CAPÍTULO NUEVE
REYNA
La mansión bullía con conversaciones apagadas y un aire de opulencia sombría que hizo que a Reyna le recorriera un escalofrío por la espalda.
La subasta era un teatro de sombras, poblado de trajes caros, vestidos relucientes y ese exceso que enmascara la podredumbre bajo la superficie.
Reyna corrigió su postura, obligándose a moverse con gracia en lugar de con sigilo.
Su papel esa noche no era solo importante: era cuestión de vida o muerte.
—Relájate —le murmuró Daniels al oído mientras posaba la mano en su espalda, justo encima de la cintura—. Lo estás haciendo bien.
Reyna se tragó la réplica mordaz que pugnaba por salir de sus labios. Estaba allí para interpretar el papel de sumisa, y contestarle mal a su supuesto Dominante haría saltar todas las alarmas. En cambio, inclinó ligeramente la cabeza y bajó la voz hasta convertirla en un murmullo.
—No me digas que me relaje. No eres tú el que intenta caminar con estos tacones. ¿Por qué os gusta tanto vernos con estas cosas, cabrones?
—Así os cuesta más escapar —bromeó él, y Reyna no pudo evitar sonreír.
Los labios de Daniels esbozaron una sonrisa, pero no dijo nada más y se limitó a guiarla hacia el interior de la multitud.
Su dominio de la situación era inquietantemente absoluto, como si aquel mundo le perteneciera y tuviera todo el derecho a ocupar su centro.
Su traje a medida se ceñía a su figura y exudaba autoridad, mientras la oscura intensidad de sus ojos desafiaba a cualquiera a cuestionarlo.
Reyna, en cambio, se sentía como una figurita de cristal en una habitación llena de martillos neumáticos.
Su vestido, elegido por el equilibrio estratégico entre atractivo y practicidad, se ajustaba a su figura con precisión, dejando los brazos al descubierto pero ocultando la fina daga sujeta al muslo.
El collar —una fina tira de cuero negro trenzado adornada con un colgante de plata de ley y cerrada con un broche plateado— le pesaba más de lo que debería.
Lo tocó brevemente, un tic nervioso por el que se maldijo en cuanto sus dedos lo rozaron.
—Deja de toquetearlo —dijo Daniels en voz baja, con ese tono de serena dominancia que ella ya esperaba de él—. Si sigues tocándolo, llamarás la atención.
—No me gusta —susurró Reyna mientras recorría la sala con la mirada—. Parece una soga al cuello.
Daniels se inclinó ligeramente y su aliento le rozó el oído al responder.
—No es una soga y no estás atrapada. Tú tienes el control, Reyna. No lo olvides.
Sus palabras no deberían haberla tranquilizado, pero lo hicieron. Odiaba la facilidad con que él podía calmarla con apenas unas frases, cómo su presencia resultaba exasperante y reconfortante a partes iguales. Quería apartarlo de un empujón y apoyarse en él al mismo tiempo.
Llegaron al extremo del gran salón, donde unas cuerdas de terciopelo delimitaban una zona más pequeña e íntima.
Varios grupos de invitados charlaban allí, con conversaciones en voz baja pero animadas.
Estaba claro que allí se reunían los peces gordos: los que tenían poder, secretos, intenciones peligrosas y mucho dinero.
Daniels presionó ligeramente la mano en su espalda, instándola a avanzar.
—Recuerda tu papel —murmuró—. Esta noche eres mía.
Reyna lo miró de reojo, pero sus labios esbozaron una sonrisa sutil y burlona.
—Que no se te suba a la cabeza.
Daniels no respondió, aunque el ligero arqueo de su ceja lo decía todo.
Se acercaron a un grupo de tres hombres junto a la barra, cuyas posturas irradiaban autoridad.
Uno de ellos se volvió al verlos llegar: un hombre alto de unos cincuenta años, con el cabello veteado de plata y un traje impecable.
Su mirada recorrió brevemente a Reyna antes de posarse en Daniels.
—Caras nuevas —dijo el hombre con voz tan pulida como su apariencia—. No es algo que se vea a menudo por aquí.
Daniels le tendió la mano y se la estrechó con firmeza.
—Thomas Black —dijo, usando el alias acordado—. Y esta es mi sumisa, Elle.
Los ojos del hombre volvieron a posarse en Reyna y se demoraron lo suficiente como para ponerle la piel de gallina.
—Elle —repitió con un tono que destilaba falsa calidez—. Un placer.
Reyna inclinó la cabeza con lo que esperaba que fuese la mezcla perfecta de deferencia y distanciamiento.
—El placer es mío —dijo con suavidad, manteniendo la voz firme.
Los labios del hombre esbozaron una sonrisa que no le llegó a los ojos.
—Soy Conrad Hale. Bienvenidos a la subasta. Espero que les resulte... reveladora.
Daniels asintió con expresión indescifrable.
—Estamos deseando que empiece. Aunque admito que me sorprende lo... exclusiva que es la lista de invitados.
Hale soltó una risita mientras hacía girar el líquido ámbar en su copa.
—La exclusividad es lo que mantiene seguro este evento. Solo quienes tienen las conexiones adecuadas cruzan esas puertas. Conexiones... y discreción.
