16
A la mañana siguiente, Jacob estaba irreconocible.
Eva lo observaba desde la mesa, todavía en bata, con una mezcla de sorpresa y ternura. Nunca lo había visto así de… ligero.
—Buenos días —dijo ella por fin, con la voz todavía ronca de sueño.
Jacob se giró tan rápido que casi tira la sartén. La sonrisa se le hizo más grande, casi infantil.
—¿Qué te pasa hoy? —preguntó ella, sonriendo con picardía—. Pareces otro hombre.
—Buenos días, amor. —Se acercó en dos pasos, la abrazó por la cintura y la besó en los labios, un beso largo, con sabor a café y a felicidad—. Te he hecho el desayuno. Como en los viejos tiempos, pero mejor.
—Anoche fue especial —murmuró contra su piel—. Muy especial. Me sentí como si hubiéramos vuelto a tener veinticinco años… pero mejor. Porque hacía muchos años que no disfrutaba tanto contigo amor.
Eva se sonrojó un poco y apoyó la cabeza contra su pecho.
—Solo fue el principio —susurró ella.
Eva se rio bajito contra su boca.
—Hueles a casa y a hombre contento.
Él le dio un último beso en la frente y volvió a la sartén.
—Estoy contento. Joder, Eva, estoy… no sé. Como si me hubieran quitado veinte años de encima. Anoche fue… —No terminó la frase. Solo negó con la cabeza, sonriendo—. Come algo, anda. Tengo que ir al taller un rato. Hay un coche que me dejó colgado ayer y quiero dejarlo listo antes del lunes.
Eva se sentó a la mesa. Bebió el café despacio, mirándolo mientras él terminaba de preparar las tostadas.
No hablaron mucho. No hacía falta. El silencio era cómodo, lleno de miradas que se cruzaban y sonrisas pequeñas.
Cuando Jacob se fue, le dio un beso en la coronilla, le apretó el hombro y le dijo:
—Te quiero. Descansa hoy, ¿vale? Nos vemos a la hora de comer.
En cuanto cerró la puerta de casa y empezó a caminar hacia la parada del autobús, sacó el móvil. Marcó el número de Moon sin pensarlo dos veces. Ella contestó al tercer tono.
—Hola, Jacob —dijo Moon con su tono calmado y curioso—. ¿Todo bien?
Jacob soltó una risa corta, casi de adolescente.
—Moon… anoche pasó algo increíble.
Le contó todo, sin filtros, con la voz llena de emoción y todavía con esa energía que le sobraba.
—Cuando vosotras os fuisteis, Eva y yo nos quedamos hablando en el recibidor.
Ella estaba muy sensible después de la sesión…
pero de repente empezó a preguntarme cosas.
Me preguntó cuándo fue la última vez que disfruté de sus pechos.
No supe qué contestar. Entonces, sin decir nada más, se quitó la blusa y el sujetador delante de mí.
A plena luz. Estaba roja como un tomate, temblando, pero no se tapó.
Hizo una pausa, todavía emocionado al recordarlo.
—Luego me dejó tocarla, besarla, lamerla…
Al principio se puso muy nerviosa porque me arrodille y quise besarla en su coño, cerró las piernas y me pidió que solo la follara.
La volteé contra la pared, le subí la falda y le bajé las bragas.
La follé primero suave, acariciándole las tetas…
pero después no pude contenerme. Empecé a embestirla más fuerte.
Sus tetas se movían como locas. Y de repente…
se corrió de una forma brutal. Nunca había visto esa reacción en ninguna mujer, parecía que se estaba orinando encima, jajajaja, por todos los santos, fue increíble, puso todo el recibidor perdido.
Las piernas no le respondieron y se quedó literalmente colgando de mi polla durante unos segundos.
Tuve que sujetarla por los brazos para que no se cayera.
Moon escuchaba en silencio, pero Jacob podía notar su atención total.
—Después la llevé al sofá. Seguimos allí, más despacio, mirándonos a los ojos. Ella me pidió que terminara dentro. Y lo hice. Nos quedamos abrazados en el sofá hasta que nos dormimos, todavía dentro de ella.
Jacob soltó el aire, casi riendo de pura felicidad.
—Moon… no recuerdo la última vez que me sentí así. Eva me prometió que va a intentar ser más abierta, que va a poner todo de su parte para satisfacerme… pero me pidió paciencia, que la deje ir a su ritmo. Y yo… joder, estoy dispuesto a esperar lo que haga falta.
Se quedó callado un segundo y añadió, más bajo:
—Gracias. A las dos. Sin vosotras esto no habría pasado nunca.
Al otro lado de la línea, Moon sonrió.
—Me alegro mucho, Jacob. De verdad. Esto es exactamente lo que esperábamos.
Aunque ayer salimos algo cabizbajas de vuestra casa por la reacción de Eva, teníamos miedo de que pudiera romperla, pero parece que fue la chispa que desencadenó vuestra noche tan especial.
Te lo preguntaría pero obviamente ya veo que estas muy contento.
Eva está empezando a abrirse y tú… tú estás radiante. Se te nota en la voz.
A la chica empezaron a caerle lágrimas de emoción y felicidad por el gran éxito de su primera entrevista con Eva.
Jacob rio bajito.
—Estoy como un idiota enamorado otra vez. Voy cantando por la calle, ¿te lo puedes creer?
