La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

DANIELS

Dos días después, la silueta oscura del almacén se cernía ante ellos, con las ventanas rotas brillando tenuemente bajo la pálida luz de la luna.

Alguien había visto a Orion entrar en el almacén.

Sin tiempo para montar un equipo, Reyna había decidido seguir la pista.

Daniels sintió que no le quedaba otra que cubrirle las espaldas.

Aparcó el todoterreno a una manzana de distancia y apagó el motor para no delatarse.

El murmullo amortiguado de la ciudad se desvaneció a sus espaldas mientras ambos se deslizaban entre las sombras, con las armas enfundadas pero listas.

Aquello no le gustaba. La ubicación, el silencio, la pista demasiado oportuna... todo olía a trampa.

Pero no tenían alternativa.

Daniels miró a Reyna mientras se agachaban detrás de una pila de barriles oxidados.

La figura esbelta de ella irradiaba tensión contenida.

Se había cambiado la habitual chaqueta de cuero por un chaleco táctico negro mate y llevaba el pelo rubio oculto bajo una gorra oscura.

Incluso con aquella luz tenue, sus penetrantes ojos azules escudriñaban la escena con precisión letal.

—La entrada sur está despejada —murmuró ella en un hilo de voz.

—Demasiado despejada —masculló Daniels mientras examinaba el exterior del almacén—. No me gusta.

—No se supone que te guste —dijo ella mientras comprobaba su Glock con eficiencia mecánica—. Pero ya estamos aquí. Veamos a qué nos enfrentamos.

Aunque sus instintos le gritaban que diera media vuelta, Daniels asintió.

Se movieron al unísono, con pasos casi inaudibles sobre la grava.

Cuanto más se acercaban al almacén, más crecía su inquietud.

No había guardias, ni movimiento, ni más sonido que el débil crujido del metal mecido por la brisa. Demasiado silencio.

Daniels llegó primero a la puerta sur y rozó el áspero acero con la mano enguantada. Hizo un gesto a Reyna para que lo cubriera mientras probaba el pomo. Sin cerrar. Eso también era sospechoso. Miró hacia atrás y sus ojos oscuros se encontraron con los de ella en silencioso acuerdo. Algo iba mal.

Entraron y al instante les golpeó el débil olor a aceite y descomposición.

El espacio era enorme; el techo se perdía en la oscuridad de las alturas.

Cajas y maquinaria se esparcían por el suelo y proyectaban sombras irregulares con la débil luz que se filtraba por las ventanas rotas y sucias.

Daniels apretó la mano en torno a su arma, con los oídos atentos a cualquier sonido más allá de sus propios pasos.

—Cubre la izquierda —susurró.

Reyna asintió y se deslizó entre las sombras.

Daniels avanzó hacia el centro de la nave con movimientos lentos y deliberados.

Todos sus instintos estaban en alerta máxima; el aire estaba cargado de algo indefinible.

Le habría gustado apostar a Reyna en las vigas con su querido rifle de francotirador.

Se dijo que ella habría estado más segura, pero, a decir verdad, dado que Reyna era una de las mejores francotiradoras que había conocido, él también lo habría estado.

Recorrió el espacio con la mirada y esta se detuvo en una gran caja de madera cerca de la pared del fondo.

Un débil parpadeo de luz se derramaba desde detrás, reclamando su atención.

—Reyna —la llamó en voz baja, señalando con la cabeza hacia la luz. Ella se reunió con él segundos después; sus pasos eran tan silenciosos que apenas percibió su presencia hasta que la tuvo al lado.

—Yo voy delante —dijo ella con voz serena pero firme.

Daniels frunció el ceño.

—No, tú...

—Daniels —lo interrumpió ella, clavándole la mirada—. Soy más rápida y lo sabes. Te haré una señal si está despejado.

Odiaba que tuviera razón, pero no había tiempo para discutir. Con un asentimiento reacio, la observó desaparecer entre las sombras con movimientos fluidos y precisos. Apretó el arma con más fuerza mientras recorría la estancia con la mirada; cada segundo se le hacía eterno.

Entonces sucedió. Un débil clic resonó por el almacén, seguido del zumbido grave de maquinaria.

Daniels apenas tuvo tiempo de procesar el sonido antes de que la estancia se inundara de luz cegadora.

Giró en redondo con el arma en alto, pero antes de que pudiera hacer nada más, un estruendo ensordecedor retumbó a su espalda. La puerta se había cerrado de golpe.

—¡Reyna! —gritó con voz cortante.

—¡Estoy bien! —gritó ella desde algún lugar más allá de las cajas. Pero su voz sonaba tensa, y Daniels no tardó en entender por qué. De pronto, el aire cobró vida con movimiento: figuras que emergían de las sombras, armadas y resueltas. Estaban atrapados.

