La Gracia ACTO TERCERO
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ACTO TERCERO

CARMEN lleva todo el día pensando en el favor que le había pedido SOR REBECA.

La joven novicia estaba nerviosa y parecía muy afligida.

Solo esperaba no haber metido la pata ayudándola.

A fin de cuentas, ella era solo una invitada y debía procurar no inmiscuirse más de la cuenta en las vicisitudes de aquella casa.

Entra SOR ENEIDA.

SOR ENEIDA: Buenas tardes nos dé Dios.

CARMEN ( Con una sonrisa .) Buenas tardes, hermana. ( Señalando el cuadro .) ¿Podría decirme si esta joven es Sor Marcela?

SOR ENEIDA ( Se coloca junto a CARMEN frente al cuadro .) Podría serlo.

El cuadro es de su misma época, hacia 1630.

Pero los expertos creen que, por edad, no es ella.

La imagen refleja a una adolescente y en ese momento Sor Marcela tendría unos 25 años.

Quizás podría ser Sor Jerónima, su más fiel amiga dentro del convento.

Era más joven y quien la ayudaba a montar las funciones teatrales para las hermanas.

CARMEN: Parece que conseguían disfrutar a pesar de las penurias y de la clausura.

SOR ENEIDA: Lo hacían. Sor Marcela era como su padre, un monstruo de la naturaleza. Un ingenio sin límites que necesitaba crear para vivir. Ella fue dramaturga, escenógrafa, actriz y directora teatral. En sus loas es donde más presente se halla su personalidad irreverente y jocosa.

CARMEN: Me encantaría leerlas.

SOR ENEIDA: Y podrá hacerlo si así lo desea.

Hoy, 31 de enero, es un día especial para nosotras.

Es la festividad de Santa Marcela y en el convento solemos celebrarlo con una pequeña representación con la que honramos a nuestra compañera de orden leyendo pequeños fragmentos de su obra.

Si usted quiere, podrá recitar algún extracto.

CARMEN ( Azorada .) No soy muy dada a leer en público, pero se lo agradezco.

SOR ENEIDA: Será como guste. Verá que las hermanas se permitirán cierta relajación esta noche. Y podrá comprobar que la clausura del siglo XVII no era como la actual. Entonces entraba en el convento el lenguaje cómico de las plazas y las ferias que Sor Marcela manejaba a la perfección.

CARMEN: Y solo aquí podría dar rienda suelta a todo su talento, ¿no es así? ¿Por eso ingresó en el convento?

SOR ENEIDA: Seguro que tendría algo que ver.

Para muchas mujeres, la soledad es una forma de libertad.

Aunque, según la crónica de otra hermana trinitaria que reproduce las palabras de la propia Sor Marcela, se hizo monja porque sus padres le tenían poco amor y por huir de esas molestias, se avino a sagrado, como los delincuentes cuando huyen de la justicia.

El humor y el sarcasmo son disfraces del dolor.

CARMEN: La huida del dolor. Es triste.

SOR ENEIDA: Es real ( Con ironía .) Demasiado, quizás. Pero al menos encontró en el convento el lugar adecuado para poder desarrollar su brillante talento literario, cosa que no hubiese podido hacer de haber seguido una vida profana.

CARMEN: Sí, es cierto, aquellos no eran buenos tiempos para las mujeres escritoras.

SOR ENEIDA ( Con un deje de amargura .) Ningún tiempo lo ha sido, ni para las escritoras, ni para ninguna mujer.

CARMEN: Sor Juana también eligió el convento para poder escribir. El matrimonio hubiese sido…bueno…

SOR ENEIDA: Dígalo, no tenga miedo, hubiese sido una cárcel peor.

CARMEN ( En un susurro .) Quizás.

CARMEN guarda silencio. SOR ENEIDA la desconcierta y la fascina a partes iguales.

CARMEN: A veces, no habla usted como una monja, sor Eneida.

SOR ENEIDA: Tampoco habla usted como una mujer casada, señora Laforet.

