La fruta amarga (Crímenes de Cornualles 3) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

—Eres una traidora —escupió—, no busques más allá de ti misma para entender por qué ha pasado todo esto. Has ofendido la memoria de nuestra madre y de nuestra abuela. Has ofendido a Bride al negarla, al negar tu pasado.

—La única a la que he ofendido es a ti, y si eres sincera, de verdad sincera, no estás ofendida, estás enfadada, y no por nada espiritual…

nada tan elevado. Estás celosa de una casa cualquiera porque me quedé con la granja.

Eres tan materialista como cualquier otra persona, y si te molestó que Elspeth robara esas cosas, es porque en el fondo crees que te pertenecen.

Morvah le daba la espalda. Su cuerpo estaba encorvado sobre la mesa.

—Cállate… no sabes de lo que estás hablando.

—Bueno, no nos pertenecen ni a ti ni a mí, ni a ninguna de nosotras.

Pertenecen a las pobres mujeres tristes que nos pidieron que hiciéramos nuestros supuestos encantos por ellas.

Nuestra familia aceptó sus donaciones funcionaran o no los encantos.

Las fosas con las ofrendas aún intactas son un testimonio del fracaso de nuestra familia.

No funcionaron, por eso siguen ahí. Entonces, ¿qué importa si Elspeth Fuller se las llevó?

Esas pobres mujeres esperaban un hijo que nunca tuvieron.

Algunas mujeres no pueden concebir; mujeres como Jessica Marshall, por ejemplo. Fue una mentira, Morvah.

—Funcionó para algunas —dijo Morvah en voz baja.

—Concedido, algunas mujeres se quedaron embarazadas, pero tú eres la enfermera; sabes que esas mujeres se habrían quedado embarazadas con o sin las ofrendas. Tal vez, como Mary Bluet, el problema era el marido y en cuanto miraron a otro lado, ¡zas!

—Nunca has creído.

—No, no he creído; y además, lo odio. No ha traído más que problemas. Nos ha convertido en parias, y míranos ahora. Todo esto porque el bebé fue encontrado en un pozo de bruja.

Carmen estaba subiendo el tono deliberadamente para irritar a su hermana; pinchándola hasta que dijera la verdad, pero mientras las palabras salían de sus labios, se dio cuenta de que mucho de lo que decía reflejaba lo que realmente sentía desde hacía la mayor parte de su vida.

—Elspeth Fuller no era diferente a nosotras; se beneficiaba de la desgracia ajena.

Carmen se sintió mareada por la exaltación de desahogar sus emociones en un estallido violento.

—Quiero que te vayas —dijo Morvah en voz baja.

Carmen necesitaba un minuto para ordenar sus pensamientos. No podía irse todavía; no hasta conseguir lo que había venido a buscar. Sentía calor y un ligero mareo.

—Lo haré, no te preocupes, no tengo nada más que decirte, pero necesito usar tu baño antes de conducir de vuelta a casa, si no te importa… dos minutos y me voy.

—Es por ahí —dijo Morvah mientras señalaba la puerta al final del pasillo. Desinflada, tenía la cabeza agachada y se frotaba las sienes.

Carmen recorrió el pasillo. Estaba a punto de abrir la puerta del baño cuando notó que la puerta a su izquierda estaba entreabierta.

Supuso que era el dormitorio de Morvah. En otro tiempo habría entrado sin pensarlo para echar un vistazo a la paleta de colores y rebuscar en el armario de su hermana algo que ponerse, pero ya no.

Aun así, por pura curiosidad, empujó suavemente la puerta, esperando la coordinación impecable que predominaba en el resto del lugar.

Lo que vio la dejó clavada en el sitio.

Paredes gris pastel. Armarios empotrados de pared a pared y sábanas de algodón egipcio, como era de esperar, pero sobre el cabecero, cubriendo el espacio, estaba dibujado un enorme pentagrama y, en su centro, un círculo; dos líneas curvas representando cuernos sobresalían de la parte superior, de cada uno de los cuales colgaba el símbolo de un torc celta.

Era el símbolo del dios cornudo, Cernunnos, el Kernunnos de los cornualleses.

Ese no era un símbolo usado por su familia. Ellos se preocupaban por lo que ocurría después de la concepción; el niño y su seguridad en el vientre. El dios cornudo era masculino, violento y visceral; naturaleza y sexualidad en su forma más salvaje. Se estremeció.

Atrancando la puerta del baño, intentó recomponerse. Desde que vio las fotografías, el temor persistente de que Morvah estuviera implicada le rondaba la mente. Ahora que había visto el símbolo y sabía que su hermana tenía un motivo, le parecía imposible que pudiera ser otra persona.

Debería haber aprendido algo de sus tratos con Eden y el inspector Parish y haberse ceñido al tema. No mencionaría el símbolo; necesitaba volver ahí fuera e intentar que Morvah hablara de nuevo.

Tiró de la cadena y abrió el grifo por un segundo antes de abrir la puerta. Morvah seguía exactamente como la había dejado. Respiró hondo, preparándose para terminar con esto.

