La Gracia
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PRÓLOGO 1
El Patronato ejercía sus funciones en múltiples centros de internamiento regentados por órdenes religiosas en los que las chicas “rebeldes”, que no se plegaban al modelo de mujer diseñado por el nacionalcatolicismo para ellas, recibían tratos vejatorios, humillaciones y palizas en nombre de una causa patriótica: la dignificación moral de la mujer.
Las adolescentes debían aprender a apartarse del vicio abrazando los postulados de la religión católica.
Las niñas y mujeres que fueron encerradas en estos centros eran acusadas de los más variados “delitos” y “pecados”.
Desde quedarse embarazadas fuera del matrimonio, aunque fuesen víctimas de violación, en ocasiones por sus propios familiares, hasta mostrar una actitud desafiante ante las normas, padecer algún tipo de trastorno mental o, simplemente, apartarse de la heterosexualidad impuesta como norma por la sociedad patriarcal.
Las jóvenes lesbianas consideras desviadas de “la adecuada conducta sexual” y que no asumían el dogma impuesto por el Estado eran a menudo trasladadas a centros psiquiátricos como el de Ciempozuelos (Madrid) o el de Arévalo (Ávila).
Allí eran sometidas a diferentes métodos de tortura psicológica y física en nombre de Dios y de la patria.
La mujer española tenía un papel que cumplir y no se le podía permitir desviarse del camino correcto marcado por los objetivos de la instrucción de la Sección Femenina: ser buena patriota, ser buena cristiana y ser buena esposa, siempre asumiendo y aceptando un papel de sumisión con respecto a los varones.
El régimen de internamiento de estas jóvenes se asemejaba al de una cárcel.
No podían salir ni realizar llamadas telefónicas ni comunicarse con internas de otros pabellones.
El control era férreo y deshumanizador. Todo estaba permitido con tal de corregir las “conductas desviadas” de unas adolescentes que podían llegar a estos centros por mandato judicial, policial o por iniciativa de sus propias familias.
Aunque la mayoría de los archivos del Patronato fueron destruidos antes de su desaparición en 1983, se han recuperado algunos testimonios escritos y, sobre todo, orales de mujeres que fueron sometidas a abusos y torturas.
Algunos de los más estremecedores relatan cómo a muchas de aquellas internas les fueron arrebatados sus bebés en aquellos centros del horror.
La vergüenza y el oprobio de aquella alianza Estado-Iglesia que ejecutó ese plan infrahumano no se borrarán nunca.
Una alianza que las juzgó, sometió y silenció en lugares que hoy consideraríamos centros de tortura, pero que no logró destruir las ansias de libertad y justicia, a pesar de haber fabricado para ellas un molde en el que debían encajar por voluntad propia o a la fuerza.
Al menos hoy, las mujeres podemos ejercer libremente un pensamiento propio, aunque sigamos siendo juzgadas por ello.
Esta obra se acerca a aquella realidad de la dictadura que sobrevivió hasta los años 80 como una “policía de la moral” de las mujeres españolas.
Gracias al trabajo de investigación de escritoras como Consuelo García del Cid Guerra, hoy conocemos los detalles de estas prácticas inhumanas, de la trama de tráfico y venta de bebés gestada en los despachos del Patronato de Protección a la Mujer.
Estos y otros crímenes contra las mujeres nunca han sido reparados ni condenados por la justicia española .