la escultura con mi colgante y esperara.
—¿Quién te lo dijo? —preguntó Max.
—Un hombre que trabaja para el Supervisor de Ariul.
Marcius se inclinó hacia delante.
—¿Quién?
—Nunca vi su rostro —dijo Lena—. Se hacía llamar a sí mismo el Supervisor de Ariul. Dijo que Wei Wang quería que me reuniera con vosotros cuando llegara el momento adecuado.
—¿Y por qué iba a querer eso Wei Wang?
Esta vez fue Cassandra quien formuló la pregunta. Lena respiró hondo.
—En realidad, esperaba que vosotros respondierais a eso.
El Supervisor me dijo que hay personas que saben por qué estoy aquí, que tienen respuestas a mis preguntas.
Tenéis que ser vosotros. Dijo… dijo algo sobre que sois las personas que lucháis en la guerra de Wei.
Dijo que yo era la pieza que faltaba para ayudaros a continuar vuestra misión, algo…
algo que temen los biomecas. El legado de Ariul.
Un suave murmullo recorrió la audiencia. Cassandra, Marcius y Max intercambiaron miradas.
—Se refiere a la leyenda de la Cornucopia —afirmó Cassandra, deteniendo su mirada en Lena antes de volverse hacia la audiencia.
—Yo no lo llamaría leyenda —replicó Tiago, dando un paso al frente—. Hay varias fuentes que indican que Wei mencionó ese nombre refiriéndose a algo, quizá un arma, que podría ayudarnos a ganar la guerra.
Marcius frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que esta chica es un arma?
—Estoy diciendo lo que sé, basándome en la información que tengo.
Marcius resopló.
—Estás basando tu suposición en rumores, canciller.
—No, no lo hago —respondió Tiago, y acto seguido señalando a Lena—. La chica es real. Está frente a nosotros.
Marcius soltó una risita.
—¿Estás insinuando que esta chica es la Cornucopia?
—No lo estoy insinuando —dijo Tiago—. Lo estoy afirmando en voz alta.
—¿Qué te hace pensar eso? —inquirió Cassandra mientras se inclinaba en su asiento—. ¿Que abrió tu Cuarzo?
—No solo por eso —respondió, mirando a los miembros de la asamblea—. Todos sabéis que mi conocimiento sobre la historia de Wei Wang es incomparable. Sé que en su adolescencia le dio un colgante con forma de pelargonio a alguien muy cercano a él.
Cassandra arqueó una ceja.
—¿Hay alguien más que pueda confirmar la existencia de este objeto?
Se hizo un silencio que se prolongó hasta resultar incómodo.
—Las pruebas se pueden fabricar —exclamó una mujer de piel oscura y pelo blanco, sentada en el extremo más alejado de la asamblea—. Sobre todo por las personas desesperadas por demostrar algo.
Max miró a la mujer.
—¿Estás diciendo que alguien que quiere perjudicarnos planeó su llegada?
—Creo que Jennaria ha planteado una preocupación legítima —intervino Marcius—.
¿No es demasiada coincidencia que una persona que porta un objeto cuyo origen solo el canciller puede confirmar aparezca cerca de un puesto de avanzada bajo su supervisión?
Es decir, ¿qué probabilidades hay de que eso ocurra?
—Hay varias docenas de Cuarzos en esta ciudad —dijo Cassandra, mirando a Lena—. ¿Por qué elegiste Geoda?
Lena se removió en su silla, intentando disimular su incomodidad mientras al menos cincuenta personas la observaban fijamente.
—Un hombre que trabaja para el Supervisor me dio instrucciones.
Marcius la miró fijamente.
—¿Un hombre? ¿Podrías ser un poco más específica? ¿Qué aspecto tenía? ¿Qué ropa llevaba?
—Se llamaba Héctor —respondió Lena—. Caucásico. Metro ochenta, pelo oscuro y corto. Acento británico, sonrisa presuntuosa, caminaba con confianza. Llevaba un sombrero fedora para parecer interesante, supongo —finalizó, mirando a Marcius—. Puedo haceros un dibujo. Solo necesito papel.
Marcius la fulminó con la mirada.
—Continúa.
Ella se cruzó de brazos.
—Héctor me llevó cerca de la estructura en forma de prisma que hay en el cruce de la calle Gohan y Baltar. Y al final de ese callejón…
—Es donde se encuentra la Plaza Ananke —Jennaria terminó la frase por ella—. ¿Otra coincidencia?
—No se trata de una coincidencia —dijo Tiago—. Está claro que este Supervisor quería que Lena y yo nos encontráramos, para que yo pudiera reconocerla inmediatamente.
Marcius hizo un gesto de desdén con la mano.
—Lo único que está claro aquí es tu esfuerzo por vincular a esta chica con Wei Wang.
—Su colgante es especial —dijo Tiago—. Abrió un Cuarzo desde el exterior. No existe nada más que pueda hacer eso.
Marcius esbozó una sonrisa forzada.
—Quizá alguien hizo que pareciera que se había abierto desde fuera.
Tiago arqueó las cejas.
—Tus acusaciones no pueden estar más equivocadas. No fue cosa mía. Ese colgante es una pieza importante para resolver el enigma de Lena.
—Por supuesto, podemos analizar más a fondo el colgante —admitió Marcius—, pero, una vez más, podría ser una estratagema para avanzar en los planes de alguien.
—No lo es —dijo Tiago—. Es la clave para entender el misterio de Lena.
Marcius soltó un fuerte suspiro.
—Lo dudo. No me creo tu historia, canciller. Es demasiado rebuscada y no encaja.
—¿Encajar? —Tiago entrecerró los ojos—. ¿Ahora dependemos de tu sexto sentido?
Marcius frunció el ceño.
—¿Qué tal el sentido común? Ese colgante es solo un colgante.
—No lo es. Es…
—Es un opticrón.
Todas las miradas se volvieron hacia Lena.
Marcius frunció el ceño.
—Es un… ¿qué?
—He dicho que es un opticrón —Lena se aclaró la garganta—. El colgante es un opticrón.
—¿Un opticrón? —preguntó Max—. ¿Y por qué no lo has dicho antes?