Carmen dejó su bolso en el sofá y caminó hacia ella.

—Lo siento. Sí tengo una conexión con el pasado.

Tú… tú eres mi conexión. Respeto lo que hicieron la abuela y mamá; ayudar a las mujeres cuando entraban en trabajo de parto y encontrar remedios para sus dolencias; lo que me cuesta es la parte religiosa.

Pero respeto tus creencias, de verdad, y no debería haber dicho lo que dije.

Estaba enfadada porque mentiste otra vez.

Saber que sabías todo el tiempo dónde estaba Rowan… me enfadé muchísimo.

Tocó el hombro de su hermana y sintió el peso de un suspiro bajo su mano.

—¿Hay algo más que necesites contarme? Porque ahora es el momento. No puede haber más mentiras ni secretos; todo debe salir a la luz si queremos seguir siendo hermanas, ¿lo entiendes?

—No hay nada más, lo juro.

—¿Nada sobre Elspeth?

—¿Qué quieres decir?

—¿La conociste alguna vez, por ejemplo?

—No, llamó un par de veces y dejó mensajes, pero yo no quería tener nada que ver con ella y no la devolví la llamada.

—¿Nunca hablaste con ella?

—No, estaba en contra de la excavación y no quería involucrarme; y mucho menos cuando me enteré de lo que estaba haciendo esa tal Fuller.

Carmen soltó un suspiro de alivio.

—Menos mal —dijo ella.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Encontraron el cuerpo de Elspeth esta tarde, en el fondo del pozo de cristal. La habían asesinado.

Los ojos de Morvah se agrandaron.

—¿Asesinada?

—Le grabaron símbolos en el cuerpo; la Triple Luna, el Nudo de la Bruja y la Garra de Cisne en los omóplatos.

Morvah se echó hacia atrás, horrorizada.

—Pensaste que había sido yo, ¿verdad? Por eso viniste esta noche.

—No, claro que no. ¿Quién sabe quién pudo haberlo hecho?

Podría ser uno de los chiflados que andan por aquí desde que encontraron al bebé y la excavación se volvió viral.

Normalmente, detectaríamos a los forasteros en el pueblo, pero ahora está lleno de ellos; la prensa, esos malditos manifestantes y toda esa gente de la Nueva Era acampando donde pueden.

—Pero la Garra de Cisne... nadie sabría sobre eso.

Carmen se sonrojó.

—Vale, dije que no mentiría. Así que, para decirte la verdad, por ese símbolo sí pensé que podrías haber sido tú, ya está, lo he dicho.

—¿Yo?

—Vi lo perfectamente que estaban tallados los símbolos en el cuerpo y solo pude pensar en una persona capaz de hacer eso, y supuse que te habías enterado del contrabando.

—No soy la única… —dijo Morvah, luego dudó—, espera un momento, ahora vuelvo.

Se dirigió rápidamente hacia el baño. Carmen la siguió y observó cómo su hermana abría el botiquín sobre el lavabo y comenzaba a mover el contenido, buscando algo.

—No está aquí —dijo, con pánico en la voz.

—¿Qué estás buscando?

Morvah barrió el contenido del armario hacia el lavabo. Botellas de jarabe para la tos y frascos de vitaminas repiquetearon contra la porcelana. Carmen la miraba, desconcertada.

—Un bisturí; había un bisturí aquí. Lo llevé del trabajo. Reciclaban los viejos y yo lo tomé porque son útiles para tareas en casa cuando necesitas algo realmente afilado.

—¿Y ha desaparecido?.

—Estuvo aquí hasta hace unos días. Lo sé porque lo usé para cortar un trozo de estera de fibra de coco que compré para la entrada.

Carmen pensó en las marcas en el cuerpo de Elspeth; las finas líneas ininterrumpidas grabadas en su piel pálida y en cómo habían sido hechas con algo brutalmente afilado: un bisturí.

La hoja estrecha diseñada para la precisión, usada para cortar carne; capaz de llegar al hueso con el más leve de los toques.

Morvah había dicho que Rowan la visitó después de que se fugó bajo fianza.

Se preparó para oír el nombre de su hija.

Rowan sabía sobre Elspeth y había tenido el libro del que copiar los símbolos.

—Rowan… tú crees que Rowan tomó el bisturí y mató a Elspeth, ¿verdad? —soltó de golpe.

—¿Rowan? No, nunca le ha interesado la práctica; es como tú. Siempre pensó que era una tontería —respondió Morvah con desdén.

—Pero tenía el libro, podía haber copiado los signos.

—Pero dijiste que las líneas eran ininterrumpidas; que estaban dibujadas con precisión y solo hay una persona que podría hacer eso, o que al menos solía poder hacerlo; una persona a la que le enseñé a dibujar la Pata de Cisne, la Triple Luna y el Nudo de la Bruja.

—¿Quién?

—Matthew, le enseñé a Matthew cuando era niño.