8 #2
Moon asintió sin decir nada. Se levantaron juntas, todavía desnudas, los cuerpos pegados por el sudor y por algo que ninguna de las dos quería nombrar todavía.
Sofía cogió una manta fina del respaldo del sofá y se la echó por encima a las dos mientras caminaban hacia el dormitorio.
El apartamento era pequeño, pero en ese momento parecía enorme, como si solo existieran ellas dos y la lluvia fuera de la ventana.
La cama de Sofía no era muy grande pero era acogedora.
Se metieron debajo de la manta directamente, piel contra piel otra vez.
Sofía se tumbó de lado y Moon se acurrucó contra su pecho, la cabeza apoyada justo debajo de su barbilla.
Los pechos de Sofía se apretaban suavemente contra el torso de Moon, pero no era sexual.
Era calor. Era cercanía. Era hogar en ese instante.
Sofía le pasó un brazo por la cintura y la atrajo más cerca. Con la otra mano empezó a acariciarle el pelo, despacio, desenredando mechones oscuros con los dedos. Moon cerró los ojos y soltó un suspiro que llevaba dentro desde hacía horas.
—Te quiero, ¿sabes? —dijo Sofía de pronto, tan bajito que casi se lo tragó la lluvia—. No como a una amiga. Bueno, sí como a una amiga, pero… más. Mucho más. Esto que ha pasado… me ha jodido la cabeza, Moon. En el buen sentido.
Moon levantó la vista y la miró. Sus ojos marrones con ese matiz verdoso brillaban en la penumbra de la habitación, solo iluminada por la luz tenue de la farola de la calle que se colaba entre las cortinas.
—Yo también te quiero, Sofi —respondió, y la voz le salió un poco temblorosa—.
No sé cuándo empezó exactamente. Quizás cuando empezamos a hablar de Jacob, de las grietas, de todo eso.
Quizás cuando nos acostamos el otro día, cuando me diste ese primer beso que me pilló tan desprevenida.
O quizás antes. Pero hoy… hoy lo sentí de verdad.
Cuando te lo estaba comiendo y tú gemías mi nombre…
no era solo placer. Era que quería hacerte sentir bien.
Quería que supieras que estoy aquí. Contigo.
Sofía sonrió, una sonrisa pequeña y sincera que le arrugó las comisuras de los ojos.
Se inclinó y le dio un beso en la frente, luego en la nariz, luego en los labios.
Fue un beso lento, sin lengua, solo labios suaves presionando con cariño.
Cuando se separaron, Sofía apoyó su frente contra la de Moon.
—Dios, qué cursi soy a veces —murmuró Sofía riendo bajito—. Pero es verdad. Mañana… mañana vamos a hacer algo grande. Y me da miedo. No por Jacob. Por nosotras. Por lo que esto pueda cambiar entre tú y yo.
Moon le acarició el costado con la palma abierta, subiendo y bajando despacio, sintiendo la curva de su cintura, la suavidad de su piel. No era para excitarla. Era para sentirla. Para recordarse que estaba allí, real, caliente, suya en ese momento.
—¿Miedo de qué? —preguntó en voz baja.
Sofía tardó un segundo en responder. Sus dedos seguían jugando con el pelo de Moon, enrollando un mechón alrededor de su índice y soltándolo.
—De que mañana, cuando estemos en ese autobús…
cuando empecemos a rozarnos con él, a provocarlo, a besarnos delante de él…
de que todo se vuelva tan intenso que nos olvidemos de esto.
De nosotras dos. De lo que acaba de pasar aquí.
No quiero que sea solo un juego para ti.
Quiero que… que sigamos siendo esto también. Las dos. Solas. Así. Abrazadas.
Moon se incorporó un poco sobre un codo para poder mirarla mejor. La manta se deslizó hasta su cintura, dejando sus pechos pequeños al descubierto, pero ninguna de las dos se tapó. La lluvia seguía cayendo fuera, un tamborileo constante que hacía que el mundo pareciera lejano.
—No va a cambiar nada —dijo Moon con firmeza, pero con cariño—.
Mañana es mañana. Es parte del plan. Es…
es la grieta que queremos abrir en Jacob.
Pero esto de aquí —señaló con la mirada el espacio entre sus cuerpos— es nuestro.
Nuestro secreto. Nuestro refugio. Cuando todo termine con él, cuando lo hayamos roto en el autobús, en tu casa o en donde sea…
volveremos aquí. O a mi piso. O a donde tú quieras.
Y haremos esto otra vez. Solo nosotras. Besos. Caricias. Hablar. Sin prisas.
Sofía la atrajo hacia sí otra vez y la besó. Esta vez el beso fue un poco más profundo, pero seguía siendo tierno. Sus labios se movieron despacio, saboreándose, respirando la una contra la otra. Cuando se separaron, Sofía tenía los ojos un poco húmedos.
—Prométemelo —susurró.
