La Grieta 21
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Jacob abrió los ojos antes de que amaneciera del todo.

La habitación principal estaba en penumbra, solo una fina línea de luz gris se colaba por entre las cortinas.

La cama de matrimonio, normalmente ordenada y silenciosa, era ahora un caos de sábanas revueltas, cuerpos desnudos y olor a sexo de la noche anterior.

A su izquierda, Eva dormía profundamente, acurrucada contra su pecho.

Su cabello castaño estaba revuelto sobre la almohada y tenía una marca roja en el cuello que él mismo le había hecho mientras la follaba.

A su derecha, Moon dormía boca abajo, el culo firme y redondo ligeramente descubierto por la sábana.

Sofía estaba pegada a ella, sus tetas aplastadas contra la espalda de Moon, un brazo rodeando su cintura con posesión.

Jacob se quedó quieto varios segundos, sintiendo el calor de los tres cuerpos.

Esta vez no sintió pánico ni culpa. Solo una gratitud tan grande que le apretaba el pecho.

Sonrió en la penumbra y, con mucho cuidado para no despertar a nadie, se deslizó fuera de la cama.

Se puso unos bóxers negros y una camiseta gris vieja que encontró tirada en el suelo y bajó descalzo a la cocina.

Quería prepararles el desayuno a las tres. Quería que fuera especial. Quería que fuera el primero de muchos desayunos así.

Encendió la cafetera, sacó huevos, bacon, pan para tostadas, mantequilla, mermelada y fruta. Mientras el café empezaba a gotear, cortó naranjas para hacer zumo fresco. La cocina se llenó del aroma cálido y hogareño que siempre había definido su casa… pero ahora todo se sentía distinto.

Arriba, Eva fue la segunda en despertar. Se estiró con un gemido suave, sintiendo cada músculo deliciosamente dolorido. Miró a su lado y vio a Moon y Sofía todavía dormidas, desnudas y enredadas. Una sonrisa tímida se dibujó en sus labios.

Eva cerró los ojos y respiró hondo. Entonces, poco a poco, empezaron a llegar los detalles que, en el calor y la pasión de la noche, habían quedado difuminados.

El perfume de Moon… ese aroma suave, dulce, con un toque de vainilla y algo floral que resultaba casi adictivo.

Lo había percibido varias veces en las últimas semanas.

Primero en la chaqueta vaquera de Jacob cuando llegaba del trabajo.

Luego en la camisa que dejaba en el cesto de la ropa sucia.

Al principio no le dio importancia; pensó que sería de alguna clienta del taller o que se le habría pegado en el autobús.

Pero anoche, cuando Moon se acercó a besar el cuello de Jacob mientras él estaba dentro de ella, el olor era exactamente el mismo.

Intenso. Cercano. Demasiado familiar. Como si hubiera estado impregnado en su piel muchas veces antes.

También estaban las miradas.

Durante la noche, en varios momentos, Eva había captado cómo Moon y Jacob se miraban.

No era solo deseo carnal. Había una comodidad, una familiaridad que iba más allá.

Una forma de entenderse sin palabras. Y Sofía…

la manera en que le acariciaba la barba o le ponía la mano en la cintura sin dudar, como si ya supiera exactamente cómo reaccionaba su cuerpo a ese contacto.

No eran gestos de personas que se conocían de solo unas sesiones terapéuticas.

Eran gestos de quien ya había compartido intimidad, de quien ya había explorado y memorizado.

Entonces reparó en las dos noches.

La primera, hacía unas tres semanas. Jacob le había dicho por teléfono que un cliente importante lo necesitaba con su vehículo clásico, una avería grande que requería quedarse hasta muy tarde y que probablemente dormiría fuera para no conducir cansado.

No regresó hasta la mañana del día siguiente.

La segunda, solo unos días después. Otra vez “un imprevisto largo”.

Otra vez no volvió a dormir. Dos noches enteras fuera de casa.

Dos noches en las que ella se quedó sola en la cama grande, mirando el techo, sin darle demasiadas vueltas porque confiaba en él… hasta ahora.

Eva cerró los ojos y respiró profundamente. Las piezas encajaban con una claridad dolorosa.

Se levantó despacio, se puso la bata ligera de satén que colgaba de la silla y bajó a la cocina sin hacer ruido.

Jacob estaba de espaldas, removiendo los huevos en la sartén. Eva se acercó por detrás, lo abrazó por la cintura y le besó la espalda entre los omóplatos.

—Buenos días… —susurró contra su piel.

Jacob se giró dentro de sus brazos y la besó en los labios con ternura. Luego, con voz más ronca, le dijo:

—Eva… anoche estuviste increíble. No tengo palabras para decirte lo que sentí.

Eva sonrió con timidez, pero sus ojos brillaban de deseo. Bajó la mirada y vio el bulto que ya empezaba a marcarse en los bóxers de su marido.

—Parece que alguien se despertó muy contento… —murmuró.

Jacob esbozó una sonrisa, todavía con el recuerdo de la noche anterior flotando en la cabeza. Pero antes de que pudiera responder, Eva alzó la mirada de nuevo. Esta vez no había timidez, sino una mezcla extraña de curiosidad y algo más profundo.

—Te las has follado antes de que contactaran conmigo, ¿verdad? Ese perfume… ya lo había notado antes. En tu ropa. —hizo una pausa.

