La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3) 1 Despertar
1%
La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3)

La guerra de Pandora (Protocolo Singularidad 3)

Por Michele Amitrani

© inepub.com

1 Despertar

DESPERTAR

MAR AMARILLO, CRUCERO DE BATALLA CLASE PERCUTOR MASTODON

Ariul

Goliath miraba el nicho con expresión ausente, perdido en sus pensamientos. Permanecía inmóvil como una estatua en la oscuridad de la sala de regeneración, esperando a que algo ocurriera. Llevaba mucho tiempo esperando.

Goliath respiró hondo, conteniendo su deseo de convertir su cuerpo en un arma que emplear contra sus enemigos. Debía actuar con cautela; no podía arriesgarse a perder el control en su propia nave.

Sonrió, muy a su pesar. Control. Una palabra que nunca había aplicado a su vida antes del Renacimiento, antes de elegir el nombre Goliath, cuando no era más que Josh Stein, un don nadie corporativo que no había logrado nada que valiera la pena, una persona paralizada por la indecisión y el miedo.

Solo cuando el Arquetipo lo encontró, lo bendijo con la Llamada y lo arrojó al fuego del Renacimiento pudo tomar una decisión, empezando por el nombre de Goliath.

El capitán del Mastodon sacudió la cabeza para despejarse. Su pasado no importaba. Necesitaba centrarse en lo que tenía delante.

Tras el vitrum reforzado del nicho, un soldado inconsciente flotaba sumergido en una solución regenerativa.

Saga era su nombre. Goliath sabía que era un buen soldado, leal al Arquetipo, pero no conocía nada de su vida antes del Renacimiento.

Los coraceros le habían golpeado con dureza durante la batalla en Saemangeum.

Saga había perdido el hombro y el brazo derechos, así como una parte considerable del rostro.

Su cuerpo había comenzado a regenerarse lentamente, pero ni siquiera Ishtar, la dama de la nave, sabía si sobreviviría.

Saga era el único superviviente de la incursión fallida en territorio de los coraceros. Solo él y otro guerrero del crucero de batalla Mephisto habían regresado de Ariul. El otro incursor había muerto dos horas antes debido a sus heridas.

Cuando Ishtar evaluó la herida de Saga, le dio apenas unas pocas horas de vida. Pero el soldado seguía luchando dentro de aquel nicho, mostrando una resistencia que nadie había esperado.

La incursión había sido un fracaso. Las unidades enviadas por el Behemoth no habían logrado recopilar ningún dato útil. Estaban de vuelta en el punto de partida. Ahora todo lo que podían hacer era esperar y…

Bip. Bip. Bip.

Goliath frunció el ceño y se volvió hacia la consola que mostraba las constantes vitales de Saga. Parpadeó. El soldado estaba despertando. Activó el dispositivo de comunicación interna.

—Ishtar. Te necesito en la sala Reg. Está despertando.

—Entendido, Capitán —respondió la dama—. Voy para allá.

Goliath cortó la comunicación y observó, con la mandíbula apretada, cómo Saga se estremecía, mostrando las primeras señales de vida desde su regreso al Mastodon.

—¿Hermano? —Goliath miró el comunicador, asegurándose de que el soldado pudiera oírle desde dentro del nicho. Luego golpeó el cristal—. ¿Puedes oírme?

Los ojos amarillos de Saga se abrieron de golpe. Observó a su alrededor hasta que su mirada se posó en Goliath.

—¿Puedes oírme? —repitió el capitán.

Saga asintió lentamente.

—Bien —Goliath asintió—. Estás a salvo a bordo del Mastodon. Vas a estar bien, hermano.

Saga se llevó la mano a la máscara de oxígeno con el único brazo que le quedaba, luego golpeó el cristal con la palma.

Goliath inclinó la cabeza hacia un lado, observando al soldado.

—¿Qué ocurre?

Saga volvió a golpear el cristal, esta vez con más fuerza.

—Detente —ordenó Goliath—. ¿Por qué estás…?

Saga señaló el interior del nicho y luego su máscara, con los ojos reducidos a dos rendijas.

El capitán lo miró fijamente.

—¿Quieres salir?

Saga asintió.

—Hermano, estás herido —Goliath inspiró bruscamente—. Tu cuerpo no puede soportar el estrés. Necesita regenerarse primero. Aún estás demasiado…

Saga le dio una patada al nicho y, acto seguido, se arrancó la máscara de oxígeno, mientras la parte superior del tanque se llenaba de burbujas y saltaba una alarma.

Goliath lo miró, incrédulo.

—¿Qué estás haciendo?

El soldado pateó el cristal una y otra vez. No aguantaría mucho sin oxígeno.

Goliath maldijo.

—¿Qué locura te ha poseído? —se volvió hacia la estación de control, con los dedos volando sobre el teclado. Una bomba drenó el líquido del nicho; después, el capitán pulsó el botón de emergencia y el cristal se deslizó hasta abrirse.

Saga cayó al suelo con un golpe sordo, tosiendo y escupiendo agua y sangre.

—¡Con cuidado! —dijo Goliath, sujetándolo cuando intentaba levantarse—. Te dije que no era el momento de…

—¡Alfa! —jadeó Saga, con los ojos desorbitados—. Necesito… —se interrumpió, tosiendo de nuevo—. Necesito…

—Toma, siéntate —Goliath lo llevó hacia la pared para que al menos pudiera apoyarse—. Habla.

—Nos… están… vigilando, Alfa —dijo Saga entre toses.

—¿Vigilando? —Goliath miró hacia la puerta—. ¿Qué quieres decir?

—Dos… weguckins—dijo el soldado, con los ojos brillantes—. Un hombre y una… mujer. Ambos jóvenes… poco más de veinte años. Creo… creo que nos estaban esperando. Podría haber sido una emboscada.