La Grieta 8
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Una tarde, mientras esperaba en la parada, vio llegar a Sofía caminando con paso rápido.

Su amiga llevaba una falda corta que dejaba ver sus piernas largas y morenas, y una camiseta holgada que apenas disimulaba el volumen generoso de su pecho.

El pelo rubio platino brillaba bajo la luz de la tarde.

—¿Otra vez aquí? —preguntó Sofía con una sonrisa pícara al llegar a su lado—. Me estás preocupando, Moon. ¿Tan interesante es el señor del taller?

Moon sonrió apenas, pero no apartó la vista de la calle por donde debía aparecer el autobús.

—Sube conmigo. Quiero contarte algo importante.

Sofía levantó una ceja, claramente intrigada.

Cuando el autobús llegó, las dos subieron juntas.

Moon se colocó en su posición habitual, a pocos metros de Jacob.

Sofía se pegó a su lado, tan cerca que sus cuerpos se rozaban constantemente por la multitud.

El pecho abundante y suave de Sofía se presionaba contra el brazo de Moon cada vez que el autobús frenaba.

Moon podía sentir la firmeza de esos pechos, cómo subían y bajaban con la respiración de Sofía, cómo se movían ligeramente con cada sacudida del vehículo.

Mientras el vehículo avanzaba, Moon empezó a hablar en voz muy baja, casi un susurro que solo Sofía podía oír entre el ruido del motor:

—Mañana voy a dar un paso más. He estado observándolo varias semanas.

Sé exactamente cuándo se prepara para bajar, cómo se sujeta, cómo reacciona al vaivén.

Mañana me voy a colocar justo delante de él, de espaldas.

Voy a dejar que el movimiento del autobús haga el trabajo.

Quiero que me toque. No voy a forzarlo. Solo voy a permitirlo.

Quiero ver hasta dónde llega él solo, cuánto tiempo tarda en ceder.

Sofía tragó saliva. Su respiración se había vuelto un poco más rápida. El autobús frenó y sus cuerpos se apretaron más. El pecho generoso de Sofía se aplastó contra el costado de Moon.

—¿Y yo qué pinto en esto? —susurró.

Moon giró ligeramente la cabeza para mirarla. Sus ojos marrones con matiz verdoso brillaban con esa intensidad tranquila.

—Quiero que estés allí. Que veas cómo pasa. Que observes su reacción. Y… si todo sale bien, después del autobús, ¿te importaría que lo llevemos a tu casa?

Sofía parpadeó, sorprendida.

—¿A mi casa?

—Sí —continuó Moon con calma—. Tu apartamento está solo dos paradas después de la suya. Si consigo que baje con nosotras, o si conseguimos que nos siga… sería más fácil continuar allí. Sin gente. Sin interrupciones. Solo nosotros tres. Un lugar privado donde poder hablar… o lo que surja.

Sofía se mordió el labio inferior. Su mano rozó discretamente la cintura de Moon. Hubo un silencio cargado. Luego, con voz más baja pero firme, Sofía respondió:

—Moon… quiero entrar. No solo observar. Quiero formar parte del juego. Quiero estar ahí cuando lo toques, cuando él reaccione. Quiero ver cómo se rompe. Y si después vamos a mi casa… quiero estar dentro. No como espectadora. Quiero participar.

Moon se quedó callada un segundo, procesando la petición. No esperaba que Sofía fuera tan directa ni tan rápida en querer involucrarse. Miró el reflejo de Jacob en el cristal, luego volvió a los ojos oscuros de su amiga.

—¿Estás segura? —preguntó en voz muy baja—. Esto no es un juego inocente. Si entras, no sé hasta dónde puede llegar.

Sofía asintió sin dudar. Su pecho subía y bajaba más rápido contra el brazo de Moon.

—Estoy segura. Me excita la idea. Verte a ti provocándolo, ver cómo él cede… y estar ahí con vosotros. Quiero sentirlo también. Quiero ser parte de cómo se abre esa grieta que tanto te gusta.

Moon respiró profundamente. Una sonrisa lenta, satisfecha, apareció en sus labios.

—Entonces sí —dijo finalmente—. Acepto. Mañana entras conmigo. Estaremos las dos. Tú a mi lado, observando, participando en lo que surja. Y si conseguimos que baje del autobús… lo llevamos a tu casa. Allí podremos continuar sin prisas, sin que nadie nos interrumpa.

Sofía soltó un suspiro tembloroso, casi de alivio mezclado con excitación.

Sus mejillas se habían sonrojado visiblemente.

El autobús dio otra curva y sus cuerpos se apretaron aún más.

Sofía, claramente cachonda por la conversación, deslizó discretamente su mano por la cintura de Moon y bajó un poco más, rozando la curva de su cadera por encima de la falda.

—Joder, Moon… solo de imaginarlo mañana… me estoy poniendo muy mojada —susurró Sofía al oído de su amiga, la voz entrecortada—. Imaginarte pegada a él, dejando que te toque… y yo al lado, viéndolo todo… me está volviendo loca.