—Por supuesto —respondió Daniels con suavidad—. La discreción es primordial en asuntos como este.
La mirada de Hale se demoró en ambos un momento más antes de que él inclinara la cabeza.
—Disfruten de la velada. Si necesitan ayuda con algo especial, no duden en preguntar.
Cuando Hale se volvió para reunirse con sus compañeros, Reyna murmuró con voz apenas audible:
—Oculta algo.
—Todos ocultan algo —respondió Daniels. Le rozó brevemente la mano antes de guiarla hacia otro grupo—. Por eso estamos aquí.
La velada se prolongó, y cada interacción fue una danza cuidadosamente coreografiada de preguntas veladas y respuestas crípticas.
Reyna interpretó su papel con soltura ensayada, desplegando el encanto sumiso justo para mantener a raya a los depredadores sin llamar la atención.
Daniels, por su parte, se mantuvo inquebrantable en su papel, y su presencia dominante fue un escudo que la protegió incluso mientras se adentraban en las turbias aguas de la subasta.
Solo cuando llegaron a un nicho apartado vio Reyna al hombre que podría cambiar el curso de la noche.
Era alto, con ojos oscuros y penetrantes y un aire de amenaza casual que aceleró el pulso de Reyna.
No se presentó, ni Daniels ofreció cortesía alguna.
El hombre se limitó a hacerles un gesto para que lo siguieran hacia las sombras.
—He oído que son nuevos —dijo el hombre con voz baja y áspera, como grava al pisarla. Sus ojos se desviaron hacia Reyna con una leve sonrisa burlona asomando a sus labios—. Y que son muy curiosos.
Daniels se adelantó ligeramente, interponiendo su cuerpo como una barrera sutil pero clara.
—La curiosidad es natural en lugares como este.
La mirada del hombre no vaciló.
—La curiosidad también puede ser peligrosa. Quienes hacen demasiadas preguntas suelen desaparecer.
Reyna se tensó, pero Daniels permaneció tranquilo, con la voz serena. —No estamos haciendo preguntas. Estamos observando. Son cosas distintas.
El hombre ladeó la cabeza, estudiándolos a ambos. —Cuidado, Black. No todos aquí son tan comprensivos como yo. No querrías acabar en el lado equivocado de la correa.
Dicho esto, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud, dejándolos solos en el rincón en penumbra. Reyna soltó el aire que, sin darse cuenta, había estado conteniendo. Su mente iba a mil por hora.
—Eso fue una advertencia —dijo en voz baja.
Daniels asintió, con la mandíbula tensa. —Y un desafío. Sea quien sea, sabe más de lo que aparenta.
Reyna se tocó el collar; el cuero estaba frío bajo las yemas de sus dedos. —¿Y ahora qué?
La mano de Daniels le rozó la parte baja de la espalda con un toque firme. —Ahora seguimos adelante. Y nos mantenemos alerta. Esto no ha terminado.
Al volver al salón principal, el murmullo de las conversaciones y el destello de las arañas de cristal les parecieron más intensos, más amenazadores. La subasta era una telaraña de secretos, y ellos se adentraban directamente en su centro.
Reyna miró a Daniels y notó que el pulso se le calmaba al sentir la fuerza que emanaba de su presencia. Pasara lo que pasara, le reconfortaba saber que Daniels la cubría. Por ahora, eso tendría que bastar.
La sala de subastas, revestida de terciopelo, bullía de conversaciones y del tintineo de copas de champán; cada rincón rezumaba opulencia y sombras.
Reyna permanecía junto a la pared del fondo, con los dedos rozando el borde de una mesa adornada con un extravagante centro de flores.
El aroma de los lirios resultaba abrumador, pero no bastaba para enmascarar la amargura que le oprimía el pecho.
Al otro lado de la sala, Daniels estaba junto a la barra con una copa de whisky en la mano, el cuerpo inclinado hacia una mujer que parecía encantada de acaparar toda su atención.
Era deslumbrante, por supuesto: alta, con el cabello oscuro cayendo sobre un hombro desnudo y un vestido que se ceñía a sus curvas como si se lo hubieran pintado encima.
Reyna no podía oír su conversación, pero la risa de la mujer atravesaba la sala como fragmentos de cristal.
Era ligera, coqueta, el tipo de risa pensada para que un hombre se acercara más. Y Daniels se estaba acercando.
A Reyna se le tensó la mandíbula. Sabía que era parte del plan: encandilar a los sospechosos, recopilar información, acercarse a la verdad.
Daniels estaba interpretando un papel, nada más.
Pero saberlo no impedía que un escozor le recorriera la piel, dejándola con una sensación de pequeñez y ridiculez.
—Elle —dijo una voz arrastrada a su lado, distrayéndola de la barra. Conrad Hale había aparecido junto a ella, con los ojos oscuros brillando con algo que no le gustaba—. Pareces distraída. No aburrida, espero.
Ella forzó una sonrisa cortés y bajó la barbilla. —En absoluto, señor Hale. Este evento es fascinante.
—Fascinante es una forma de describirlo —la estudió con la intensidad de un depredador, con la mirada fija en el collar que llevaba al cuello—. Eres nueva en estos círculos, ¿verdad?