CARMEN: Por favor, Carmen, a secas. Eso me ha pesado en la conciencia algunas veces, el no verme a mí misma en el papel de esposa.

El no querer asumirlo como algo propio de mi naturaleza.

No sé explicarlo, es como si me viese desde fuera y no me reconociese en la estampa que se me aparece.

No quiero cometer pecado. Y, sin embargo, peco.

SOR ENEIDA: Somos como somos porque Dios así nos hizo y así nos ama.

CARMEN: No creo que los hombres piensen lo mismo, hermana.

SOR ENEIDA ( Tajante .) Los hombres piensan lo que les conviene. Dios, lo que es justo.

CARMEN: ¿Lo cree de veras? Que nos ama, a pesar de todo. A pesar de nuestros defectos y de nuestro empecinamiento en tropezar tanto y en caminar torcido.

SOR ENEIDA: Carmen, la belleza y la bondad no están en la rectitud. Si se fija en los rosales que tenemos en el claustro, a veces una rama torcida es la que carga más flores. Llaman “torcido” a lo que no es más que un camino diferente.

A CARMEN le gustaba escuchar su nombre en boca de SOR ENEIDA. Le hacía cosquillas, le acariciaba el alma oírlo de aquella voz admirable y rotunda.

CARMEN ( Como defendiéndose de un ataque que no existe .) La gente prefiere lo que encaja en líneas rectas.

SOR ENEIDA: Te importa demasiado lo que piense la gente. El ojo humano es engañoso. Todo depende de quién mire y de cuánto se atreva a mirar. ( Se acerca a CARMEN y le coge la mano .)

CARMEN: Usted habla como si supiera…

SOR ENEIDA ( Mirándola a los ojos .) Yo conozco la Gracia igual que la conoce usted.

CARMEN se separa de la monja. Está turbada. Camina por la biblioteca.

SOR ENEIDA: Piense un instante en esa Gracia que dice sentir y en cuándo la experimenta más vivamente.

CARMEN ( Cierra los ojos .) Cuando estoy en la iglesia, en silencio, y observo a Cristo en su martirio pensando en cómo ha sufrido y muerto por una causa mayor. Después, cierro los ojos y rezo. Son momentos de paz indescriptibles, de sentir que todo está en su sitio.

SOR ENEIDA: ¿Con quién está en la iglesia? En esos momentos que describe, ¿quién está con usted?

CARMEN: Está ella, siempre está ella. Lilí.

SOR ENEIDA: Ahora sáquela de la ecuación. Quédese sola en esa iglesia. ¿Sentiría lo mismo?

A CARMEN se le demuda el rostro. Siente una descarga, como si un rayo la hubiera partido en dos. Se imagina en la iglesia, sin ella. Sin ella, que es su razón y su motivo para estar en la iglesia, para respirar, para ser. Abre los ojos.

SOR ENEIDA ( Mirándola con ternura .) ¿Adónde se ha ido “la Gracia” ahora? ¿Sigue con usted?

CARMEN ( Defendiéndose con un ataque .) Es muy ducha en asuntos terrenales, hermana Eneida, aunque con un nombre tan sonoro, tan literario, no me extraña nada. Tiene nombre de batalla.

SOR ENEIDA: Es el nombre que escogí al entrar en la orden.

CARMEN: ¿Cuál es su nombre verdadero, si me permite la pregunta?

SOR ENEIDA: Mi nombre es como un fantasma al que temo invocar con tan solo pronunciarlo.

CARMEN: A mí me gustaría escucharlo.

SOR ENEIDA ( Con miedo en la voz .) Me llamo Susana. Susana López Izquierdo.

En ese momento irrumpe en la biblioteca SOR CONSUELO. Llega corriendo. Está nerviosa.

SOR CONSUELO ( Agitada .) Eneidiña, tenemos un problema. ( A CARMEN .) Hola, miña filla.

SOR ENEIDA: Cálmate, sor Consuelo, ¿qué sucede?

SOR CONSUELO: La sobriña ( Corrigiéndose .) Sor Rebeca… no está. Ha desaparecido.