Moon se dejó acariciar. No se apartó. Al contrario, inclinó ligeramente su cuerpo hacia Sofía, permitiendo que la mano de su amiga subiera por su costado y rozara la parte inferior de su pecho. El roce era discreto, oculto por la multitud, pero intenso.

Sofía continuó, la respiración cada vez más agitada:

—Quiero tocarte ahora mismo… solo un poco. Solo para calmarme hasta mañana.

Su mano subió más y acarició suavemente el pecho de Moon por encima de la ropa, el pulgar pasando sobre el pezón que ya empezaba a endurecerse.

Moon soltó un suspiro muy bajo y se dejó hacer.

El autobús seguía su trayecto, y las dos chicas permanecían pegadas, el cuerpo generoso de Sofía presionándose contra Moon mientras su mano exploraba con disimulo.

—Estás muy cachonda —murmuró Moon, casi sonriendo.

—Mucho —admitió Sofía, la voz ronca—. Solo de pensar en las dos chicas contra él… en tu casa o en la mía… me estoy mojando la braga.

La mano de Sofía bajó de nuevo, rozando el muslo de Moon por debajo de la falda, subiendo lentamente por la piel suave.

Moon separó ligeramente las piernas, permitiéndolo.

El roce era peligroso, pero la multitud las protegía.

Sofía acarició el borde de las bragas de Moon, sintiendo el calor y la humedad que ya empezaban a acumularse.

El autobús continuó dos paradas más. Cuando las puertas se abrieron en la parada de Sofía, las dos bajaron juntas, caminando rápido con prisa por llegar a casa y poder disfrutar en privado de una tarde de sexo entre ellas.

Una vez dentro del apartamento de Sofía, la puerta apenas se cerró cuando Sofía empujó a Moon contra la pared y la besó con hambre.

Sus manos volaron: una subió bajo la camiseta de Moon, apretando sus pechos pequeños y firmes; la otra bajó directamente entre sus piernas, apartando las bragas y acariciando su coño ya mojado.

—Necesito correrme antes de mañana —jadeó Sofía contra su boca—. Solo de imaginar lo de mañana… no puedo esperar.

Moon se dejó llevar. Respondió al beso con la misma intensidad, metiendo la mano bajo la falda de Sofía y encontrando su coño empapado. Sus dedos se deslizaron fácilmente entre los labios hinchados, frotando el clítoris mientras Sofía gemía contra su cuello.

Se quitaron la ropa con prisa, dejando un rastro hasta el sofá cama.

Sofía se tumbó y abrió las piernas, tirando de Moon para que se colocara encima en posición 69.

Moon bajó la cabeza y lamió el coño depilado y mojado de Sofía con lengua experta, mientras Sofía hacía lo mismo con ella, chupando su clítoris con desesperación.

Las dos se corrieron rápido, casi al mismo tiempo: primero Sofía, temblando y apretando los muslos alrededor de la cabeza de Moon; luego Moon, gimiendo contra el coño de su amiga mientras su cuerpo se sacudía.

Quedaron abrazadas en el sofá, sudorosas y respirando agitadamente, la lluvia golpeando la ventana.

Ninguna de las dos habló durante un buen rato.

Solo se quedaron allí, piel contra piel, el pecho de Sofía subiendo y bajando contra el de Moon, sus piernas enredadas como si tuvieran miedo de que el mundo real volviera a separarlas.

La lluvia seguía cayendo, un rumor constante que parecía amortiguar todo lo demás.

Moon pasó los dedos por la espalda de Sofía, despacio, trazando círculos pequeños sobre la piel morena que aún brillaba por el sudor.

Sofía soltó un suspiro largo, casi un ronroneo, y hundió la nariz en el cuello de su amiga.

—Joder, Moon… —murmuró al fin, con la voz ronca y baja, como si le costara creer lo que acababa de pasar—. No me esperaba esto. Ni en un millón de años.

Moon se quedó callada un segundo, con la mejilla apoyada contra el pecho cálido de Sofía. Sonrió para sí misma, casi con ternura, mientras sus dedos seguían dibujando círculos lentos en la espalda de su amiga.

—Esta es la segunda vez que nos acostamos…

y ya siento que la primera fue hace una eternidad —susurró Moon, con la voz suave y un poco ronca—.

La primera fue puro fuego, puro impulso.

Esta… esta ha sido distinta. Más profunda.

Como si ya supiéramos que no es solo curiosidad ni un experimento. Como si ya fuéramos algo más.

Levantó ligeramente la cabeza para mirarla a los ojos.

—Joder, Sofi… yo tampoco me lo esperaba. Ni en un millón de años, como tú dices. Pero me alegro muchísimo de que haya pasado. Otra vez.

Sofía levantó la cabeza lo justo para mirarla a los ojos.

Sus pupilas estaban dilatadas, todavía brillando con ese resplandor post-orgásmico, pero había algo más allí: una vulnerabilidad que Moon no había visto antes en ella.

La mano de Sofía subió hasta la cara de Moon, le acarició la mejilla con el pulgar, despacio, como si estuviera memorizando cada detalle.

—Ven —dijo de repente, incorporándose un poco—. No quiero quedarme aquí. Vamos a la cama. Solo… a estar. Sin más. Quiero abrazarte como Dios manda.