La Gobernanta que Desafió al Empresario Solitario 2 - El Hombre que Cenaba Solo
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2 - El Hombre que Cenaba Solo

Durante los días siguientes, Mariana Alves descubrió que la mansión Montenegro tenía una rutina tan precisa como extraña.

Algunas mañanas Arthur se levantaba temprano y, en otras, parecía no haber dormido.

A las seis y media, doña Elisa preparaba café fuerte, fruta, pan tostado y algún plato caliente, pero casi siempre la bandeja regresaba con la comida prácticamente intacta.

Durante el almuerzo ocurría algo parecido.

El empresario permanecía horas dentro de la biblioteca privada o del despacho de la planta superior, rodeado de planos arquitectónicos, informes y documentos que llegaban mediante discretos mensajeros.

Por la noche, cuando la casa se sumía en el silencio, Mariana veía con frecuencia una franja de luz escapando por debajo de la puerta del despacho.

Una madrugada se despertó para beber agua y escuchó pasos en el pasillo a las tres y veinte.

Arthur seguía trabajando. A la mañana siguiente, encontró su taza de café exactamente donde doña Elisa la había dejado la noche anterior.

Mariana intentó convencerse de que aquello no era asunto suyo.

Su contrato mencionaba la organización de la casa, la supervisión de la limpieza, el cuidado de la ropa y la colaboración en la administración de las rutinas domésticas.

En ninguna parte decía que tuviera que preocuparse por un hombre adulto que, al parecer, consideraba que dormir y comer eran actividades opcionales.

Aun así, resultaba difícil ignorarlo. Arthur había convertido su propia fortuna en una forma sofisticada de desaparecer.

Podía pedir cualquier comida, pero no comía.

Tenía decenas de habitaciones, pero utilizaba cuatro o cinco.

Poseía extensos jardines y no paseaba por ellos.

Tenía una bodega, una sala de música y una terraza con vistas a las montañas, pero pasaba los días mirando documentos dentro de habitaciones cerradas.

La mansión no era exactamente una casa. Era una prisión confortable donde el prisionero tenía las llaves y, aun así, había elegido quedarse.

En su cuarta mañana de trabajo, Mariana inició su pequeña revolución.

No había pensado llamarla así, pero doña Elisa utilizó la expresión después de encontrarla en el salón principal abriendo las pesadas cortinas que llevaban meses cerradas.

Mariana recogió cada una cuidadosamente, dejando que el aire entrara por las ventanas que funcionaban.

Después retiró las fundas de dos sofás, pidió al equipo de limpieza que aspirara la gran alfombra y colocó sobre una mesa algunas revistas que encontró guardadas en un armario.

En la sala de música, limpió el piano y dejó la tapa cerrada, pero retiró la tela que lo cubría.

En una estancia más pequeña orientada hacia los jardines, encontró jarrones vacíos y puso en ellos algunas ramas que doña Elisa había traído.

—¿Piensas despertar a toda la casa? —preguntó la cocinera, de pie en la puerta.Mariana retrocedió para observar el resultado.

—Alguien tiene que avisarle a esta mansión que todavía vive gente en ella.

—Solo espero que una de esas personas esté de acuerdo contigo.

—Si no está de acuerdo, puede cerrar las cortinas él mismo.

Arthur percibió los cambios antes del almuerzo.

Mariana estaba organizando correspondencia sobre una mesa cuando escuchó pasos a su espalda.

Se volvió y encontró a su jefe de pie en el centro del salón, vestido con pantalones oscuros y una camisa azul con las mangas remangadas.

Observaba las ventanas abiertas como si alguien hubiera derribado una pared entera sin autorización.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.—Limpieza.

—Sé reconocer una limpieza, señorita Alves.

—Perfecto. Eso facilita bastante las cosas.Arthur le dirigió aquella mirada silenciosa que Mariana comenzaba a conocer.

—Las cortinas permanecían cerradas.—Me di cuenta.

Precisamente por eso las abrí.—Quiero que vuelva a cerrarlas.Mariana dejó la correspondencia sobre la mesa.

—¿Por qué?—Porque estaban cerradas.—Eso explica cómo estaban, no por qué tienen que seguir así.Arthur inspiró lentamente.

—¿De verdad tengo que justificar la posición de las cortinas de mi propia casa?

—No. Pero yo también necesito entender cómo debo conservar un salón donde nunca entra aire ni suficiente claridad.Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

—Déjelas abiertas —decidió él finalmente—.

Pero solo durante el día.Mariana asintió.

—De acuerdo.Arthur comenzó a alejarse y ella añadió:—¿Ve? Hablar funciona.Él no respondió.

El siguiente conflicto fue por el almuerzo.