—Te creo —respondió Moon con calidez—. Disfruta el día. Y dile a Eva que estamos orgullosas de ella. El viernes que viene, si ella quiere, volvemos. Pero solo si los dos os sentís cómodos.
—Se lo diré. Gracias otra vez, Moon.
Colgó el teléfono justo cuando llegaba a la parada del autobús. Todavía tenía una sonrisa tonta en la cara.
Por primera vez en muchos años, Jacob sentía que su vida matrimonial acababa de despertar de un largo sueño.
Jacob caminó unos metros más, todavía con la sonrisa en la cara, pero de repente se detuvo. Miró el móvil un segundo y volvió a marcar el número de Moon.
Ella contestó al segundo tono.
—¿Otra vez? —dijo Moon, divertida—. ¿Qué pasa ahora?
—Oye, Moon… espera, mejor no le digo nada a Eva —soltó Jacob, bajando un poco la voz aunque iba solo por la calle—.
Ella no sabe que tengo vuestros teléfonos ni que os conocía de antes.
No se lo puedo soltar así de golpe. Sería muy raro.
Muy probablemente ella misma os llame para la próxima sesión.
Por favor, actuad como si no supierais nada de lo que pasó anoche, ¿vale?
Dile a Sofía que por favor no se vaya de la lengua. Ni una palabra.
Moon soltó una risita suave.
—Tranquilo, Jacob. Sabemos cómo jugar esto. No diremos nada.
Jacob respiró aliviado y siguió caminando.
—Y hablando de Sofía… Eva me confesó algo anoche. Me dijo que se estaba mojando mientras yo fingía perder el control con el escote de tu amiga.
En ese preciso momento, del otro lado se oyó la voz de Sofía, que evidentemente estaba escuchando en manos libres:
—¿En serio? —preguntó con tono travieso y sorprendido—. Joder, qué buena noticia.
Moon se rio bajito antes de contestar:
—Sofía te está saludando ahora mismo, por cierto.
—Hola, Jacob —dijo Sofía con voz cantarina—. Así que a Eva le puso cachonda verme las tetas… Me encanta.
Jacob se pasó la mano por la barba, un poco avergonzado pero sonriendo.
—Sí… eso parece. Por eso os llamo. Eva quiere que la próxima vez sea un poco más…
descarado. Id vestidas un poco más atrevidas, pero sin que parezcáis putas.
Nada de pantalones. Llevad faldas. Y Sofía…
lleva un escote más abierto. Incluso puedes venir sin sujetador si te atreves.
Eva quiere que yo pueda mirarte sin tener que disimular tanto.
Sofía soltó una carcajada baja y sensual.
—Mensaje recibido. Sin sujetador y con escote generoso. Perfecto. Me voy a poner algo que haga que se te ponga dura nada más entrar por la puerta.
Moon intervino, más calmada pero claramente divertida:
—Entendido, Jacob. Faldas, escote pronunciado y yo también me pondré algo que marque un poco más. Vamos a ayudar a que Eva se sienta cómoda… y a que tú puedas disfrutar sin tener que fingir. ¿Algo más que quieras que sepamos?
Jacob pensó un segundo.
—No… solo eso. Y por favor, actuad como si fuera la segunda vez que nos vemos. Eva no puede sospechar que ya nos conocemos.
—Descuida —dijo Moon—. Seremos muy profesionales… hasta que ella decida que no hace falta serlo.
Sofía añadió antes de colgar:
—Dile a Eva que estoy deseando volver. Y que esta vez voy a asegurarme de que tenga motivos para mojarse otra vez.
Jacob soltó una risa nerviosa.
—Dios Sofía, ¡¡que no puedo decirle nada a Eva!! Jaja. Vale… os dejo. Gracias, chicas.
Colgó el teléfono y guardó el móvil en el bolsillo. Sacudió la cabeza, todavía sonriendo como un idiota, y continuó camino al taller con un paso mucho más ligero que el de cualquier otro día.
Dentro de su cabeza solo podía pensar en una cosa: el viernes que viene iba a ser interesante.
Lo que empezó como una broma —una troleada divertida a un matrimonio rutinario, una forma de poner a prueba sus teorías de Psicología sobre deseo reprimido— se estaba convirtiendo en algo mucho más grande.
Moon y Sofía pasaron todo el fin de semana encerradas en el pequeño apartamento de Moon, rodeadas de papeles, grabaciones de voz del móvil y el portátil abierto sobre la mesa del salón.
El sábado comenzaron el día felices por el matrimonio de Jacob y Eva y acabaron jugando entre ellas apasionadamente, por la tarde, todavía con el olor a sexo y café flotando en el apartamento, Moon y Sofía abrieron el portátil y crearon un nuevo archivo: “Estudio_Caso_Jacob_Eva_v1.docx”.
Lo titularon con seriedad profesional, aunque de vez en cuando se miraban y soltaban una risita nerviosa al recordar cómo había empezado todo aquello.
—Pensábamos que iba a ser solo una observación… o una putada graciosa —dijo Sofía mientras creaba las carpetas—. “Mujer de 52 años con deseo sexual inhibido por rutina marital”. Y ahora la tía está pidiendo que vayamos vestidas como putas para ponerlo a él al límite. Joder.
Moon, con las gafas puestas y el pelo recogido en un moño desordenado, ordenaba las notas cronológicas en una tabla: