La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

DANIELS

La casa de seguridad de Cerberus no era más que una casa adosada de lujo en las afueras de Chicago: anónima, olvidable y con suficiente seguridad para mantener a raya a un pequeño ejército.

El tipo de lugar donde la gente desaparecía, ya fuera por protección o porque alguien necesitaba que se esfumaran del mapa. Esa noche, era lo primero.

Sebastian Rowe estaba sentado en una de las sillas de cuero del salón, con los codos sobre las rodillas y la cabeza gacha. Apenas había abierto la boca desde que lo habían llevado allí, y Daniels no sabía si eso era buena o mala señal.

Daniels apenas notaba el tirón de los puntos que Reyna le había puesto en el costado mientras permanecía de pie junto a la ventana, de espaldas a la habitación, observando las sombras extenderse por la calle vacía.

Estaba demasiado tenso, con la adrenalina de la pelea aún corriéndole por las venas.

Le dolían las costillas a rabiar y tenía la paciencia bajo mínimos.

Reyna había estado callada. Demasiado callada.

Estaba de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados, en una postura engañosamente relajada. Pero Daniels la conocía bien. Tenía los hombros demasiado rígidos, la mandíbula apretada con fuerza. No lo había mirado desde que habían llegado, y eso no era normal en ella.

Fitz y Anton mantendrían a Rowe bajo vigilancia. El hombre sabría guardar secretos, pero quienquiera que hubiera intentado acabar con él esa noche no había terminado. La asesina se les había escurrido entre los dedos y ahora volvían a estar a la defensiva.

Daniels exhaló lentamente y se apartó de la ventana.

—Deberíamos irnos. Fitz y Anton lo tienen cubierto.

Reyna asintió una sola vez, seca.

—Sí.

Seguía sin mirarlo.

Daniels reprimió el impulso de presionarla. No sabía cómo iba a acabar esa noche, pero había una tormenta formándose dentro de ella; lo notaba.

Se marcharon sin decir otra palabra.

De vuelta en la sede de Cerberus, el silencio pesaba entre ellos mientras Daniels aparcaba el todoterreno en el garaje subterráneo. En cuanto apagó el motor, Reyna se desabrochó el cinturón y abrió la puerta de golpe, bajando con un movimiento brusco.

Daniels se tomó su tiempo.

Ella estaba demasiado tensa. Él estaba demasiado cansado. Pero ninguno de los dos iba a dejar pasar aquello.

Para cuando salió del vehículo, Reyna ya estaba en el ascensor, con los brazos cruzados, esperando. Cuando las puertas se abrieron, ella entró y Daniels se metió a su lado, sin hablar, dejando que el silencio se extendiera. Las puertas se cerraron y el espacio reducido lo empeoró todo.

Solo cuando llegaron a la planta privada de Cerberus y entraron en la sala de operaciones, ella se volvió hacia él.

—Fuiste demasiado lento.

Daniels arqueó una ceja y se apoyó contra la mesa.

—¿Perdona?

—Fuiste demasiado lento —repitió ella con voz afilada, controlada—. Ese cuchillo no debería haberte tocado. Deberíamos haber sido más rápidos, deberíamos haber tenido refuerzos. Joder, yo debería haber disparado antes.

Daniels inspiró lentamente. No estaba de humor para aquello, pero tampoco iba a dejar que se destruyera a sí misma.

—Hiciste tu trabajo, Reyna —dijo con calma.

Ella negó con la cabeza mientras cerraba las manos en puños.

—¿Ah, sí? Porque a mí me parece que dejé que la maldita zorra se escapara. Y tú...

Daniels la observó con atención. Ahora podía verlo: la frustración, la ira. Pero debajo de todo eso, reconoció algo más.

Culpa.

Se enderezó y cruzó el espacio entre ellos.

—Si no hubiera recibido ese golpe, no habría sacado a Rowe de allí a tiempo.

Ella levantó la barbilla, negándose a mirarlo a los ojos.

—Ese no es el punto.

—¿Entonces cuál es?

La respiración de Reyna se entrecortó, apenas, pero él lo notó.

Y entonces ella lo empujó. No fue mucho, solo un empujón fuerte con las palmas contra el pecho, pero le provocó una punzada aguda en el costado que lo hizo sisear de dolor.

—Maldita sea, Reyna...

—¡Podrías haber muerto!

Las palabras brotaron de ella, crudas y furiosas, y por primera vez esa noche, lo miró a los ojos. Los tenía encendidos, furiosos y llenos de algo que él no había visto antes.

Miedo.

El corazón de Daniels le martilleó en el pecho.

No se movió. No dijo una palabra. Solo la dejó desahogarse, la dejó sentirlo.

Y entonces, más suave esta vez:

—Podrías haber muerto.

A Daniels se le cerró la garganta.

—No morí.

Ella soltó una risa amarga y negó con la cabeza.

—No lo entiendes. Tú no...

Se dio la vuelta y se cubrió el rostro con las manos.

Algo dentro de él se quebró.

—Reyna...

Ella dejó caer las manos y se volvió hacia él con una expresión vulnerable como nunca le había visto.