Daniels se dejó caer sobre una rodilla y disparó a la primera figura que apareció. El disparo dio en el centro de masa y el hombre se desplomó. Un segundo asaltante se abalanzó sobre él, pero Daniels fue más rápido: lo desarmó con un golpe certero y le asestó una patada brutal en el pecho.

Por el rabillo del ojo captó un atisbo de Reyna, cuya figura ágil se movía como una sombra mientras se enfrentaba a dos atacantes a la vez.

Ella se agachó esquivando un golpe, hundió el codo en las costillas de uno y propinó una patada certera a la rodilla del otro.

Daniels sonrió, recordándose que era buena en lo suyo.

Aquella mujer era letal, y haría falta mucho para tumbarla.

Pero los asaltantes seguían llegando; eran demasiados. Más figuras irrumpieron en la estancia, y Daniels se dio cuenta de que los estaban separando, acorralando. Apretó la mandíbula cuando dos hombres se interpusieron entre él y Reyna, empujándolo hacia la pared del fondo.

—¡Daniels! —gritó ella con un inusual tono de urgencia en la voz.

—¡Estoy bien! —respondió él mientras esquivaba un puñetazo y le hundía la rodilla en el estómago al atacante.

El segundo hombre se abalanzó sobre él con un cuchillo que relucía bajo la luz cruda.

Daniels se apartó de un salto, le agarró la muñeca y se la retorció hasta que la hoja cayó al suelo.

Remató con un golpe seco de la culata en la sien del hombre, que se desplomó como un fardo.

Pero cuando se giró, Reyna había desaparecido.

La comprensión lo golpeó como un puñetazo en el estómago; el corazón le martilleaba en el pecho mientras recorría la estancia con la mirada.

No estaba por ninguna parte, y los atacantes se reagrupaban con movimientos coordinados.

Le estaban ganando tiempo, manteniéndolo ocupado mientras se encargaban de ella.

—¡Reyna! —gritó, y su voz resonó en el espacio cavernoso.

Sin respuesta.

Una oleada de furia lo recorrió y agudizó su concentración.

Quienquiera que hubiera tendido aquella trampa había cometido un error fatal: los habían subestimado a ambos.

Daniels se movió con precisión letal y despachó a los hombres restantes con eficiencia brutal.

Cada golpe, cada disparo fue calculado; su entrenamiento tomó el control mientras se abría paso entre el caos.

Cuando el último hombre cayó, Daniels no dudó.

Corrió en la dirección en que había visto a Reyna por última vez, con la mente a mil.

El almacén era un laberinto de estrechos corredores flanqueados por cajas y maquinaria.

Dobló una esquina y se le cortó la respiración al oír el débil sonido de una pelea.

—¡Suéltame, cabrón! —resonó la voz de Reyna, desafiante incluso en aquella situación.

Daniels apretó el paso, con las botas resonando contra el hormigón mientras seguía el sonido.

Irrumpió en una habitación más pequeña en la parte trasera del almacén con el arma en alto.

Dos hombres tenían a Reyna inmovilizada contra la pared, sujetándole los brazos mientras ella forcejeaba por liberarse.

—¡Eh! —ladró Daniels con voz gélida y autoritaria.

Los hombres apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de que Daniels disparara con precisión letal. Cayeron al instante y sus cuerpos se desplomaron con un ruido sordo. Reyna se tambaleó hacia adelante, jadeando mientras se agarraba el costado.

—¿Estás bien? —preguntó él con voz tensa.

—He tenido noches mejores —murmuró ella con una mueca de dolor mientras se incorporaba a duras penas—. Pero tenemos que movernos. Vi explosivos: este lugar está a punto de volar.

El pulso de Daniels se aceleró, pero no perdió tiempo cuestionándola. La agarró del brazo y la arrastró hacia la salida mientras sus pasos retumbaban contra el hormigón. El chasquido agudo de detonaciones menores resonó a sus espaldas, una advertencia de que debían correr más rápido.

Apenas habían cruzado el umbral cuando la primera explosión desgarró el almacén y una onda expansiva de calor y fuerza los golpeó de lleno.

Daniels rodeó instintivamente a Reyna con los brazos y giró para protegerla mientras caían al suelo.

Llovieron escombros y el aire se llenó de humo y del olor acre del metal quemado.

Cuando el caos finalmente amainó, Daniels se apartó y la recorrió con sus ojos oscuros en busca de heridas.

—¿Segura que estás bien?

Reyna asintió, aunque su expresión era sombría.

—Estoy bien. Pero quien preparó esa trampa quería vernos muertos. Esto ya no va solo de Veda.

Daniels la ayudó a ponerse de pie con la mandíbula apretada mientras contemplaba los restos en llamas a sus espaldas. Quienquiera que estuviera detrás de todo aquello jugaba un juego peligroso, y acababa de subir la apuesta.

—Entonces haremos que se arrepientan —dijo con voz baja y firme.

Reyna le sostuvo la mirada con un destello de determinación en los ojos.

—Ya lo creo que sí.