—Te lo prometo —respondió Moon, y le dio un beso en la punta de la nariz—.
Mañana vamos a ser dos zorras, dos putones, dos calientapollas calculadoras en ese autobús.
Vamos a observar cada reacción de Jacob, cada micro expresión, cada vez que trague saliva o que se le ponga dura sin poder controlarlo.
Vamos a imaginarnos exactamente cómo va a pasar: él intentando disimular, pensando que es casualidad, hasta que se dé cuenta de que no lo es.
Hasta que sienta mi culo apretándose contra sus huevos y su polla y tus tetas rozándole el brazo.
Hasta que nos vea besarnos y se le rompa algo por dentro.
Vamos a disfrutar viéndolo romperse poquito a poco.
Pero cuando se rompa y no pueda aguantar más, cuando estemos los tres follando en el autobús o en tu casa…
yo voy a mirarte a ti primero. A ti, Sofi.
Y voy a saber que, pase lo que pase con él, tú y yo seguimos aquí.
Sofía soltó una risita bajita, casi nerviosa, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Joder, cómo me pones cuando hablas así. No sexualmente ahora, eh. Emocionalmente. Me hace sentir… segura. Como si todo estuviera planeado, pero al mismo tiempo como si pudiéramos improvisar y seguir siendo nosotras.
Se quedaron en silencio un rato, solo acariciándose.
Moon trazaba líneas invisibles sobre el vientre de Sofía, bajando hasta la cadera y volviendo a subir.
Sofía le pasaba los dedos por la columna vertebral, despacio, como si contara cada vértebra.
La lluvia seguía, y el sonido se mezclaba con sus respiraciones.
—Imagínatelo —dijo Sofía al cabo de un minuto, con una sonrisa pícara pero suave—.
Mañana en el autobús. Jacob ahí, de pie, con esa cara de madurito concentrado en nada.
Tú te colocas delante, de espaldas, con esa falda corta que se te sube un poco con cada frenazo.
Yo me pego a su lado, con la blusa anudada, dejando que se me vea el escote cada vez que me muevo.
Al principio él ni se da cuenta. O se da cuenta pero piensa que es casualidad.
Luego… luego tú te balanceas un poco más de lo necesario.
Yo me inclino para “coger la barra” y mi pecho le roza el brazo. Y él… ¿qué crees que hará?
Moon cerró los ojos, imaginándolo con detalle, como si estuviera allí ya.
—Al principio se quedará quieto —murmuró—.
Ese hombre lleva años controlándose. Va a intentar ignorarlo.
Va a mirar por la ventana, va a cambiar el peso de una pierna a otra.
Pero su polla… su polla va a traicionarlo.
Se le va a poner dura poco a poco, y él va a intentar disimularlo ajustándose los pantalones sin que nadie lo note.
Luego, cuando yo me pegue más y tú me beses…
ahí va a perder el hilo. Va a mirarnos. Va a tragar saliva.
Va a pensar en su mujer, en su rutina, en todo lo que tiene en casa.
Y va a sentir culpa. Pero también va a sentir hambre.
Esa hambre que lleva años guardando. Y cuando yo le susurre su nombre…
“Jacob” … ahí seguro que se va a romper.
Porque yo no tendría por qué saber su nombre.
Va a dudar un segundo, va a querer apartarse, pero no va a poder.
Porque nuestras manos van a guiar las suyas.
Porque va a sentir que, por primera vez en mucho tiempo, alguien lo ve de verdad.
Sofía soltó un suspiro tembloroso y le dio un beso en la frente.
—Me encanta cuando analizas así. Pareces una psicóloga de verdad.
Y lo eres, joder. Mañana vamos a ser las dos.
Vamos a observar cada grieta que se abra en él.
Pero también… también vamos a protegernos nosotras.
Si él se asusta, si se pone raro, si intenta huir…
nosotras nos tenemos la una a la otra. ¿Vale?
—Vale —respondió Moon, y le besó el cuello con ternura, un beso largo y suave que no pedía nada más—.
Vamos a afrontarlo juntas. Si Jacob reacciona mal, si se cierra, si dice que no…
pues paramos. No lo forzamos. Lo observamos, aprendemos, y seguimos con nuestra vida.
Con nosotras. Porque esto —apretó un poco más el abrazo— ya vale la pena por sí solo.
Sofía la besó otra vez, en los labios, despacio, saboreando el momento. Sus manos se movían por la espalda de Moon, acariciando, calmando, queriendo.
—Imagínate después —continuó Sofía en voz baja, casi soñadora—.
Cuando bajemos del autobús. Cuando lo traigamos aquí, a mi casa.
O a la tuya. Donde sea. Él va a estar temblando por dentro.
Va a estar duro, confundido, excitado y culpable al mismo tiempo.
Y nosotras… nosotras vamos a ir despacio.
No como hoy, que fue puro fuego. Mañana con él va a ser…
controlado. Vamos a dejar que sea él quien dé el siguiente paso.
