ESCENA 8
El sábado por la noche, CARMEN preparó su pequeña maleta.
La semana de retiro espiritual que la había llevado hasta aquella santa casa llegaba a su fin.
La tarde anterior se había despedido de las hermanas y solo le quedaba decir adiós a SOR ENEIDA, quien había pedido a SOR CONSUELO sustituirla en el vestíbulo del torno.
CARMEN examinó de arriba abajo los muros de piedra que la habían acogido. Se asomó al claustro y contempló por última vez la estampa del jardín nevado y del venerable tejo centenario. Después, se dirigió a la salida.
Mientras CARMEN recorre el camino hasta la puerta, el escenario simulará a modo de carrusel cuatro celdas contiguas en las que el público observará los secretos íntimos de las hermanas: en la primera celda, SOR SAGRARIO se masturba con una foto de SUSANA; en la segunda celda, SOR ANGUSTIAS se azota la espalda con una fusta para intentar purgar sus pecados; en la tercera, SOR LUZMILA se deleita contando fajos de billetes donados por las mujeres que realizan retiros espirituales.
En la última, SOR CONSUELO lee ávida novelas románticas mientras engulle un enorme tarro con galletas de chocolate.
CARMEN llega al zaguán donde la espera SOR ENEIDA.
SOR ENEIDA: Ha sido un placer tenerla entre nosotras. Espero que haya encontrado lo que venía buscando.
CARMEN: Ha sido una experiencia intensa, sin duda, aunque creo que la búsqueda que he emprendido es de largo recorrido y de resultado incierto.
SOR ENEIDA: Sí, así lo creo yo también. Todas las búsquedas importantes lo son. Estará impaciente por ver a su familia.
CARMEN ( Sonriendo .) Mucho. En cuanto llegue a casa iré a desayunar con mis hijas. Ahora que la nevada ha amainado, nos sentarán bien un buen paseo y unos churros con chocolate.
SOR ENEIDA: Qué estupendo plan. Le deseo de corazón mucho éxito en su vida y en sus proyectos literarios.
CARMEN: La verdad es que está a punto de salir mi segunda novela, y no sé, tengo sentimientos encontrados.
SOR ENEIDA: ¿Cómo se titula?
CARMEN: La isla y los demonios .
SOR ENEIDA ( Sonrisa amarga .) Siempre los demonios acechando. Todas los arrastramos, a veces durante demasiado tiempo.
CARMEN: No estoy satisfecha con el libro, hermana, pero ya me da igual.
SOR ENEIDA: ¿Por qué no está satisfecha?
CARMEN: La escribí con las vísceras, no con el alma. Pero ahora… me noto diferente. Soy una mujer nueva.
SOR ENEIDA: Quizás debería escribir con el corazón, pero qué sabré yo, solo soy una monja. Adiós, Carmen. Que Dios la bendiga.
CARMEN: Adiós… Susana. Y gracias por todo.
CARMEN y SUSANA se abrazan.
La escritora sale del convento y recibe una bocanada de aire intenso y frío que le despierta el ánimo. El amanecer aún no se ha consumado y en el cielo, un claroscuro de luces y sombras tiñe la ciudad con un velo bello y temible.
CARMEN enciende un cigarro y sonríe. La nieve ha dejado de amontonarse en las calles y ya solo quedan los restos derretidos que limpian los adoquines del poético Barrio de las Letras.
La mujer camina firme en dirección al paseo de Prado.
Al torcer por la calle de las Trinitarias divisa en la esquina, pegada a la calle de las Huertas, la figura del mismo mendigo con el que tropezó la noche de su llegada.
Al pasar a su altura, le pide un cigarrillo.
CARMEN se lo da y le ofrece fuego. Mientras la llama ilumina la cara del mendigo, la escritora se percata de que es una mujer, una mujer joven, de intensos ojos azul cielo y con un siglo de dolor tatuado en el rostro.
Tras alejarse unos metros y enfilar la calle de las Huertas, CARMEN vuelve la vista atrás, pero la mujer ya no está. Solo alcanza a ver el rápido movimiento de una puerta muy bien camuflada en el lateral del cenobio cerrándose como la lápida de un sepulcro.
Fin.