—Deja de actuar como si esto no importara. Como si fuera solo otra operación, otra noche, otro roce con la muerte.

—Para —dijo él—. ¿Crees que no sé lo que esto te está haciendo? ¿Que no veo cómo cargas con cada pérdida como si fuera solo tuya?

Reyna apretó la mandíbula.

—Es mía.

—No. —Negó con la cabeza—. Es nuestra.

La habitación estaba en silencio, demasiado silencio, y la tensión entre ellos era como una serpiente enroscada lista para atacar. Él buscaba algo que decir, algo que la hiciera entender. Pero antes de que pudiera encontrar las palabras adecuadas, ella hizo algo que él nunca esperó.

Se acercó más y le apoyó las manos en el pecho de nuevo, esta vez con suavidad. Tanteando.

Las manos le subieron hasta el cuello abierto de la camisa, donde los dedos se le enroscaron en la tela.

—Di algo.

No podía. Porque si lo hacía, no pararía. Le diría cosas que ella no estaba lista para oír.

Reyna soltó un suspiro brusco; la frustración pugnaba con algo más profundo. —Maldita sea, Daniels...

Él la besó. No fue el beso suave y sensual que había imaginado.

No fue delicado. Fue cada palabra callada, cada ocasión en que casi pasó algo, cada momento de conflicto que había surgido entre ellos, todo fundido en el instante en que sus labios se estrellaron contra los de ella. El mundo se tambaleó.

Reyna respondió al instante; un sonido desesperado escapó de sus labios mientras le agarraba la camisa con los puños.

Él la empujó contra la pared, enredó los dedos en su cabello y le inclinó la cabeza para profundizar el beso.

Ella jadeó, su cuerpo amoldándose al de él, y él se tragó ese sonido, volcando en aquel momento todo lo que no podía decir.

Era fuego, frustración y anhelo. Lo era todo.

Daniels presionó a Reyna contra la pared mientras sus manos se deslizaban sobre la tela sedosa del vestido burdeos.

Su aliento se mezcló con el de ella cuando encontró la cremallera oculta y la bajó lentamente.

La tela se abrió con un suave susurro y dejó al descubierto un sujetador de encaje.

Con cuidado deliberado, le deslizó los tirantes de los hombros y dejó que el vestido cayera a sus pies; sus ojos oscuros no se apartaron de los de ella ni un instante mientras sus dedos recorrían la piel recién expuesta.

Las manos ásperas de Daniels le acariciaron el trasero, con los labios calientes contra la mejilla izquierda de ella, tan cerca de su boca. La lengua de él asomó y le rozó el borde del labio mientras sus manos bajaban para tirar del tanga de encaje negro que llevaba.

—No deberíamos estar haciendo esto —logró murmurar ella.

—Entonces dime que pare.

Él esperó, pero no llegaron palabras. Fueron quizás los segundos más largos de su vida.

No sabía qué haría si ella le decía que parara, pero no lo hizo.

La mano de él se deslizó entre las piernas de ella, los dedos jugueteando en la entrada de su sexo, provocándole la excitación y haciendo que los pezones se le endurecieran bajo la fina tela del sujetador.

Para ser una mujer que se sentía más a gusto con equipo táctico y pantalones de camuflaje, Reyna tenía un gusto decididamente femenino en lencería.

—Dime por qué te deseo tanto. Eres difícil, terca, respondona...

todo lo que una sumisa no debería ser —le susurró al oído, con los labios calientes y tan intensos que el roce la hizo estremecerse—.

Pero tan receptiva. He llegado al punto en que ya no puedo dormir por las noches, porque estás ahí, en mis sueños, tentándome, burlándote de mí con esa boca sarcástica y esos ojos desafiantes.

Fitz dice que necesitas que te domen; joder, puede que tenga razón.

—Daniels, cállate y sigue de una vez, o encontraré a alguien que sí pueda —respondió ella, avivando la frustración que siempre parecía formar parte de sus encuentros.

¿Así que quería que siguiera? Sabía que debería tomar el control, ir más despacio y hacerla ganarse lo que quería, pero estaba casi completamente desnuda, y no creía tener fuerzas para resistirse. Armándose de valor, retrocedió.

Se sentó. —Sobre mi regazo.

—Yo no hago juegos de impacto.

—Ahora sí.

—¿Qué eres? ¿Un cavernícola o qué?

—Soy tu Amo, y voy a empezar a darte lo que necesitas en lugar de solo lo que pides. Ahora, Reyna, ponte en posición. Van a ser cinco. Si no dejas de discutir y empiezas a moverte, añadiré más.

Daniels casi podía oír los engranajes girando en la cabeza de ella mientras decidía qué hacer.

Nunca se había sentido más aliviado en su vida que cuando ella suspiró quedamente y se colocó sobre su regazo, con el vientre presionado contra su polla dura.

Le dio el tiempo que necesitaba para acomodarse y encontrar su sitio.

La mano de él bajó con un movimiento rápido y rompió el silencio de la habitación con un fuerte chasquido. La piel pálida de ella se volvió rosa de inmediato, y soltó un pequeño chillido. Se retorció ligeramente mientras él le daba otro azote en la otra nalga.