Vamos a preguntarle. Vamos a escuchar. Porque al final, Moon, esto no es solo follar.
Es abrirle una grieta que lleve a algo más grande.
A que se dé cuenta de que su vida no tiene por qué ser solo rutina y silencio con su mujer.
Moon asintió contra su pecho.
—Y si todo sale bien… si él se suelta… entonces sí.
Entonces lo llevamos hasta el final. Pero siempre juntas.
Siempre mirándonos la una a la otra primero.
Porque tú y yo… esto que tenemos ahora… es lo que nos va a mantener centradas mañana.
No quiero perderte en medio de todo el lío con Jacob.
No quiero que se convierta en lo único importante.
Sofía la apretó más fuerte y le dio un beso en el pelo.
—No me vas a perder. Mañana vamos a ser un equipo.
Dos psicólogas en acción. Dos amantes en la sombra.
Dos zorras que saben exactamente lo que hacen.
Y cuando termine el día, cuando Jacob esté en su casa pensando en lo que ha pasado…
nosotras volveremos aquí. O a donde sea.
Y haremos esto otra vez. Abrazadas. Hablando. Queriéndonos.
Se quedaron calladas un rato largo. La lluvia había amainado un poco, pero seguía cayendo, suave ahora, como una canción de fondo.
Moon trazaba patrones invisibles en la piel de Sofía, y Sofía le respondía con caricias igual de lentas en la espalda.
No había prisa. No había deseo urgente. Solo amor.
Solo cercanía. Solo dos chicas que acababan de descubrir algo hermoso y que, al mismo tiempo, se preparaban para algo grande al día siguiente.
—Dime cómo te imaginas su cara cuando nos bese por primera vez —pidió Sofía de repente, con una sonrisa juguetona pero tierna.
Moon rio bajito.
—Va a ser torpe al principio. Ese hombre no ha besado a nadie que no sea su señora en años.
Va a dudar. Va a poner las manos en mi cintura como si tuviera miedo de romperme.
Pero luego… luego va a dejarse llevar. Va a besarme con esa hambre acumulada.
Y tú vas a estar ahí, al lado, besándome también.
Y él va a pasar de una boca a la otra sin saber muy bien cómo ha llegado hasta ahí. Va a estar perdido. Y excitado. Y vivo.
Sofía soltó una carcajada suave y le dio un beso en la mejilla.
—Dios, cómo te quiero cuando te pones así de detallista. Mañana va a ser épico. Pero esta noche… esta noche es nuestra.
Se abrazaron más fuerte. Las caricias siguieron, lentas, cariñosas.
Moon le besó el hombro, el cuello, la clavícula.
Sofía le acarició el pelo, la mejilla, la curva de la cadera.
Hablaron durante horas. De Jacob, sí. De cómo imaginaban cada paso en el autobús.
De cómo manejarían si él se resistía al principio.
De cómo lo llevarían poco a poco hasta que pidiera más.
Pero también hablaron de ellas. De cómo este plan las había unido más de lo que esperaban.
De cómo, después de mañana, querían seguir explorando lo que había entre ellas dos.
De cómo, pasara lo que pasara con Jacob, ellas dos seguirían siendo el centro.
La conversación fluía natural, con pausas, con risas, con silencios cómodos donde solo se oía la lluvia y sus respiraciones.
Se besaban cada pocos minutos, besos suaves, besos que decían “estoy aquí”.
Se acariciaban sin prisa, manos que exploraban con cariño, no con lujuria.
Moon le pasaba los dedos por el vientre plano de Sofía, sintiendo cómo subía y bajaba con cada respiración.
Sofía le besaba los párpados cerrados, la frente, los labios entreabiertos.
En un momento, Moon se incorporó un poco y miró a Sofía a los ojos en la penumbra.
—Sofi… pase lo que pase mañana, gracias. Por esto. Por dejarte llevar. Por quererme así.
Sofía le cogió la cara con las dos manos y la besó con todo el cariño del mundo.
—Gracias a ti, Moon. Por ver las grietas. Por incluirme. Por hacerme sentir que no estoy sola en esto.
Se volvieron a tumbar, enredadas, y siguieron hablando.
La noche avanzaba, la lluvia seguía, y ellas dos seguían allí, construyendo un lazo que sabían que las iba a sostener al día siguiente.
No era solo un plan. No era solo sexo. Era amor.
Era confianza. Eran dos chicas que, antes de lanzarse al vacío con Jacob, se aseguraban de que su propio suelo estuviera firme.
Y así, entre caricias tiernas y conversaciones susurradas, la noche las envolvió. Mañana sería otro día. Mañana empezarían a mover las piezas.
Cuando finalmente el sueño las venció, lo hizo con ellas abrazadas, piernas enredadas, respiraciones acompasadas. Mañana sería el día. Pero esa noche las había unido más que nunca.