La francotiradora (Club Southside nº 9) CAPÍTULO SIETE #2
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CAPÍTULO SIETE #2

En lugar de subir al salón a tomar una copa e ignorarlo, se dirigió al vestuario de las sumisas y fue hacia su casillero.

La luz cálida y tenue del vestuario de las sumisas envolvió a Reyna mientras empujaba la puerta; el peso de la investigación le presionaba los hombros con más fuerza a cada paso.

Resopló, se quitó la chaqueta y se desabrochó los vaqueros con movimientos rápidos y bruscos.

La habitación estaba tranquila, con un suave zumbido de música de fondo, pero la atmósfera pacífica solo la hacía más consciente del caos que le daba vueltas en la cabeza.

—¿Reyna? —la voz de Hope Newcomb atravesó el ritmo apagado de la música—. Parece que estás a punto de explotar.

—Estoy bien —murmuró Reyna mientras se quitaba la ropa y la ropa interior y sacaba su conjunto favorito de corsé y tanga.

Si Daniels iba a usar la varita, querría ver la mayor cantidad de piel posible.

Sabía que le haría quitarse el corsé, pero podría dejarle quedarse con el tanga... aunque también podría no hacerlo.

—No pareces estar bien —respondió Hope con un gesto cómplice. Se acercó y tomó el corsé mientras Reyna se ponía el tanga—. Pero por eso estás aquí, ¿no? Es difícil cuando trabajas en una profesión dominada por hombres. A veces necesitamos soltarnos un poco, ¿sabes?

—No necesito un sermón —dijo Reyna con voz cortante—. Solo estoy aquí porque... Da igual.

Hope sostuvo el corsé abierto, esperando a que Reyna se lo pusiera.

—Porque eres lo bastante inteligente y fuerte como para saber cuándo necesitas algo de paz —dijo Hope con suavidad mientras le ajustaba el corsé alrededor del torso y empezaba a atarlo por la espalda—.

Y eso está bien. Todo el mundo necesita desahogarse a veces.

No tiene nada de malo dejar que alguien te ayude a llevar la carga.

Reyna no respondió de inmediato; se mordió el labio mientras el corsé se apretaba alrededor de sus costillas. La presión familiar era reconfortante, pero poco hacía por calmar la tormenta en su pecho. —No tengo tiempo para esto.

Hope tiró de los cordones una última vez y los aseguró con un nudo firme antes de posar una mano ligera sobre el hombro de Reyna.

—Siempre has sido fuerte, Reyna. Pero la fuerza no significa hacerlo sola.

Está bien dejar entrar a alguien, especialmente a alguien que se esfuerza tanto por estar ahí para ti.

Reyna giró la cabeza bruscamente y entornó sus ojos azules. —Si esto es por Daniels...

—Siempre es por Daniels —dijo Hope con una risa suave mientras retrocedía para admirar su trabajo—. Le importas, Reyna. Más de lo que crees. Intenta ser un poco más amable con él. No te mataría.

Reyna apretó los labios en una línea fina, pero no había verdadera rabia en su mirada. —Me vuelve loca.

—Tienes que admitir que no hace falta mucho.

Reyna no pudo evitar sonreír.

—Quizá sea eso lo que necesitas —dijo Hope, apartando un mechón de cabello rubio de la cara de Reyna—. Alguien que te saque de tu propia cabeza. Ahora ve. Y de paso, intenta soltar algo de esa terquedad.

Reyna soltó una risa queda, aunque sin alegría en la mirada.

—No prometo nada.

Hope sonrió y se volvió hacia su asiento con movimientos gráciles y pausados.

—No tienes que prometer nada. Solo inténtalo.

Entró en la mazmorra y caminó hacia donde Daniels esperaba con paciencia.

Él estaba de pie en el centro de una de las plataformas más pequeñas.

Se acercó a él con expresión cautelosa, a pesar de la energía nerviosa que le bullía bajo la piel.

El tenue aroma a cuero y un toque de cera de vela le acariciaban los sentidos.

No había planeado hacer esto, y menos con Daniels, pero sabía que él entendía a qué se enfrentaban, y que le resultaría casi imposible resistirse a su callada insistencia.

Daniels estaba a unos metros, sereno como siempre, con la varita violeta en la mano. Su tenue parpadeo proyectaba un brillo sutil sobre sus rasgos fuertes y cincelados. La sostenía con una confianza natural que solo intensificaba la atracción magnética que ella sentía siempre que él estaba cerca.

—¿Vas a quedarte ahí parada, tan guapa, toda la noche, o me dejarás ayudarte? —Su voz era grave y firme, con ese hilo de autoridad que siempre le disparaba la libido y le dejaba la mente en blanco.

Ella arqueó una ceja. La rebeldía tiraba de sus instintos, aunque el pulso se le aceleraba.

—Estoy aquí, ¿no?

—Estás aquí —coincidió él, y dejó la varita con cuidado sobre la mesa—. Pero eso no significa que estés lista.

Reyna quiso discutir, devolverle sus palabras, pero no pudo.

Porque tenía razón. No estaba lista: no para esto, no para la forma en que él parecía atravesar cada capa de la armadura que había construido con tanto esmero.

Pero si quería seguir adelante, demostrarle a él —y a sí misma— que no era un estorbo, tenía que dejarse llevar. Aunque solo fuera por esa noche.

—Estoy lista —dijo, y las palabras le salieron más firmes de lo que esperaba. Descruzó los brazos y se acercó más.

Daniels la estudió con sus ojos oscuros y escrutadores. Luego, sin decir palabra, señaló el banco acolchado en el centro de la habitación.

—Date la vuelta y déjame quitarte ese corsé.

Reyna vaciló medio segundo antes de acercarse a él. Sus movimientos eran deliberados mientras se obligaba a mantenerle la mirada. Si iba a hacer esto, no le dejaría ver lo desbocado que le latía el corazón.