—Jacob… anoche fue hermoso. De verdad. Me sentí deseada como hacía muchos años que no me sentía. Pero esta mañana no dejo de pensar en algunas cosas.

Hizo una pausa breve. Sus dedos rodeaban la taza de café que Jacob le ofreció con fuerza.

—He olido el perfume de Moon en tu ropa varias veces estas últimas semanas. También he visto cómo os mirabais los tres anoche. Cómo os tocabais. Hay una familiaridad… una confianza que no parece de la primera vez.

Bajó la mirada un segundo a su taza de café, luego volvió a él.

—Y luego están esas dos noches que no volviste a dormir. Hace tres semanas y la semana pasada. Las dos veces me dijiste que era por problemas en el taller… y no regresaste hasta el día siguiente.

Sus ojos se humedecieron ligeramente, pero mantuvo la voz firme, aunque temblorosa.

—¿Pasó algo con ellas en esas dos noches que no volviste a casa?

¿Cómo fue?

Jacob dejó escapar el aire lentamente.

—No empezó así… —murmuró—. Yo no sabía nada.

Eva no dijo nada. Solo lo miraba.

—Fue en el autobús —continuó él—. Después del trabajo. Como siempre. Iba de pie, sin pensar en nada… y de repente empezaron a subir más personas. Todo se llenó.

Cerró los ojos un segundo, recordándolo.

—Al principio fue solo eso… gente apretándose. Pero luego… noté algo distinto.

Eva inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Distinto cómo?

—Demasiado… intencionado —respondió él, bajando la voz—. Una de ellas se colocó detrás. La otra… más cerca de lo normal delante. No era el típico empujón del autobús.

Hizo una pausa, como si aún pudiera sentirlo.

—Cada frenazo… cada curva… sus cuerpos volvían contra el mío. Pero no se apartaban. Al contrario.

Eva tragó saliva, sin apartar la mirada.

—Pensé que eran imaginaciones mías —siguió Jacob—. Que estaba confundiendo las cosas. Pero entonces… empezaron a jugar.

Su voz se volvió más tensa.

—Una se movía lo justo para rozar… la otra apretaba cuando nadie miraba. Y cuando intentaba cambiar de postura… ya no había espacio. Me tenían completamente rodeado.

Eva respiró más hondo.

—¿Y tú…?

Jacob negó lentamente.

—No entendía qué estaba pasando. Sabía que no era casualidad… pero tampoco sabía por qué. Ninguna decía nada. Ni una palabra.

Sus dedos se tensaron ligeramente.

—Fue… como si lo tuvieran planeado. Como si supieran exactamente cómo colocarse, cuándo moverse… cómo hacer que pareciera un accidente.

Eva entrecerró los ojos, procesándolo.

—Moon… —susurró, casi para sí misma.

Jacob asintió muy despacio.

—Pero yo no lo sabía entonces. Para mí… eran solo dos chicas que aparecieron de la nada.

Se inclinó un poco hacia ella.

—Y cuando bajamos… pensé que ahí terminaría todo.

Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.

—Pero no fue así.

Le habló de cómo continuaron. De cómo lo llevaron fuera de esa rutina que llevaba años repitiéndose. De la casa de Sofía, del ambiente cargado, de la sensación de estar cruzando una línea que ya no podía desandar.

—Y luego volvió a pasar —añadió Jacob en voz baja—. Ya sin casualidades.

El silencio se instaló entre los dos, pero esta vez no era incómodo. Era denso. Vivo.

Eva no apartó la mirada de él. Sus ojos se movían lentamente por su rostro, como si estuviera reconstruyendo algo pieza a pieza.

—No te forzaron… —murmuró al fin.

Jacob negó despacio.

—No.

Eva asintió muy levemente, como si esa respuesta encajara con algo que ya había empezado a entender.

—Te vieron —añadió ella, más para sí misma que para él—. Vieron lo que llevabas tiempo necesitando.

Jacob bajó la mirada un instante.

Eva dio un paso más cerca.

—Te dieron justo eso —continuó—. Sin preguntas. Sin rutinas. Sin… apagar luces.

La última frase quedó suspendida en el aire.

Jacob respiró hondo.

—Sí —admitió—. Pero no fue solo eso.

Eva alzó la vista de nuevo.

—¿Entonces qué?

Jacob dudó un segundo. No por vergüenza, sino por cómo explicarlo.

—Fue… como si me despertaran algo que llevaba años dormido —dijo finalmente—. Algo que ni siquiera sabía cómo pedir.

Sus manos se tensaron ligeramente.

—Y cuando pasó… no quería que se quedara ahí.

Eva entrecerró los ojos, atenta.

—No quería que fuera algo aparte de mi vida —continuó él—. No quería tener que esconderlo… ni separarlo de nosotros.

Eso la sorprendió. Se notó.

—¿Nosotros? —repitió.

Jacob asintió.

—Pensé en ti todo el tiempo —añadió con honestidad—. No como un problema… sino como algo que faltaba ahí.

Eva lo miró en silencio, procesando cada palabra.

—Podrías no haber dicho nada —dijo ella al cabo de unos segundos—. Podrías haber seguido… sin más.

—Lo sé.

—Y aun así…

—Insistí —repitió Jacob en voz baja—. Con ellas. Para que no se quedara solo en eso.

Eva lo miró fijamente.

—¿Insististe… en qué?

Jacob tragó saliva. Esta vez sí le costaba hablar.

—En que tú formaras parte.