Doña Elisa había preparado filete de pescado con hierbas, patatas asadas, arroz con almendras y verduras, además de una pequeña tarta de manzana cuyo aroma llenaba toda la cocina.

La bandeja destinada a Arthur fue cuidadosamente preparada y llevada al despacho.

Una hora después, Mariana la encontró en el pasillo, devuelta por una empleada.

El plato estaba intacto.—¿No ha comido? —preguntó.

—Dijo que no tenía hambre.Mariana miró el reloj.

Eran casi las tres de la tarde. Tomó la bandeja y regresó a la cocina.

Doña Elisa ni siquiera necesitó preguntar.

—No sirve de nada insistir.—¿Desde cuándo hace esto?

—Desde el accidente empeoró. Antes ya se olvidaba de algunas comidas cuando trabajaba, pero ahora...

—Se encogió de hombros—. Hay días en los que parece creer que el café es alimento.Mariana miró la tarta.

—Entonces cambiaremos el método.Cortó una porción más pequeña, la colocó en un plato, añadió una taza de café recién hecho y volvió a la planta superior.

Doña Elisa pronunció su nombre, pero Mariana fingió no escucharla.

Arthur estaba hablando por teléfono cuando ella entró en el despacho después de llamar dos veces.

Él le indicó con la mano que esperara y continuó hablando de contratos, plazos y un proyecto que, al parecer, necesitaba ser revisado.

Mariana observó la estancia. Había papeles sobre casi todas las superficies, una estantería repleta de libros técnicos y, cerca de la ventana, un sillón que parecía no utilizarse nunca.

Arthur terminó la llamada y miró el plato que llevaba en las manos.

—No he pedido nada.—Lo sé.—Entonces, ¿por qué lo ha traído?

—Porque el almuerzo volvió entero.—No tenía hambre.

—Por eso solo he traído la tarta.Arthur cerró la carpeta que tenía delante.

—Señorita Alves, no necesito que controle mis comidas.

—Yo tampoco quiero hacerlo. Tengo cosas más interesantes que hacer.

—Excelente. Estamos de acuerdo.—Pero doña Elisa cocina para usted todos los días y se preocupa cuando todo vuelve intacto.Arthur miró el plato.

—¿Está intentando convencerme haciéndome sentir culpable?

—No. Si quisiera hacerlo, habría traído a doña Elisa conmigo. Sería mucho más eficaz.

Por un instante, Arthur se quedó completamente inmóvil.

Entonces ocurrió algo que Mariana todavía no había visto: soltó una breve carcajada.

Fue baja, casi involuntaria, y desapareció tan deprisa que ella podría haber imaginado que nunca ocurrió.

Sin embargo, el cambio en su rostro fue suficiente para transformarlo.

La rigidez alrededor de sus ojos disminuyó y, durante unos segundos, pareció simplemente un hombre cansado frente a una mujer insistente que sostenía un trozo de tarta.

Mariana intentó ocultar su propia sorpresa.

—¿Puedo dejarlo aquí? —preguntó.Arthur se recostó en la silla.

—Si digo que no, ¿se lo llevará?—Probablemente.

—¿Probablemente?—Tal vez lo deje en el pasillo para que lo encuentre después.

—Eso sería ridículo.—Estoy de acuerdo. Así que sería mejor aceptarlo ahora.Él señaló una esquina de la mesa.

—Déjelo.Mariana colocó allí el plato. Cuando llegó a la puerta, escuchó el sonido del tenedor contra la porcelana.

No se volvió. Simplemente dejó que una sonrisa apareciera en sus labios mientras caminaba por el pasillo.

Aquella pequeña victoria inició una rutina que ninguno de los dos admitiría haber creado.

Mariana dejó de llevar enormes bandejas al despacho y comenzó a pedirle a doña Elisa que preparara porciones más pequeñas cuando Arthur estuviera trabajando.

A cambio, él dejó de devolverlo todo sin tocar.

A veces comía solo unas cucharadas; otras, terminaba el plato.

Mariana también comenzó a encontrar breves notas junto a las bandejas.

«Sin cebolla mañana». «Café más fuerte».

«La sopa estaba buena». Arthur podría simplemente haber hablado con doña Elisa, pero parecía preferir aquella comunicación indirecta.

Mariana respondía de vez en cuando. Cuando encontró la petición de un café más fuerte, escribió debajo: «Más fuerte que esto solo si mastica los granos».

A la mañana siguiente, el papel regresó doblado junto a la bandeja.

Arthur había escrito solamente: «Considérelo una posibilidad».

Mariana se rio sola en la despensa y doña Elisa, al darse cuenta, no preguntó nada.

Simplemente siguió cortando verduras con una pequeña sonrisa.